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¡Me cago en Tarzán!

Mundos para-lelos
(Karina Vargas)

MUNDOS PARA-LELOS
Rafael Tonatiuh

La falsa fuga de un gorila en las islas Canarias da la vuelta al mundo
Un cuidador del famoso parque de atracciones Loro Parque, de Tenerife, fue alcanzado por un dardo tranquilizante que le disparó un veterinario al confundirlo con un gorila. El guardia iba disfrazado de gorila y se paseaba a sus anchas por el zoológico del centro”.
‘El País’. 6 de junio de 2014.

 

Al cuidador del zoológico le pareció fenomenal disfrazarse de gorila para darle un toque de fantasía a los paseos dominicales, tomándose selfies con las familias y repartiendo folletos para el espectáculo de las Tarántulas amaestradasen la tienda de souvenirs, sin reparar en que un veterinario despistado podría tomarle por un simio auténtico y dispararle un dardo tranquilizante. Ahora, Enrique despertaba en medio de una manada de gorilas, dentro de una jaula, ante la vista de cientos de personas.

“¡Me cago en Tarzán!”, fue su primer primordial y semiprimate grito al despertar y observar que los gorilas se le aproximaban con aire sospechoso. Uno de ellos le agarró las nalgas y Enrique, instintivamente, le dio tremendo tortazo que derribó al que parecía ser el jefe de la manada.

No tardó en arrepentirse, luego de que varios de los primates trataran de despertar al simio caído, sin resultado, y gimoteando, comenzaran a ver al agresor con rencor.

El cuidador intentó tranquilizarlos: “Perdonen tíos, no fue mi intención lastimar a su colega, es que, verán ustedes, yo soy ibérico y en mi tierra es una descortesía tocarle las nalgas a la gente sin pedir autorización. Hombre, salvo que exista algo así como una insinuación, que no es mi caso. Creo que este incidente bien podemos olvidarlo y comenzar a tratarnos como personas civilizadas. Mí Enrique, tú Chita”.

El simio que lo escuchaba atentamente a su lado derecho, chilló ruidosamente con los ojos inyectados, mostró las encías, agarró al cuidador del pescuezo y lo estrelló de cabeza contra el piso.

“Joder, que el africano está de morros”, susurró, mientras los simios comenzaron a golpearse los pechos, aullando de rabia y dolor.

Un gorila tomó del suelo un pedazo de excremento y se lo arrojó a Enrique a la cabeza. Los demás simios comenzaron a imitarlo.

“Que exóticas costumbres las del reino salvaje”, susurró, “en el reino español compartimos una bota de vino con los nuevos vecinos”.

El gorila noqueado despertó, emitiendo sonoros gruñidos. Los gorilas permanecieron quietos y en silencio. Cuando el gran macho volvió en sí, los simios rieron en una especie de danza, dando maromas y pegando saltitos. Para agraciar a sus compañeros de jaula, Enrique imitó sus pasos. El jefe de la manada orinó al humano en el rostro y volvió a manosearle las nalgas, lo que motivó que en resto de los gorilas se masturbaran. Enrique trató de zafarse de los escarceos con amabilidad: “Me doy cuenta de que vosotras, las bestias, cuando estais excitadas, la falta de entendimiento les hace irremediablemente bisexuales, pero un humano es de otras costumbres, yo no soy un mono indecente como vosotros, tíos, yo estoy aquí por equivocación… ¡Soy el que reparte folletos pare el espectáculo de las Tarántulas Amaestradas en la tienda de souvenirs!”

El gorila jefe montó a Enrique, arrancándole un alarido que hizo que las aves emprendieran el vuelo y animales de todas las jaulas giraran el rostro hacia el lugar donde precedía el zoofílico apareamiento.

Los gorilas reiniciaron su danza ritual y comenzaron a formarse, tomando turno, para satisfacer su instinto sexual con el recién llegado.

“¡Virgen de la Macarena, sálvame de esta y te juro que dejo el fetichismo!”, rezó. En ese momento, milagrosamente cayó dentro de la jaula un oso color de rosa. Los gorilas se le aproximaron, olfateándolo. Enrique tuvo la tentación de olfatearle las orejas, pero prometió su juramento a la Virgen de la Macarena y, tímidamente, hizo mutis hacia un rincón de la jaula.

Desde una ventana de las oficinas del Zoológico, el director y el veterinario observaban la jaula de los gorilas con unos prismáticos.

—Joder. Un oso rosa. ¿De dónde lo ha sacado?

—Lo contrataron para un picnic que se celebra frente al área de los osos. Es un bailarín, la niña del cumpleaños quería el show de Miley Cyrus en su fiesta.

-Vale, vale, pero ¿no le parece un poco excesivo?

-Me parece que hay que variar un poco; llenar la jaula de humanos disfrazados de gorila a la larga conduce al tedio, por mucho que los sometidos le den rienda suelta a su libido con los nuevos, terminan repitiéndose. Varias personas que frecuentan el zoológico se han quejado de que los gorilas siempre hacen lo mismo, en cambio, los delfines del acuario de enfrente…

—Vale, vale, pero una cosa es un gilipollas que reparte folletos y otra un oso color de rosa. Por esa vía no tardarán en descubrirnos, y si la prensa se entera de lo que hacemos para atraer visitantes estamos aviaos.

—Despreocúpese. La gente en paro necesita diversión y nosotros se la brindamos. Nadie va a delatarnos.

—¡Jolines, que el oso es karateca!

La biología brindó a los espectadores otra maravilla de la naturaleza.



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