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¡Chúpale pichón!

Héctor Lechuga
(Especial)

PEPE EL TORO ES INOCENTE
Jairo Calixto Albarrán

Remate emblemático, mascarón de proa con el que Héctor Lechuga, uno de los grandes de la comedia nacional, con el que remataba frases, dichos y jocosidades para vaticinar la muy alta posibilidad de un goce superior. ¡Chúpale pichón! un grito de batalla y de premonición feliz, cuasi orgásmica, que le contagiaba al espectador en su picardía y en su vocación pudibunda.

Héctor Lechuga. No hubo y no habrá un personaje que pudiera encontrar en su físico notablemente perturbador y caricaturesco, un territorio más propicio para la construcción del humor. Los dientes de mazorca, la pelona característica, el cuerpo escuálido y peludo, el desatado estilo de su comedia al borde de la irritación y el desajuste, todo en él complotaba para armar una criatura amparada en el espectáculo de la risa sin fin.

En los anales y añales de la televisión mexicana, no ha habido personaje más desmesurado que Héctor Lechuga metido en el cuerpo de Maritza, esa histórica solterona aspirante a MILF, siempre en pos de satisfacciones más bien de tipo animal como versión retorcida de Prudencia Griffel y Sara García en Las hermanitas Vivanco -en este caso Mibanco con ideas premodernas- que junto con el Loco Valdez encarnado a la estrambótica Andrea, siempre en pos de los huesos de ese obscuro objeto de deseo u obscuro ojete del pesero de Alejandro Suárez, siempre en calidad de galán de lonchería como el último de los miembros de la santísima Trinidad de Ensalada de locos.

Maritza que mostraba los pelos que se le desembarrancaban del cuerpo y el peinadito de queso oaxaqueño que yacía bajo los pelucones, con su vocecita chirriante cuando aplicaba el clásico “pellizquito de pulguita panteonera, por rastrera”.

Mi generación se educó en materia de comedia con estos héroes televisivos que no requerían de la vulgaridad ni aliteraciones de baja estatura intelectual para extirparle sonrisas al público conocedor. Eran también los guiones de Marco Antonio Flota y Mauricio Kleiff que le daban otra dimensión al sentido del humor, que acoplaba perfectamente a la capacidad de estos maestros para la improvisación y la incorporación de sus propios hallazgos que no eran pocos. Eran herederos del loco mayor, Tintán, del que retomaron sus exotismos y exorcismos para subvertir y provocar en un tiempo de censuras y golpe de pecho.

Y en esa efervescencia, don Héctor era el enlace entre la locura del Loco que era como todos los lunáticos de la Warner y la falsa solemnidad neurótica de Suárez, que culminaba siempre más que en una punch line, en una guerra de pastelazos, huevazos y cebollazos.

Era el maniaco que fingía cordura hasta que le ganaba la risa.

Como cuando reinventó el género de la crítica política con humor en Cotorreando la noticia con Héctor

Salinas -nada que ver con el Innombrable que trabaja de facilitador social y Chupacabras de ocasión-, desde otra trinchera y otro estilo que el de Palillo más rudo y guerrillero en la Carpa México. Lo de ellos no era la estridencia sino la ironía, como tenía que ser cuando todo empezó al hacer chistes a costillas de Uruchurtu y se dieron cuenta que los mejores cómicos involuntarios eran los políticos.

Por eso, cuando José López Portillo visitó las instalaciones de Canal 13 no dudó en pasar al estudio a saludar a Salinas y Lechuga a manera de visita de cortesía para hacerles sentir el peso del poder en sus insignificantes existencias. “¡Par de cotorrones!”, les espetó el Jolopo, a sabiendas de lo que dice Kundera respecto al humor tiene mucho de verdad:

Muchas lecciones nos dejó el el maestro Lechuga (“Lechuga, Lechugón, canastilla de algodón” le decía cariñosamente el Loco Valdez), pero quizá la más importante fue la de siempre esperar a la chica correcta, sin importar socavones y laberintos, para llevarla a vivir al Congo belga.

Mi abuela, la maestra Alma, decía que Héctor Lechuga había sido su alumno y que era tan chispa como en la televisión.

¡Chúpale pichón!

Alejandro González Iñárritu, en el universo Marvel

El regreso del Hombre araña o araño y medio que no te veo, parecía innecesario. Cómo que ya habíamos visto demasiado del Spiderman en sus etapas Tobey McGuire y Andrew Garfield en una historia contada mil veces.

Pero lo que no sabíamos es que el Spiderman sería la puerta de entrada a González Iñárritu en el Universo Marvel a través de Michael Keaton que había pasado de ser el alado Birdman (no confundir con el agente de Halcón 7 en la serie de Hanna-Barbera que compartía con el Trío Galaxia) en la película del mexicano, para pasar a ser el alado Buitre, acérrimo rival del héroe arácnido.

Lo mejor es que habiendo encarnado a Bruce Wayne en la versión de Tim Burton, es decir el prototipo del american psycho como yuppie en éxtasis, ahora como el villano de Spiderman se transforma, como afirma el propio Tony Stark, representante del capitalismo salvaje, en un working class héroe de la talla de Brunce Sringsteen.

El Buitre quería hacer justicia al estilo marxista-leninista en nombre del proletariado sin cabeza y como suele ocurrir en estos casos la cosa no alcanzó ni para una revolución permanente. Uno de los muy pocos casos en que la masa trabajadora triunfa en el cine o la literatura es gracias a la pluma del gran Sacheri que en la novela La Noche de Usina cuenta una historia proletaria  exitosa y de poca madre que ya hubieran querido los maestros en el 60 (o en estos tiempos con El Niño Artillero) o los ferrocarrileros en el 59.

Como quiera que sea y además de su buena factura del filme que encuentra y recupera ritmos humorísticos de Ant-man, Dead pool y Los guardianes de la Galaxia, en Spiderman, coming home los de Marvel se burlan de sus propios estereotipos a través del más enfadoso y ñoño de sus héroes: el Capitán América con el cotorreo del último, último, final, como en los programas de otro master del que y nadie se acuerda y que se adelantó a todo esto: Raúl Astor en No empujen.

Los zombis están de luto

George A. Romero que ha fallecido tristemente, logró lo imposible: darle vida a los muertos vivientes que en la historia del terror estaban muy bocabajeados, quizá debido a su falta de superación personal. Con La noche de los muertos vivientes les dio a estos hijos del averno el protagonismo que les hacía falta y merecían para demostrar sus aptitudes para sembrar la angustia, el caos y el horror.

Los zombies están de luto y el master Romero ya debe estar listo para engullir cerebro.

Ñam ñam.

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