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Un brindis por Dylan Thomas

(Sandoval)
(Sandoval)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR 

No entres dócilmente en esa buena noche 
la vejez debería arder y enfurecerse al concluir el día 
enfurecerse, enfurecerse contra la muerte de la luz.

Salud por Dylan Thomas. Salud, queridos amigos, cachorros amantes de la poesía, en esta noche fría de otoño en la que sostengo un vaso de whisky en la mano derecha y un libro con sus cuentos, con sus poemas, en la izquierda. Brindemos por el alma del último poeta maldito, de ese hombre nacido hoy hace cien años en Swansea, Gales, quien nos enseñó, antes de fallecer a los 39 años que, a pesar de todo, la muerte no tendrá dominio, porque “los desnudos muertos serán uno/ con el hombre en el viento y la luna del poniente;/ cuando sus huesos sean descarnados y los descarnados huesos/ se consuman,/ en el codo y el pie tendrán estrellas;/ aunque se vuelvan locos estarán cuerdos,/ aunque se hundan en los mares se volverán a levantar;/ aunque se pierdan los amantes, no se perderá el amor,/ y la muerte no tendrá dominio”.

Levanto mi copa una vez más. Lo miro en una vieja fotografía, pero es como si lo tuviera frente a mí. Su cabello rizado, su rostro abotagado, esa corbata de moño, su voz grave, unos ojos saltones de expresión enardecida. Es ese Dylan que me acompaña con frecuencia en los viajes en donde vuelo lejos sin salir de casa, que me presentó una tarde hace muchos años el músico Jaime López como uno de sus más grandes tesoros y que me convenció de leerlo Bob, tras saber que el Robert Allen Zimmerman que en él habita le debía al poeta su nombre de batalla.

Me entero que a los cuatro años era capaz de recitar de memoria Ricardo II, de Shakespeare, y me sirvo un nuevo vaso de whisky, con un poco de agua y un solo hielo. En mi memoria aún retumba su cuento “After The Fair”, el primero en el ejemplar The Collected Stories, que me prestaron en una biblioteca porque no lo conseguí en librería alguna. Leerlo en su lengua natal es toda una experiencia; esa musicalidad de sus poemas abunda en su prosa, llena de frases que se vuelven letanías, que hay que recitar en voz alta, trémula, pero nunca como la suya en aquellas noches en que, a través de la BBC, hacía estremecer a jóvenes y viejos.

Permítanme beber otro trago para poder vislumbrarlo como aprendiz de periodista a los 16 años, tecleando en la redacción del South Wales Evening sus obituarios, que abrigaba con frases poéticas, y sus duras críticas de cine y teatro, que le dejaban dinero suficiente para, al cierre de edición, írselo a gastar en la barra del bar del Antelope Hotel o del Mermaid Hotel, mientras escuchaba historias de sirenas y tritones narradas por los marineros que llegaban al puerto sin un amor pero partían llenos de caricias.

Incursionando en el cuento corto, el guión teatral, el guión para radio y cine y, finalmente, en la poesía, Thomas sabía cómo entrar a la noche más profunda: con rabia, con excitación, con ojos ciegos que pueden ser meteoros de alegría, lleno todo él de ese ímpetu que genera la escritura. Brindemos por lo sonoro de su poesía, por su preocupación por las cuestiones sociales, por su sagaz visión de los tiempos que vivía.

Alcemos el vaso para festejar el centenario de su nacimiento, para celebrar que comprendió, y nos enseño, que “la poesía debe ser tan orgiástica y orgánica como la cópula, divisoria y unificadora, personal pero no privada, propagando al individuo en la masa y a la masa en el individuo”. No importa que la embriaguez nos alcance por un rato; él vivía así y aseguraba —sin saber que su destino final estaría relacionado con sus excesos— que el alcohol le daba lucidez para crear sus imágenes, oscuras y delirantes pero llenas de consuelo, de intensidad.

Y choquemos las bebidas por Caitlin MacNamara, su esposa, madre de sus hijos, quien lo amó más allá de la infidelidad, del horror de la Segunda Guerra Mundial y de la muerte.

Leo el lema de una página de internet donde publican sus poemas (El Placard): “El mundo de las palabras salvaguarda del mundo real o permite soportarlo”. La poesía, sin duda, es una herramienta para lograrlo. Igual que el drink, pensaría Dylan, quien hace muchos años, un día como este que comienza con una oscuridad profunda, escribió: “Mi cumpleaños comenzó con los pájaros/ acuáticos/ y los pájaros en los árboles alados volando mi/ nombre/ por encima de las granjas y los caballos/ blancos,/ y yo me levanté en el otoño lluvioso/ y me alejé en el chaparrón de todos mis días”.

El 9 de noviembre de 1953, mientras redactaba el guión de una obra sobre Igor Stravinski, la muerte tuvo dominio por un instante en su vida. El médico forense dijo que se debió a una inflamación del cerebro causada por la carencia de oxígeno que acompaña a la neumonía, pero sus seguidores suelen afirmar que, en el fondo, todo se debió a que chupó hasta fallecer y sus últimas palabras fueron: “He bebido 18 vasos de whisky, creo que es todo un récord”.

Así que con el octavo trago levantemos al unísono un libro con su poesía y brindemos por él, por Dylan Thomas, antes de dejarnos arropar por sus palabras. “Duerme inerte, reposa tranquilo,/ oculta la voz en la garganta,/ o tendremos que acatar y viajar contigo sobre los ahogados”, se escucha como música de fondo.  

Verónica Maza Bustamante

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