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Barranquilla

Para empezar todo Barranquilla esperaba la llegada de esa famosa familia el día 20 de diciembre.
Para empezar todo Barranquilla esperaba la llegada de esa famosa familia el día 20 de diciembre. (Javal)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR

EL PEZ SOLUBLE

Jordi Soler


Shakira es una de esas figuras ambientales que, aún cuando no se frecuenten sus canciones, está presente en la vida de cualquier ciudadano que se asome, aunque sea brevemente, a cualquier medio de comunicación. Con Shakira nos encontramos enredados en esta desconcertante paradoja: sabemos más de ella, sin conocerla, que de nuestra prima, a la que llevamos viendo, aquí y allá, desde que éramos niños.

Así, como quien una vez más se encuentra con su prima, llegué a la noticia de la visita de Shakira, más su marido Gerard Piqué y sus hijos, a la ciudad de Baranquilla, Colombia, tierra de la cantante. La noticia que leí en el diario español El mundo no se diferencia de la que puede producir el viaje de cualquier famoso que regresa a su terruño, es decir, que se trata de una noticia más bien sosa, con dos declaraciones ad hoc: la de ella: “Un besito a toda mi gente. Estoy muy feliz de estar aquí”. La de él: “Sí, estoy muy feliz, muy contento, de estar aquí en Colombia, en Barranquilla, y a disfrutar con los niños”.

En esta noticia, para desgracia de los lectores, el periodista que redactó la nota está obligado, porque ese es el fundamento de su oficio, a contarnos lo que pasó, el hecho apuntalado por una serie de pruebas: declaraciones, fotografías, testimonios de los que estaban ahí, en el momento en que la familia aterrizaba en el aeropuerto de Barranquilla. Digo que para desgracia de los lectores porque me parece que lo mejor de esta nota no es “lo que paso” y quedó documentado en el artículo, sino lo que pasó y nadie documentó. ¿Cómo será el día a día del futbolista catalán en la tierra de su mujer?

Para empezar todo Barranquilla esperaba la llegada de esa famosa familia el día 20 de diciembre; ese día llegó al aeropuerto el pueblo en masa con pancartas, con fotos de la cantante y el futbolista, con silbatos e instrumentos musicales, con bandas completas de cumbia, de vallenato, de reguetón. Pero en cuanto aterrizó la nave sobrevino la frustración: la famosa familia no llegó, se quedó en Las Bahamas, y Tonino, el hermano de la cantante, tuvo que salir a explicar el plantón, a pretextar algo chévere. Finalmente aterrizaron el 27, hace unos días, y ahí fue donde Piqué dijo aquello de “y a disfrutar con los niños”, que tanto debe haber estimulado a los niños, y a sus padres, de Barranquilla.

Piqué es un famoso que no quiere ser famoso pero le encanta ser famoso; una contradicción profundamente humana que aquí no vamos a juzgar, pero sí a ilustrar con esta anécdota: una vez, en una entrevista que le hizo Michael Robinson, para el Canal Plus español, el futbolista declaró lo difícil que era sobrellevar la fama y más, recalcó, para una persona de gran estatura (como él) que va, invariablemente, sobresaliendo de la multitud. Una vez confesada su aversión a ser reconocido, el productor del programa intercaló una toma del coche de Piqué, a bordo del cual se celebraba la entrevista, para que todos pudiéramos ver la placa que llevaba; en lugar de números y letras, como llevan normalmente las placas de los coches en España, la de Piqué lleva solo letras, dice: “PIQUÉ”. ¿Qué clase de aversión a la fama es esa? Obviemos la respuesta y vayamos directamente a Barranquilla, a ese momento hipotético en que el futbolista, sintiéndose un poco rehén de su familia política, harto de estar representando el papel de yerno y de cuñado de Tonino, decide, con toda justicia, salir a dar una vuelta por Barranquilla. Apenas cruza el umbral cuando un par de niños que andaban por ahí gritan “¡Piqué!” y se acercan corriendo al defensa del Barcelona, para hacerse una fotografía con el teléfono de uno de ellos. Para no hacer un selfie, que obligue a uno de ellos a salir demasiado cerca de la lente, o de plano desfigurado, le piden a una muchacha, que pasa también por ahí, que les haga la foto. La muchacha pide, a cambio, que le hagan una “con el señor”, con su teléfono. “¿Sabes quién es?”, pregunta maliciosamente uno de los niños. “No, pero cuando lo sepa ya tendré la foto”, responde la muchacha cambiando lúcidamente el orden de los factores. Como se trata de un barrio residencial, con escasos peatones (los únicos que no tienen coche son los niños y las sirvientas), el futbolista logra llegar sin más contratiempos a un supermercado donde, desde que entra por la puerta, es interpelado por una señora, por un cajero, por el policía que vigila y por dos o tres cerillos que se le acercan, teléfono en mano, con la intención de hacerse un selfie. Todos gritan “¡Piqué!” en cuanto lo miran y le piden una foto, un autógrafo, le cuentan que lo vieron en el partido contra el Madrid o que conocen a su mujer desde que era chiquita. En medio de aquella rebambaramba el gerente del establecimiento le tira un balón y él, obedeciendo a un reflejo largamente condicionado, lo controla y hace unos toques llenos de filigrana. Esa es la foto que faltó a la noticia, la del futbolista, vestido de civil, dominando un balón entre las estanterías de un supermercado, entre las latas de atún y los botes de salsa Ragú, contemplado por el pueblo, creciente, de Barranquilla.

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