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La burla de los premios literarios

Hace unos días recibí, de parte de una librería, la invitación a comprar un ejemplar firmado del “prestigioso” premio Planeta 2013, que habría ganado la autora española Clara Sánchez. De ella he leído solo un libro, que lleva por título El misterio de todos los días, y que narra la relación erótica entre un joven de 17 años y una profesora de 33, no se sabe si una historia biográfica, dado que Sánchez fue alguna vez profesora universitaria; pero eso es lo de menos.

No recuerdo si leí la novela, entonces como manuscrito, como parte de mi trabajo de lector de Alfaguara en España a finales de los años noventa; o bien, como uno más de los libros que la editorial me obsequiaba cada cierto tiempo, en aquella época de vorágine en la que se publicaba un poco lo que fuera con tal de mantener vivo el mercado, que se infló e infló hasta hundirse como pasó con casi todo en España.

Lo que recuerdo es que el libro era correcto; correcto no quiere decir mediocre, sino acaso suficiente; un poco meloso por aquí, un poco meloso por allá, y bastante repetitivo. No volví a leer nada de ella por el desinterés que comenzó a suscitar en mí la narrativa española de finales del siglo pasado que, salvo contadas excepciones (Marías, Muñoz Molina, Vias Mahou, Gopegui), me parecía obsoleta, aburrida, plana, tediosa y sin variantes, entre otros motivos porque las cosas en España iban viento en popa y los escritores no tenían nada qué contar de interesante.

La invitación de El Péndulo de ofrecerme un libro firmado de una autora que ahora descubro, mediocre, me lleva a hablar de los premios literarios. Clara Sánchez se hizo con el premio Alfaguara en el año 2000, un premio dotado con 175 mil dólares, el segundo más grande en España (en el jurado estaban dos expertos en plagio, Alfredo Bryce Echenique y Sealtiel Alatriste). Pasaron los años, y la antigua profesora universitaria vio cambiar su vida académica por la escritura, carrera que fue en ascenso vertiginoso al ganar, en el año 2010, el premio Nadal, dotado con 18 mil euros. O era una feliz coincidencia —que una participante con seudónimo fuera nuevamente galardonada entre cientos de concursantes— o su escritura había despegado a grados de cautivar a un jurado dos veces; o el premio estaba arreglado. Como uno no piensa mal, habría que optar por una de las dos primeras posibilidades.

Lo que ya resulta extraño y huele muy mal si se es un poco suspicaz, es que esa candidata anónima haya enviado en sobre cerrado una tercera novela al premio literario de mayor caudal económico, después del Nobel: el premio Planeta, dotado con 601 mil euros, y que, por tercera vez en su historia, por encima de más de 800 novelas, la de Sánchez haya resultado “ganadora”, sobre todo si uno se sumerge un poco entre sus páginas y ve la pobreza de las oraciones, los lugares comunes de las frases, el superfluo uso de palabras como “me entró el gusanillo profesional” o “no tenía la más remota idea de cómo…”; el vacío, pues, literario; la mediocridad de una escritora —y de un premio, el Planeta— que hace algunos años hacía las cosas con cierta corrección y después se dedicó a venderse o a adquirir medallas. Pero ganar premios no es su culpa, sino la del sistema que la respalda.

A un buen lector editorial le hubiesen bastado cinco minutos para desechar, con un informe de lectura sustentado, la posibilidad de publicación del nuevo premio Planeta; pero como en el mundo moderno lo que menos importa es la calidad y la honradez, Clara Sánchez, con tan buen tino para ganar premios, quizá termine llevándose el Cervantes que parece concederse ya no a autores con una trayectoria intachable, sino aquellos que ya han ganado premios comerciales previamente de muy dudoso respeto, y, más tarde, por qué no, el Nobel mismo, dado su gusto desenfrenado por el dinero y los galardones.

En cualquier caso, lo imperdonable es la burla que dichos premios hacen de lectores ingenuos que quieren su copia firmada de una don nadie, y de cientos o miles de jóvenes y adultos, escritores ellos, quienes de buena fe siguen creyendo que algún día ganarán algún premio, y que se gastan su dinero en envíos internacionales para tal efecto, cuando esos premios en los que participan parecen tener dueño incluso antes de ser convocados.

Yo no tengo absolutamente nada contra Clara Sánchez ni contra sus tristes libros, que son del menor interés para mí, sino contra la perversión abusiva que escritores y editoriales hacen a nombre de la literatura vendiendo premios como si fueran salchichas. ¿De verdad, en tres premios que convocan a más de 600 participantes, las novelas de Clara Sánchez (por no decir de Rosa Montero, Rosa Regàs, Elvira Lindo y un largo etcétera, donde se puede incluir a Jorge Volpi, otro que los adora) han sido elegidas a ciegas como las mejores, repitiendo tres veces? ¿Tan mal está la literatura en nuestro idioma que se da el lujo de tirar 601 mil euros en una obra que no vale ni tres pesos? Habrá que comenzar a aprender ruso para descubrir autores interesantes, imagino.

Juan Manuel Villalobos

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