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Un bolero para Gabriel

Sexodromo
(Sandoval)

Contigo aprendí, Gabriel, que existen nuevas y mejores emociones cuando, a los 16 años, le robé a la tía Coco tus Cien años de soledad. En esos días en que me adentré a un Macondo creado a la medida de mi corta vida, en donde la pasión era un hilo conductor lleno de alegría y dolor, de nostalgias, olvidos, intensidad, olores penetrantes, anhelos frustrados, orgasmos, nombres entrañables, secretos, susurros, gritos. Supe del pecado hecho carne en una cola de cerdo. De la peste del banano. De la inolvidable belleza de una mujer bañándose, de lo recordable del hielo, de lo prescindible de la ropa cuando el calor sube y los lunares quieren destaparse.

Contigo aprendí a conocer un mundo lleno de ilusiones con ojos de perro azul. Me quedó claro por muchos años que podía alquilarme para soñar hasta que un día, cuando me convertí en madre, lloré un poco al entender que había perdido esa capacidad. Ahora que abro La hojarasca y me encuentro una fotografía de revelado setentero con un paisaje que no recuerdo a qué país corresponde ni quién lo capturó ni cuándo ni por qué ni, lo peor de todo, cuál fue la razón por la que la guardé en un libro tuyo, rememoro contigo: “Tenía dos camisas ordinarias, una caja de dientes, un retrato y ese viejo formulario empastado”.

Aprendí que la semana tiene más de siete días al asimilar, Gabriel, como Florentino Ariza, que se puede estar enamorado de varias personas a la vez, y de todas con el mismo dolor, sin traicionar a ninguna, pues “el corazón tiene más cuartos que un hotel de putas”. Luego seguí pensando lo mismo, pero borré la palabra “dolor” con Liquid Paper, ateniéndome a tus enseñanzas de frente al poliamor.

Contigo, que te me moriste en Jueves Santo, aprendí a hacer mayores mis contadas alegrías y a ser dichosa yo contigo lo aprendí, así como a liberarme de las “buenas conciencias”, cual Sierva María de Todos los Ángeles, con la cabellera suelta y un collar con cuentas de nácar y coral como único vestido.

Supe, también, lo que era tener un Cayetano Delanura personal que en la primera página de El amor y otros demonios me escribiera, a manera de despedida a mis veintipocos años: “Hay muchas maneras de vivir o morir el amor pero, a veces, entre tantas cosas que suceden, entre el paso del tiempo como gotas de agua enloqueciendo al cuerpo (‘ese cuerpo humano que no está hecho para los años que uno podría vivir’), entre el dolor, el abandono y la rutina, el amor es apenas un ingrediente, el tema de un libro inimaginable, la distancia entre tu ausencia y la mía, el extraño color con el que se desdibujan nuestros días… por el amor, por Sierva María, por ti y por los otros demonios entre los cuales está un pequeño aprendiz de Abrenuncio” (lo mejor, Gabriel, acá entre nos, es que no morí de amor en la cama con los ojos radiantes y la piel de recién nacido, y sigo amando intensamente a ese, ahora cuarentón, aprendiz de Abrenuncio).

Contigo aprendí a ver la luz del otro lado de la luna cuando, suspirando por la lejanía de un hombre que se encontraba allende el océano, recorté el párrafo final de El amor en los tiempos del cólera y, a manera de carta, lo envié con una paloma mensajera enfundada en camisa de FedEx que, por supuesto, nunca me describió el semblante que puso el destinatario al leer en un trozo de papel arrancado de un libro: “¿Y hasta cuándo cree usted que podemos seguir en este ir y venir del carajo?, le preguntó. Florentino Ariza tenía la respuesta preparada desde hacía cincuenta y tres años, siete meses y once días con sus noches. ‘Toda la vida’, dijo”.

Por ti supe, Gabriel, que el olor de las almendras amargas puede recordar el destino de los amores contrariados y que una hamaca logra ser un gran nido para hacer el amor. Con la tía Escolástica razoné que debería siempre tratar de contestar que sí, aunque me estuviera muriendo de miedo, aunque después me arrepintiera, porque de todos modos me iba a arrepentir toda la vida si le contestaba que no a alguien que se había ganado un sí. Y desde entonces, como la célebre viuda de Nazaret, no me permito el mal gusto de un remordimiento cuando me quito “los calzones de encaje, haciéndolos resbalar por las piernas con un movimiento rápido de nadadora” y me quedo en carne viva.

Esta noche en que te pienso, Gabriel, sostengo uno de los libros de tu colección periodística. Descubro en él un rectángulo Radex, de esos que se usaban para corregir errores tipográficos en las máquinas de escribir, el cual usé un día a manera de separador. Ahí hay una p, una t, dice “gen”, dice “él”. Me recuerdo escribiendo en esos artilugios del pasado y logro capturar apenas una colita de lo que sentí al leer tus notas de prensa, esa emoción de una postulante a reportera adicta a las letras cuando leyó la historia detrás de tu “María de mi corazón” y comprendió que se podía hablar de la guerra, de política, del dolor, del amor, del placer de una manera creativa, poco solemne, muy descriptiva.

Contigo aprendí que tu presencia no la cambio por ninguna desde el momento en que me presentaste a la cándida Eréndira y a su abuela desalmada, haciéndome perder un poco de inocencia al darme cuenta de que el cuerpo puede tener un precio. Y justo en esta madrugada en que abro el ejemplar y leo: “Eréndira lo había querido tanto, y con tanta verdad, que lo volvió a querer por la mitad de su precio mientras la abuela deliraba, y lo siguió queriendo sin dinero hasta el amanecer”, cae a mis piernas la credencial de la UAM Xochimilco del novio que tuve de los 15 a los 19 años, mi primer gran amor. Veo la foto de Toño, matrícula 893452, a sus 18 primaveras, bellísimo, puros ojos verdes y boca carnosa. Pienso en él unos minutos, Gabriel, dispensa mi distracción, pero tú me enseñaste que los ahogados más hermosos del mundo son aquellos a los que te amarras con besos y algas por toda una eternidad.

Aprendí, leyéndote, que hay señores muy viejos con unas alas enormes a quienes les puedes hablar de Blacamán, el bueno vendedor de milagros; también —muy importante— que puede un beso ser más grande y más profundo, pero no hay nada como comer tierra y cal de las paredes cuando el remolino del deseo en tu interior es demasiado terrible, cuando te topas en la vida con un gigante musculoso que desayuna 16 huevos crudos, tiene una “masculinidad inverosímil, enteramente tatuada con una maraña azul y roja de letreros en varios idiomas”, te hace sudar hielo, te forma nudos en las tripas y te acaricia los tobillos con la yema de los dedos, y luego las pantorrillas, y luego los muslos… “Verónica, siempre has sido Rebeca”, me recuerda mi primer esposo al escribirme la tarde del jueves para darme el pésame por tu muerte.

Sé, Gabriel, que puedo irme mañana mismo de este mundo porque las cosas buenas ya contigo las viví. Pero antes de eso, a los 90 años quiero tener un último antojo, un placer final que poco tenga de triste. Deseo que, a diferencia del coronel, siempre haya quien me escriba. Y que al llegar a mi otoño de matriarca, lea en la primera página de una novela tuya el nombre que Penélope escribió ahí en 1985 sin tener un remanente de melancolía.

Hoy, a punto de firmar un contrato con la editorial que elija de entre varias para comenzar a escribir mis propios libros, mientras escucho a Manzanero pienso en ti como no lo hacía desde hace muchos años (disculpa el abandono; sé que no lo notaste), y entiendo que contigo aprendí, Gabriel, que yo nací en el amor, a mis 16 años, el día en que te conocí.

Verónica Maza Bustamante

@draverotika

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