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Lunes , 22.10.2018 / 16:31 Hoy

‘Bon voyage’, ‘Miss’ Lee

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EL ÁNGEL EXTERMINADOR

Miguel Cane


La amistad entre Nelle y Truman surgió como una necesidad de ambos niños por encontrar complicidad y aceptación en un lugar que no era del todo idílico.


La muerte vino por Harper Lee —el mismo día que se llevó a Umberto Eco, el hombre que, literalmente, sabía demasiado—, llevándosela a los 89 años de edad. Esto no debería sorprender a nadie; sin embargo, deja un hueco muy grande (más de lo que muchos creerían) en la historia de la literatura del siglo XX, y más aún en aquella dedicada a los más jóvenes lectores que año con año llegan a leer Matar a un ruiseñor, si bien esa no era su intención inicial.

Nelle Harper Lee nació en Monroeville Alabama —el mismo poblado donde moriría y donde vivió prácticamente toda su vida, salvo por una temporada en Nueva York— el 28 de abril de 1926, la más pequeña de los cuatro hijos del célebre abogado y político sureño Amasa Coleman Lee, que naturalmente, fue la inspiración detrás de uno de los personajes más significativos en cualquier novela escrita en los últimos 100 años (amén de ser un memorable personaje cinematográfico, tal como lo encarnó el enormísimo Gregory Peck): el intachable Atticus Finch. Nelle fue, según se relata, una niña alegre y aventurera. Uno de sus amigos más cercanos en la infancia, era nada menos que un chiquillo chaparrito y muy “rarito”, llamado Truman Streckfus Persons, el mismo que al ser adoptado por su padrastro de origen cubano, Joe Capote, se convertiría en uno de los narradores más importantes — y en uno de los iconoclastas más sibaritas— de su tiempo.

La amistad entre Nelle y Truman surgió como una necesidad de ambos niños por encontrar complicidad y aceptación en un lugar que no era del todo idílico para niños tan particulares. Los hermanos mayores de Nelle casi nunca le hacían caso y Truman era un niño solitario, al que su madre divorciada había ido a dejar tirado como bulto a las puertas de la casa de unas parientas. La empatía entre ambos, y una sutil inversión de roles (Nelle, intrépida y masculina, como el opuesto del niñito rubio, enclenque y terriblemente amanerado que era su vecinito) fue la base de una relación que duró décadas: Truman convirtió a su amiga en Idabel Tompkins, uno de los personajes de Otras voces, otros ámbitos (1948), su polémica primera novela, mientras que ella le devolvió el favor al hacerlo aparecer como Dill, el amiguito inseparable de la célebre Jean Louise Scout Finch.

Cuando en 1949 Nelle huyó a Nueva York, tras abandonar sus estudios de abogacía —la carrera en la que consistía la tradición familiar y que dejaría trunca para siempre—, y se consiguió un trabajo en una agencia de viajes, su primer contacto con la gran urbe fue Truman Capote, a la sazón convertido no solo en el brillante escritor que fue en su juventud, sino también en una auténtica reina social, que ya para entonces andaba de arriba para abajo de Park Avenue, como acompañante y confidente de pobrecitas niñas ricas como Carol Marcus, Oona O’Neill (la futura viuda de Charlie Chaplin) y la celebérrima Gloria Vanderbilt herself. Nelle, que ya para entonces afectaba el mismo aspecto que luciría por toda su vida —cabello cortado a lo príncipe valiente, zapatos cómodos y suéteres— no podría estar más alejada de las nuevas amistades que cultivaba su otrora adláter, pero Truman siempre la procuraba y, en la medida de lo posible, le echaba la mano para que su incipiente carrera como escritora prosperara. Fue ella quien fungió, en 1959, como acompañante, confidente y guardaespaldas de Truman en su tourné por Holcomb, Kansas, donde hizo toda la extensa y agotadora investigación sobre la masacre de una familia y que derivó en su obra maestra: A sangre fría.

Poco antes de este periplo, en la navidad de 1956, Truman encabezó el contingente de amigos que hicieron una colecta —entre ellos los hermanos de Nelle, que sabían de su enorme deseo de ser una escritora tomada en serio— y reunieron 10 mil dólares, lo que ganaba ella en un año en la agencia, para que renunciara a su trabajo y dedicara un año exclusivamente a escribir lo que le diera la gana. Años después, cuando en 1961 Nelle obtuvo el premio Pulitzer a la mejor novela, Truman obviamente respingó —y no fue incapaz de propagar el feo rumor de que mucho de la versión final de Matar a un ruiseñor lo había “corregido, editado y prácticamente reescrito” él mismo—, y para 1966 cuando apareció A sangre fría, aunque está dedicado “con amor y gratitud” a Nelle y a Jack Dunphy, que fue pareja de Truman por más de 30 años, la relación se había enfriado bastante. Para cuando murió Capote en 1984, Nelle ni siquiera se dio por aludida y no salió de Monroeville para acudir a las exequias en su memoria.

Mucho se ha especulado acerca de cómo fue que Nelle escribió su obra maestra y el por qué no publicó nada más en los años que siguieron, pues la mediocre y bastante inferior “secuela” titulada Ve y pon un centinela, fue publicada en 2015 a instancias de una abogada vivales y aprovechada que esperó la muerte de la última hermana de Nelle, su principal protectora, para clamar “un hallazgo” de algo que, ostensiblemente, es un primer borrador sin editar de lo que sería Ruiseñor. Su silencio puede atribuirse en parte al hecho de que la novela tuvo un éxito abrumador de crítica y ventas, y eso aún sin contar con la entrañable y muy fiel película hecha por Universal y dirigida por Robert Mulligan, con el ya mencionado San Gregory Peck como el abogado que lucha (en vano) por impedir una espantosa injusticia basada en el racismo y la infamia. Fueron tantas las generaciones de niños y adultos que se volcaron sobre esta historia, que el éxito paralizó a Nelle —quien solo usaba el patronímico de Harper Lee en su carrera literaria— y la llevó a un retiro voluntario en Alabama, lejos de los mirones del mundo y de la exigencia constante de “un libro más, un libro más” que estuvo por volverla loca, y al final la llevó a una vida de reposado silencio y privacidad.

Al menos así fue hasta que falleció su hermana mayor Alice, que había ejercido por décadas como su albacea y protectora, y una astuta abogada llamada Tonja Carter se hizo presente con un “manuscrito nuevo” de Harper Lee. Esto por supuesto no estuvo exento de suspicacia, pero la noticia fue global; una secuela de Matar a un ruiseñor aparecería en el verano de 2015 con el retorno de personajes tan amados por el público. El resultado fue atroz y resultó una decepción, aunque la novela fue un éxito de ventas prácticamente sin precedentes, únicamente equiparable a los lanzamientos de obras de la saga Potter a cargo de J.K. Rowling.

Ve y pon un centinela se publicó tal cual, sin ningún tipo de trabajo editorial. Ambientada en los años cincuenta, muestra a un Atticus Finch racista y cruel, para shock y horror de millares de lectores enojados con toda razón; los principales críticos literarios defenestraron el producto y algunas librerías ofrecieron reembolsos a sus compradores, al declararse engañados por la campaña comercial que precedió la publicación.

No obstante, esta mácula no arruina el legado de la narradora, que siempre tendrá un lugar en el corazón de muchos, como esa niña inocente que nos da una lección de valor en las páginas de su mejor obra.

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