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 Las bocas de los “niños héroes”

Los pobres niños siempre pagan los traumas de sus padres.
Los pobres niños siempre pagan los traumas de sus padres. (Especial)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR

El Tal Borgues


Las madres quieren tener a sus hijos en una burbuja, pero la realidad se impone: es imposible vivir en la asepsia en este mundo tan lleno de microbios y tierrita, con la cual deberían seguir jugando las nuevas generaciones.


Los pobres niños siempre pagan los traumas de sus padres. Entre muchos, están los relacionados con la alimentación sana y la asepsia. Obligan a los infantes a comer la pirámide alimentaria cada día: “Mínimo 250 gramos de proteína animal blanca, Juanito. Acábate tu tilapia en salsa de chocolate con chapulines”, “te falta medio plato de alubias con almendras, mi rey”, etcétera. Les prohíben comer verduras o frutas en la calle: “No vayas a comprar pepinos ni mangos, seguro los lavaron con las aguas negras donde los narcos avientan los cadáveres”. Les mandan cosas insufribles para consumir en el recreo: “Está muy rico tu amaranto bañado en tofu y te va a servir para crecer, así que deja de repelar”, “donde me entere que compraste esas frituras horribles, te mando con tu tío el indocumentado a Houston para que te enseñen a comer bien”. En la casa hay una alacena llena de cosas macrobióticas, orgánicas y, en su mayoría, importadas: “No vamos a comprar esos productos chatarra, seguro tienen pedazos de rata o dedos humanos”.

¿Dónde quedaron aquellos bonitos días en que los infantes se sentaban a jugar con la tierrita de la casa o de las macetas (si viven en los microdepas actuales, ni modo, será el único contacto con la madre tierra) o de las jardineras públicas (suponiendo que no hubiera vagos envueltos en mantas con olor a tiner con mariguana, pregunten en Humbolt) o de los camellones ahora usados para fiestas infantiles o de los expedientes judiciales que tienen años sin resolverse por los problemas con el presidente del tribunal? Mejor aún, ¿dónde quedó la bonita costumbre infantil de jugar a los pasteles y la comidita hechos de piedras, lodo y hojas secas? No sé si todavía se la coman, pero sin duda podrían jugar como en los viejos tiempos. Ni modo que la tierra del milenio pasado esté más limpia que la de ahora. Es verdad que no tiene las cantidades demenciales de smog causadas por las nuevas velocidades citadinas impuestas por los políticos dispuestos a sacrificar su popularidad con tal de irse con la conciencia tranquila de que ayudaron a la mejor calidad de vida (creen los ilusos); que está deteriorada por acciones contaminantes tomadas por ellos mismos. Pero con eso, nos decían los señores de aquellas temporadas, hacíamos anticuerpos.

La locura paternal ha llevado a la disminución de autoempleos que, dicen los padres paranoias, llevarán a la insalubridad general: los paleteros que hacen en sus casas esas deliciosas golosinas de sabores varios: limón con tifo, tamarindo con lampreas intestinales, grosella con cisticercos, horchata con pedazos de seborrea facial del productor familiar (el padre sale a vender, la madre sale a comprar insumos y la abuela mueve y mueve los contenedores de barro para hacer esos combinados antes de meterlos al refrigerador que les prestan en la carnicería: por eso luego saben como a carnita cruda, eso sí, de primera calidad) o mango con sigocha. Y vaya a saber el lector de dónde sacan el agua (los tinacos sin tapa, la llave del lavado de coches o del camión con que riegan las áreas verdes públicas). Hasta ahora son pocos a los que se les ha demostrado su culpabilidad en envenenar a los niños: como Moreira, no tienen ningún expediente en contra.

Pero esa euforia termina por ser inútil. ¿Van a un restaurante y sientan al niño en una silla infantil? Los padres deberían limpiar el asiento, brazos y mesita con toallas desinfectantes: invariablemente están pastosos de las mugres dejadas por generaciones de usuarios; los empleados JAMÁS les pasan un trapo. Lo mismo sucede en las fiestas infantiles, incluso en los salones particulares. Por muy caros que sean, tienen los juegos y juguetes tan sucios que cambian de color. Fíjense con cuidado.

De nada sirve cubrirles las manos con guantes: es cosa de tiempo para que se enfrenten a las guerras químicas cotidianas donde esas manos y sus alimentos, casi armas químicas por su contenido de bichos asesinos, dirían los padres, llegarán a su cita con la boca de los niños héroes (por aguantar a esos padres sedientos de higiene y nutrición).


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