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Sábado , 26.05.2018 / 05:13 Hoy

Christopher Lee. Criatura de la noche

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EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Miguel Cane


Resulta trágico que las nuevas generaciones, al morir el pasado domingo el enorme (literalmente, pues medía casi dos metros de estatura) Christopher Lee —nacido Christopher Frank Carandini Lee en Londres, el 27 de mayo de 1922—, lo recuerden por sus intervenciones como el siniestro Conde Dooku en la mediocre segunda trilogía de Star Wars o como el taimado y traicionero Sarumán en la saga Lord of The Rings, de Peter Jackson (rol por el que los tolkienistas de toda generación lo veneran). Digo que es trágico porque muy pocos actores contribuyeron tanto al cinema de género como el jovial sir Christopher, que ostentaba una amplísima filmografía, con más de 200 películas entre 1948 y 2014, principalmente cimentada en películas de fantasía y horror, y había logrado convertirse en toda una figura de culto.

De hecho, y pese a su deceso, a consecuencia de un paro respiratorio, Lee es, después de Béla Lugosi, el Drácula más emblemático que jamás apareciera en pantalla —el propio Gary Oldman basó su interpretación del conde en la película de Coppola en 1992, tomando todos los gestos y tonos de voz casi verbatim de Lee— y fue gracias a su encarnación del vampirazo en más de 20 películas, en las que su némesis era nada menos que el genial Peter Cushing, que la célebre casa Hammer floreció desde fines de los 50 hasta 1973. Su Drácula era refinado, de mirada penetrante, con una voz engolada y modales exquisitos. Uno supone que de algo le serviría haber recibido una educación upper crust (era hijo de una familia de abolengo; su madre fue una legendaria belleza en la corte británica y su padre era un héroe de la guerra de los Boer, aunque también tuvo una infancia poco convencional para su tiempo, ya que sus progenitores eran divorciados) y tener una figura tan alta y distinguida. Aunque su primera gran oportunidad en el cine no llegó como el aristócrata vampiro, sino con una interpretación del monstruo de Mary Shelley en La maldición de Frankenstein (1957), donde alternó por primera vez con Cushing, dirigidos por Terence Fisher, triunvirato que dio una época de oro a la legendaria factoría de horror británico. Al igual que Boris Karloff o Vincent Price, sir Christopher nunca le hizo ascos al género y con un gusto poco común se dio el lujo de interpretar a grandes mitos de lo fantástico, incluyendo aparte de los arriba citados, a la Momia, el malévolo Fu-Man-Chú o el inefable Doctor Catheter en la estrambótica Gremlins 2.

Otro de sus personajes famosos, en una cinta de horror más adulto, fue como Lord Summerisle en la inquietante (¡y fascinante!) El hombre de mimbre (1973), de Robin Hardy, escrita por Anthony Shaffer, misma que él consideraba su película favorita entre todas las que había hecho; filme de culto —que sobrevivió incluso a un repugnante remake en el que salía Nicolas Cage— en el que encarna al astuto y carismático señor feudal de una isla en Escocia, donde los habitantes, a simple vista granjeros plácidos y tranquilos, pertenecen a una secta que adora a los dioses antiguos y que practican extraños rituales; a este lugar llega un sargento de la policía (Edward Woodward), en pos de información acerca de una adolescente desaparecida y lo que encuentra es una pesadilla sobrecogedora de la que no saldrá indemne. Presente en casi todas las listas de los mejores filmes británicos de la historia, y muy querida por los admiradores del horror, El hombre de mimbre no solo es un atmosférico relato gótico sobre paganismo moderno y sacrificios humanos, también es un excelente musical y, por lo mismo, sir Christopher prestó su voz de barítono a la banda sonora. Años más tarde, grabaría varios discos, incluyendo dos colaboraciones con bandas de heavy metal sinfónico que fueron muy bien recibidas por el público.

Fuera del género, se prestó a apariciones versátiles y no necesariamente siempre como villanazo temible; así fue Mycroft, hermano mayor del inquilino del 22B de Baker Street en La vida privada de Sherlock Holmes (1970) de Billy Wilder; o el pomposo cardenal Richelieu en la divertida Los tres mosqueteros (1973), de Richard Lester, o más memorablemente, encarnó al formidable Francisco Paco Scaramanga, un asesino internacional y personaje titular de El hombre de la pistola de oro (1974), de Guy Hamilton, en la que casi se echa al plato a Roger Moore como el agente 007. Como detalle curioso, este personaje fue creado por Ian Fleming, que era primo suyo.

Intérprete muy disciplinado y excepcionalmente generoso con su público (nunca fue capaz de negarse a dar un autógrafo), era el favorito de los directores porque nunca se rajaba de un compromiso y le entraba a todo (aún ya entrado a los noventa años); particularmente, Tim Burton le tuvo una especial debilidad y lo llevó como figura fetiche en todos sus trabajos desde Sleepy Hollow, siendo su última colaboración un cameo en la catastrófica adaptación cinematográfica de la serie Sombras tenebrosas (2012).

En el plano personal, Lee era un hombre jovial y sumamente culto, romántico empedernido que después de combatir en la Segunda Guerra Mundial —era veterano condecorado y toda la cosa— vivió una historia de amor de película: en Suecia conoció a Henriette von Rosen, hija de un testarudo conde que veía con menosprecio al larguirucho galán que cortejaba a su perla legítima; como en ese entonces Lee no tenía ni en qué caerse muerto, pasó innumerables humillaciones para estar con su chica, refinada y de la más alta alcurnia, hasta que en un gesto de nobleza, decidió que si no iba a tener estabilidad económica en su oficio como actor, lo mejor era separarse y disolver el compromiso; la comprensiva Henriette accedió y mantuvieron una amistad epistolar durante años, hasta la muerte de ella. Por otro lado, Lee utilizó algunos de los manerismos y gestos de su casi-ex-suegro para vestir a su encarnación de Drácula. Sin embargo, no todo fue tristeza ni lágrimas, ya que en 1960, cuando ya tenía prestigio y dinero en el banco, conoció a través de amigos comunes a la ex modelo danesa Birgit Krøncke, con quien se casó en 1961 y procreó a su única hija, Christina Carandini Lee, que también es actriz.

Feliz en su vida conyugal, sir Christopher estuvo casado con lady Birgit por más de 54 años, y cuando no estaba trabajando (y vaya que trabajaba mucho, haciendo un promedio de tres películas anuales), se iban de viaje por todo el mundo; de gran oído musical, tocaba varios instrumentos y era un gran anfitrión (sus dinner parties en su residencia de Chelsea eran famosas en los 60 e, incluso, hasta hace poco). Christopher Lee falleció rodeado de amigos y familia en el hospital el 7 de junio, pero su esposa no quiso hacerlo público hasta después de las exequias, para darle a su marido, tal como él quiso, una despedida familiar y en privado. Y así es como una de las grandes leyendas de la pantalla —más allá de sus trabajos recientes— literalmente se convirtió en estrella.

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