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Martes , 25.09.2018 / 18:22 Hoy

Chus Lampreave, Señora Almodóvar

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EL ÁNGEL EXTERMINADOR

Miguel Cane


Dícese que el hoy muy célebre término “Chica Almodóvar”, popularizado por ese borrachales magnífico que es Joaquín Sabina en una canción de su autoría así titulada, se acuñó para Carmen Maura y Victoria Abril, dos actrices españolas de muy buen ver en sus juventudes, que alcanzaron la fama internacional gracias a sus participaciones en varios filmes del cineasta manchego afincado en Madrid, estrenados en los años 80 y 90. Esto puede que sea cierto, aunque en honor a la verdad, si hay una actriz que se merece a pulso el título no de chica, si no de Señora Almodóvar, es sin lugar a dudas Chus Lampreave, que trabajó más veces con él que cualquiera de sus otras actrices favoritas y que falleció el lunes, a los 85 años de edad.

Quienes hayan seguido a detalle la obra cinematográfica del tal Pedrísssimo —y es que por ahí hay tanta moderna completamente homosexual que se dice fans, así, en plural— podrán fácilmente ubicar a María Jesús Lampreave Pérez, menudita ella, con ojos inquietos y una voz inimitable, en sus roles realmente memorables bajo su dirección. Para muestra basta un puñado de botones; ahí está, como la lapidaria suegra avarienta (que escondía obsesivamente golosinas y agua mineral bajo llave) y cruel de la Maura en ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (1983); como la entrañable Sor Rata de Callejón en la delirante Entre tinieblas (1984), o la respondona portera testigo de Jehová en Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988) que gritaba “¡No puedo decir mentiras!” y enviciada por el chisme caliente, no perdía detalle de los estrafalarios acontecimientos en el penthouse de una actriz neurótica; son tantos los que rieron con (y aún hoy repiten con salaz gozo) sus épicos diálogos confrontacionales con Rossy de Palma (“¿Para qué voy a salir yo a la calle, eh, a ver? ¡Para que me mate un skinhead! ¡Cara de ladilla!”) en La flor de mi secreto (1995) en la que con gracia y salero hacen de madre y hermana, respectivamente, de la sufridora Amanda Gris (léase, ese monumento llamado Marisa Paredes, a quien este par robaba cuanta escena podía con la mano en la cintura); o tal vez la magistral y totalmente chiflada Tía Paula en Volver —por el que recibió el premio a la mejor actriz del festival de Cannes en 2006, en conjunto con Penélope Cruz, Lola Dueñas, Blanca Portillo, Yohana Cobo y la Maura herself—; aunque más bien pocos saben que la santa señora, amén de ser amuleto de la buena suerte para el director, cosechó una filmografía rica en cintas importantes y significativas en el cinema español desde fines de los años 50 hasta el 2014. cuando fue invitada por Santiago Segura, a aparecer con un cameo en Torrente 5: Operación Eurovegas —parte de su famosa saga sobre un policía zafio y extravagante.

Ella aseguraba que nunca se había imaginado que iba a ser actriz, lo suyo era pintar —se graduó con honores en artes plásticas—, pero fue por intervención de su amigo, el cineasta Jaime de Armiñán, que se incorporó a su compañía de actores en teleteatros de la RTVE, hacia 1958. Ese mismo año apareció en una cinta fundamental del “cambio” —aunque todavía muy discreto entonces— del cine español en las postrimerías del rancio Franquismo: El pisito, una comedia cruel y negra de Marco Ferreri, precursora del “neorrealismo español” y que seguiría con otra participación en El cochecito (también de Ferreri). De ahí llamaría el formidable Luis García Berlanga —uno de los más grandes cineastas españoles del siglo XX— que la llevó en su obra maestra El verdugo (1963, con el gran José Isbert) y en su trilogía Nacional, realizada entre 1977 y 1982. Otro director con el que trabajó con asiduidad fue Fernando Trueba, y de hecho, por su papel de doña Asun en la oscarizada Belle Époque, se hizo merecedora del Goya como mejor actriz de reparto. También fue parte indispensable de filmes de José Luis Cuerda, y hay quienes la recuerdan, jovial y sencilla, dando entrevistas durante el rodaje de la hoy clásica de culto Amanece, que no es poco (1988), sentada a la sombra de una higuera a orillas del río Mundo, compartiendo un durazno a gajos con el joven reportero, a quien respondía sus preguntas alegremente.

Chus Lampreave fue querida por muchos y aceptaba este afecto de buen grado, incluso, le divertía verse convertida en ícono gay cortesía de Almodóvar, que en ella encontró una cómplice como no hubo otra igual; donde las otras “Chicas” que a modo de Galateas había formado (¡no será necesario explicar la analogía con el mito de Pigmalión a estas alturas!, ¿verdad?) solían ponerse ariscas al cabo de una, dos o tres películas —la Maura, por ejemplo, dieciocho años tardó en reconciliarse con el de Calatrava, solo para echarlo todo a perder por una rabieta—, Chus siempre estaba ahí y no encontraba nunca su rol pequeño o ingrato.

Retirada prácticamente, la actriz tan emblemática partió al otro mundo, irónicamente, en Almería, que es la ciudad más tradicionalmente cinematográfica de España.

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