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Sábado , 26.05.2018 / 22:42 Hoy

Campesinos citadinos

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EL TONO DEL TONA
Rafael Tonatiuh

“Mi pueblo se llama San Juan de las Iguanas,
porque seis años vienen, seis años van,
y todo sigue
iguanas”: La India María.

A mi papá, ‘El Pocho’

Todo candidato que se respete, forzosamente tiene que tomarse una foto dándole la mano al sufrido campesino, con su rostro curtido por la paciencia. Los partidos políticos ponen a varios en bola, de fondo y en el templete, para posar frente a la cámara, con sus sombreros y trenzas y mirada esperanzada; si son ancianos, mejor, pues inspiran compasión.

En las campañas políticas se explota al campesino de forma impúdica, cuasi pornográfica, obligándole a hacer poses frente a la cámara en total manipulación y sumisión, para deleite de los depravados electorales.

El campesino es el acarreado más recurrente, aunque José Antonio Meade prefiera fotografiarse con Beltrones antes que con los campesinos, a quienes toma como “extras” de sus mítines y les ofrece créditos al mejor estilo demagógico, sin enterarse de que el sector agropecuario le ha dado la espalda porque lo recuerda como un secretario de Hacienda que le recortó al campo y como el primer director de la Financiera Rural, que solo apoyó a los grandes agricultores.

Usted no está para olvidarlo ni yo para recordárselo, pero el partido político que se creó tras de la Revolución mexicana (y que hasta la fecha nos sigue gobernando, el Partido Revolucionario Institucional) surgió de la gente del campo, de combatientes agropecuarios que lucharon por la tierra, pero cuando la revolución se hizo gobierno, sus líderes cambiaron la tierra por las propiedades en el extranjero.

A los campesinos se les debe tomar en serio. Los gobernantes solo los usan como decoración de sus mítines, presentándolos como desposeídos de ocasión a quienes se les promete justicia (pero sin dársela, pues si se resolvieran sus problemas ya no parecerían pobres, y así qué chiste retratarse con ellos en las campañas políticas).

Las manzanas de Chihuahua, tan sabrosas y jugosas (como las partidas presupuestales que nunca le llegaron al gobernador Corral), súbitamente desaparecieron y pulularon esas enormes manzanas sin aroma ni sabor, con la etiqueta Born In The USA. Entonces pensé: “¡Pinches supermercados malinchistas!”, pero luego vi que en el mercado popular, las marchantas también venden de esas manzanas, porque “son las que hay”. Casi me da un infarto. Pensé: “¿Y si en la Central de Abastos está llegando puro producto importado, como si aquí fuera Nueva York, pero con pura raza Harlem? ¿Dónde están nuestros productos? ¿Las manzanas de Chihuahua se siguen produciendo? ¿Dónde están?”.

Ya nadie labra la tierra que exigía Emiliano Zapata porque no hay apoyos, la tierra está seca. El campesino, para no morirse de hambre, tiene que rentarse como estereotipo, es decir, como “campesino” para las movilizaciones de organizaciones campesinas en las ciudades. Después de todo, el citadino le tiene una simpatía folclórica y se toma una selfie con la encantadora viejecita que calienta tlacoyos en el comal, cual conmovedora abuelita de Coco.

Las movilizaciones masivas de campesinos para marchas y plantones, frente a dependencias del gobierno, ya sea Antorcha Campesina o el Frente Popular Francisco Villa, hacen que el campesino, en vez de labrar la tierra, trabaje como el Papa: haciendo giras y posando frente a las cámaras.

No debemos dejar abandonado el campo, pues se puede meter un empresario extranjero malvado y construir hoteles, o un narco poner laboratorios.

No sé dónde salen las guayabas para los licuados del puesto de jugos de la esquina (pues ya no hay campesinos que produzcan guayabas), pero sí que el compañero de los 400 Pueblos conoce los mejores puestos de jugos del centro.

Los he visto acampar frente a las oficinas MILENIO Diario y la Secretaría de Gobernación, acarreados en numerosos camiones, calentando comida que sale de algún bolsillo. A sus líderes los he visto en las cantinas. El campesino moderno ya hizo su modus vivendi en plantones que, honestamente, dudo resuelvan sus problemas, pues solo benefician a sus líderes, a quienes solicito que ya dejen de financiar sus estadías en las ciudades; mejor consíganles insumos de verdad, que regresen a sus ejidos, que cosechen. Ya dejen de explotar sus ilusiones.

Cuando paso frente a un plantón y escucho por un altavoz: “Compañeros, ya ingresó una comisión negociadora”, me doy cuenta de que desde 1910 se les da largas a la entrega de sus tierras; es desesperante, pero aún queda una esperanza: que el partido que emanó de fuerzas rurales (y que ahora vende nuestras tierras, playas y petróleo a los extranjeros) pierda las próximas elecciones presidenciales.

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