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El 'bully' es de quien lo trabaja

El chef Gordon Ramsay
(Jorge F. Nuñoz)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Jesús Serrano Aldape


Quien dice que el bullying no tiene futuro, solo debe ver a este hombre que ha hecho del abuso verbal una forma de arte que algún día se denominará ramsiana. Y es que sus realitys han influido en todo el género, con un estilo bastante definido desde hace casi 15 años y del que el espectador nunca tiene suficiente.

El chef Gordon Ramsay es la figura mesiánica de moda de la Fox de Estados Unidos, una especie de válvula de escape de las neurosis de la vida moderna. Y es curioso que encontrara su casa en la Fox, conocida por ser republicanos y conservadores a morir.

El negocio de Rupert Murdoch se dio cuenta que en el chef escocés, hoy con 16 estrellas Michelin, tenía a un showman que les podría dar un cañonazo y un raro caso de brit al cual los gringos toleran y cuyo acento no les parece pomposo y pretencioso, y eso es porque es más mal hablado que una verdulera y su historia es más la de un working class hero que la de un bastardo de la reina.

Ramsay es el Simon Cowell de los programas culinarios: el tipo rudo al que envías a ablandar al participante, el que no teme mandar a los posers y mediocres a la chingada (textual). A Ramsay, el chef Marco Pierre White, su maestro, lo hizo llorar cuando tenía 20 años, y él mismo no se avergüenza de decirlo. El fenómeno mediático comenzó con Boiling Point (1998), una suerte de documental donde se le mostraba brutal con el personal de su primer restaurante, cuando estaba obsesionado con obtener su segunda estrella Michelin.

Un perfecto hijo de perra sin escrúpulos que no temía incluso agredir físicamente a sus empleados, que por otro lado aceptaban el abuso con tal de aprender de él. Era el morbo de su violencia, pero también era obvia una búsqueda de la excelencia. Lo siguiente fue Hell’s Kitchen, que coincidió con el auge del reality show como género.

Pero a ese estilo visual flemático, que a veces parecía más algo sacado del Manifiesto Dogma, le hacía falta un lustre de diamantina. Eso fue lo que obtuvo con el formato estadunidense, nada menos que un restaurante en Hollywood.

La versión gringa hace de la censura y la edición una forma de expresión que entretiene y se tolera. Ramsay no es lo mismo cuando opacan con bips su enorme ingenio mental para humillar al aspirante a los warholianos 15 minutos de fama, pero lo vuelven entretenimiento en estado puro que hasta los niños pueden disfrutar, razón por la que Fox adora al escocés.

El tipo ha creado muchas estampas llenas de humor. Como cuando compara el platillo de un deficiente cocinero al “pene de un bisonte”, o con “la chancla de Gandhi”. No cualquiera lleva la humillación a un nivel elevado de arte en que, si se sabe ver, no solo es una forma fácil de obtener la atención del público, sino una catarsis: un tipo que busca la perfección en una sociedad moderna que celebra la mediocridad.

“No vine a EU a ser el segundo mejor”, dice Ramsay en una entrevista. Es en donde toda su malamadrez se justifica de algún modo: “Los humilla pero por idiotas, cuando hacen bien las cosas los premia y los reconoce”; tal es la fórmula que despoja de su halo contracultural a Ramsay y lo convierten en perfecto fenómeno de masas.

Como buen bretón parece tener bastante desarrollado el sentido del drama en la vida y parece muy auténtico, es malhablado y abusador, pero a la vez una suerte de mentor que palmeará la espalda de quien le entregue la perfección que está buscando. Además de ser ese redentor capaz de mostrarles a otros el camino en Kitchen Nightmares, en donde exhibe su inmundicia, pero les ayuda a obtener un “nuevo comienzo”.

Viñetas impagables como ver a Gordon rezando antes de probar la comida de esos lugares o su visita a los refrigeradores repugnantes y cómo no teme meter los dedos en esas porquerías le muestran al espectador una imagen del antes y una del después, dicotomía parecida a la de Hell’s Kitchen, en donde por un lado se ofrece un panorama en el que si eres estúpido hay garrote y si eres eficiente hay una zanahoria.

Lo divertido de Ramsay es cómo comprende la clase de producto de la que es parte y se presta al choteo y a la parodia de su propio estereotipo, sin perder estilo y personalidad. Como en una de las temporadas de Hell’s Kitchen, cuando se disfrazó de uno de los participantes en el primer programa solo para saber qué decían de él. Es cáustico cuando se desgarra la máscara (como piel de Irma Serrano) y se descubre ante los concursantes: “Soy el chef Gordon Ramsay”, dice. Es muy bobo.

La televisión es una madre desnaturalizada y algún día se hartará de su hijo de cabellos rubios y boca de filibustero. Pero este tipo de 47 años entiende perfectamente que eso va a ocurrir. Y que cuando pase ya estará retirado y en calzones, en la cima de una enorme pila de libras esterlinas, mientras miles van a seguir disfrutando sus instantes más destacados en YouTube, donde hay ya una comunidad de millones que utiliza sus épicos regaños como catarsis ante un día duro en la oficina.

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