• Regístrate
Estás leyendo: Banquete de vagabundos
Comparte esta noticia
Sábado , 23.06.2018 / 00:36 Hoy

Banquete de vagabundos

Publicidad
Publicidad

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Arturo J. Flores

Lazy Beggers es una pareja de mendigos que recorre Europa pidiendo dinero en las calles. La diferencia radica en su campaña de marketing. Cobran 278 euros por una foto —aunque nadie se los pague—, tienen una comunidad de fans en internet y, sobre todo, son ciento por ciento sinceros: todo lo que les des se lo gastarán en más alcohol y drogas.

* * *

Hace un frío de los mil diablos esta noche en Madrid. Poco menos de cuatro grados de acuerdo con la app del clima. Por eso me impresiona aún más la brevedad de las minifaldas de las prostitutas que no parecen ni siquiera tiritar. Jóvenes maniquíes con vida que tientan a los helados caminantes por la calle de la Montera, donde desde principio del siglo XX se fueron asentando grupos de inmigrantes de Europa del Este que comerciaban con sus cuerpos. Una de las diez calles que desembocan a la tradicional Plaza del Sol. La que fue transformada en paso peatonal desde 2009. Por curiosidad me acerco a preguntarle a una rubia —todas lo son, y de ojos claros— cuánto me costaría calentarme entre sus brazos. 20 euros, me responde. Pero no me atrevo ni me atrevería. Las historias de trata de blancas son tan indignantes como aterradoras.

Me encamino rumbo al barrio de Malasaña, donde entraré al legendario Penta, como le dicen los madrileños al Pentagrama (el bar al que Radio Futura hace referencia en la canción “La chica de ayer”), para beberme una caña. Cuesta arriba me encuentro con una pareja de vagabundos que llaman la atención de los noctámbulos. No son los primeros que veo. Madrid está atestado. Fantasmas de una crisis que les ha arrancado desde la casa hasta los sueños. Esqueletos que respiran, acostados a la intemperie en una ciudad cuya arquitectura conserva la magia de la Edad Media pero también la indiferencia hacia los pobres. Este par se hacen llamar los Lazy Beggers o Vagabundos Vagos. Son los únicos a lo largo de la calle a los que cae dinero de manera constante. También los únicos que cobran 278 euros, según su cartelón, por tomarse una fotografía. Y definitivamente no hay otro mendigo en la Montera que haga público, con semejante desparpajo, el destino que habrán de tener las limosnas que recolecten: “Es para más cerveza, vino, whisky, porros y resaca”. Tan borrachos están, me dicen, que por eso escriben beggers en vez de beggars.

La cuota de 278 me parece excesiva, así que es ofrezco solo un par de monedas a cambio de una breve entrevista. Con 278 me pagaría casi 14 arrumacos con las trabajadoras sexuales de esta calle. Los Lazy Beggers aceptan el trato. Pero es poco los que consigo sacarles. Ambos lucen como drogados. Jose usa barba y lo aqueja una tos desgarradora. Parece que me escupirá un pulmón en el rostro. Lydon es el que lleva audífonos de diadema conectados a un walkman. Pero eso lo supe hasta un día después, cuando entré a su página en internet. Nuestra conversación transcurre así:

—¿Cómo se llaman?

—Idiota –me responde Jose, el barbado.

—¿Y tú? –le pregunto al Lydon.

—Idiota –dice él también. Entonces creo que mis dos euros no valieron para nada. Se burlan descaradamente de mí.

—¿Los dos se llaman idiota? –insisto.

—Sí, así nos llamamos entre nosotros: ‘¡Eh, idiota, ven aquí!’.

Río como imbécil.

Entre los múltiples cartones con leyendas donde están tumbados está el de un portal oficial y una fanpage en Facebook. A la gente que les toma fotografías les piden que se las envíen para publicarlas. Estos mendigos son unos genios del marketing. Generan un engagement envidiable entre los transeúntes que les tiran monedas. “Internet es la calle más larga del mundo”, dice su página oficial.

Por un momento pienso que se trata de un performance, de un montaje. Si no fuera por el olor a orines que despiden, de verdad dudaría que se trata de un par de menesterosos que tuvieron una idea genial para recolectar monedas en las calles.

—¿Desde cuándo piden dinero?

—Igual que todo el mundo: desde que nacimos. ¿Tú le pedías dinero a tus padres? –me espeta Jose.

Lo peor de todo es que tienen razón. Las respuestas de estos personajes son breves, pero contundentes.


The dark side of the homeless

Recuerdo la anécdota atribuida al filósofo griego Diógenes de Sínope, que vivió en el siglo IV antes de Cristo, y a quien le agradaba vivir en la calle, igual que un mendigo. Cuenta la historia que un día se le puso enfrente Alejandro Magno. El emperador, admirado por el descaro del hombre que se había negado a ir a rendirle pleitesía, le digo que si se le ofrecía algo en el mundo, se lo concedería. “Solo que te quites, para que no me tapes el sol”, le respondió Diógenes.

Así de cínicos son estos dos, que sin reparos anuncian algo que otros mendigos alrededor del mundo no se atreven a reconocer. Nuestros donativos servirán para que se embriaguen hasta la ignominia. “Pero por lo menos decimos la verdad”, se justifican. Nuevamente los asiste la razón. La mayoría de los políticos harán lo mismo con nuestros impuestos y ni bajo amenaza lo admitirían.

—¿De dónde son? –pregunto.

—De la luna, del lado oscuro. De donde viene la mejor música –responde Lydon.

Hasta poesía hacen los desgraciados. ¡Y les sale tan bien!

—¿En qué país les dan más dinero?

—En todos hay gente buena, en todos se ríen. ¿Sabes qué simboliza una sonrisa? Un minuto de felicidad. Y eso es lo que repartimos –interviene Jose.

—No es barato mantener una página en internet.

—Gastamos más en cerveza a diario que en pagar una página al año. De todos modos nadie paga los 278 euros por fotografía. Lo más que nos han dado son 150 –vuelve a decir Lydon.

—Si se bañaran y se cortaran el cabello, se acabaría el negocio.

—Nos bañamos todas las semanas. No me afeito porque me gusta mi barba y en el pelo, me agrada mi rasta. Llevo 13 años dejándola crecer –me explica Jose.

Le pregunto a Lydon qué música escucha en su walkman.

—No es música –responde– son libros. Tenemos mucho tiempo libre.

La frase me golpea como un gancho de boxeador. Me recuerda lo ricos que son este par en el fondo. Disponen a raudales de algo que nosotros, la gente que trabaja, mendigamos: tiempo. Como aquella descripción que de Cristina Onassis hace Joaquín Sabina: “Era tan pobre que no tenía más que dinero”.

Lydon prosigue:

—Ahora mismo tuve que ponerle pausa para hablar con un periodista que me está quitando el tiempo –añade antes de darle un trago a su botella de vino.

Le doy las gracias, apago la grabadora y me quito de enfrente. Para no taparle la luz de la luna.

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.