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Caries, drogas y tequila

El dentista me dijo que las muelas duelen en la noche porque cuando uno se acuesta, no llega suficiente sangre a la muela.
(Ilustración: Karina Vargas)

EN EL TONO DEL TONA
Rafael Tonatiuh

“A enemigo que huye,
puente de plata”:
el dentista

Comenzó a dolerme la muela hace mes y medio, pero me resistí a ir con el dentista, pues el tiempo que tenía libre se lo dedicaba a la escritura de un guión de terror. Aunque consideraba hacer una cita hasta enero de 2018, tuve que acudir porque, además de adolorido, ya me sentía muy drogado debido al consumo excesivo de ketorolaco, analgésico que sí alivia el dolor (más tarde tuve que reconocer que no me atendía los dientes por temor a que me prohibieran el consumo de alcohol).

La actriz Maya Mazariegos (de quien soy momager) se ganó el hospedaje de un hotel de Acapulco, mediante un sorteo que realiza un sobrino de Mario Moreno, Cantinflas. Me invitó a pasar las vacaciones con ella, por eso también fui al dentista, por temor a que el dolor ya no se pudiera controlar, padeciendo mis vacaciones en el mar, o que me drogara a tal grado que me pusiera a pregonar en la playa que se debe hacer una amnistía a los líderes del narco.

Cuando me senté en su silla de trabajo, le aclaré: “Antes de hablar de mis muelas, quiero decirle que he estado tomando ketorolaco desde hace un mes, y todo el día siento como cristalitos luminosos que me estallan en la piel, como si mi cuerpo fuera un mazapán que se disuelve en agua, una sensación semejante a una metanfetamina llamada Ice, que probé en Tijuana; tengo repentinos ataque de sueño, me tardo en reaccionar ante una pregunta, siento cosquillas en la cara y como que me estallan granadas en la panza. Eso sí, todo el tiempo estoy feliz, pero me preocupa que esté engañando al cuerpo mientras dentro de mi boca ocurre una catástrofe, pues siento cómo se reacomodan los huesos del cráneo y la mandíbula del lado izquierdo, como si mi cabeza la hubiesen metido dentro de un cascanueces. El dolor se va durante el día, seguramente porque mi mente está ocupada en otras cosas, pero en la noche se torna agresivo”.

El dentista me dijo que las muelas duelen en la noche porque cuando uno se acuesta, no llega suficiente sangre a la muela (hasta entonces supe que dentro de las muelas hay nervios y venas), que el dolor puede aliviarse un poco colocándose un montón de almohadas como respaldo; me dijo también que el ketorolaco no debe tomarse por más de cinco días, pues su uso prolongado daña el estómago y, sobre todo, el hígado, y que sí pone chido, por lo que yo andaba intoxicado todo el día.

Le confesé que cuando se ponía más grueso el dolor, tomaba de una anforita de tequila, haciendo buches, y que después de una sensación de ardor, desaparecía el dolor. Me dijo que no estaba del todo equivocado, pues el chupe ataranta al nervio, y existe una neuralgia que requiere fomentos de alcohol.

Primero me puso algodones con anestesia liquida, luego la anestesia inyectada (la que te duerme los labios y sientes una hinchazón ficticia),  después me puso la súper inyección (más dolorosa que la inyección en el paladar, la que usa el dentista nazi contra Dustin Hoffman en El maratón de la muerte).

Hice una cita a mi regreso de Acapulco, para taparme la muela. La caries que me limpió había penetrado profundamente y causado una infección, por lo que me recetó antibióticos (que me obligarían a dejar el tequila) y un medicamento para aliviar el estómago.

Me advirtió que no probara alimentos sólidos hasta que pasaron dos horas, cuando la anestesia perdiera su efecto, pues podía morderme los labios al no sentirlos, y tendría heridas; que tomara un caldo con verduras y líquidos. Al despedirme me sugirió que si tomaba ketorolaco, probara el sublingual, que no daña la panza.

Cual estudiante imprudente que tira los libros y se burla de “ese pinche maestro pendejo”, lo primero que hice fue tirar la receta y zamparme una birria con una cerveza de barril (curiosamente, no sentía el labio donde ponía el tarro). Pensé: “El doctor ya sacó la suciedad del diente, ya no me va a doler, y la birria es como un caldo, pero con carne, el chiste está en masticar del otro lado de la boca”.

Al día siguiente tenía toda la boca mordida y me aliviané con tequila, pero la muela comenzó a dolerme horrible y tuve que dejar de chupar,  recuperar la receta del basurero y tomar los antibióticos.

El tratamiento dura cinco días, así que cuando esté en la playa podré tomarme un mezcal guerrerense y brindar por los colmilludos tiburones que guiarán a buen término mi guión de terror. ¡Salud!

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