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Los autógrafos

U2 autógrafo
(Ric Reyes)

EL PEZ SOLUBLE
Jordi Soler

Voy a revelar una historia que llevo más de veinte años queriendo contar. Cuando U2 visitó México por primera vez, en 1992, yo trabajaba en una célebre estación de radio, sobre la que recayó gran parte de la promoción del Zoo Tv Tour que ha sido, desde mi óptica personal, la mejor de esa banda a la que el paso de los años se ha ido, inevitablemente, carcomiendo. Un año antes del concierto, un traficante de discos nos había llevado a la estación de radio, el álbum nuevo de U2: Achtung Baby. En esos tiempos no había ni YouTube, ni Apple Store, ni Amazon y, si querías oír un disco que acababa de salir en Estados Unidos, tenías que ir, en tu Volkswagen, a San Antonio, Texas, que fue precisamente lo que hizo aquel traficante. El álbum salió el 19 de noviembre de 1991 y un día después, el 20, día por cierto de la Revolución Mexicana, llegó aquel joven exhausto, con el pelo lleno del polvo que su coche había levantado en los terregales de San Luis Potosí, y el álbum Achtung Baby en la mano. U2 era entonces una banda muy importante que era seguida muy de cerca por los devotos del rock entre los que estábamos, por supuesto, quienes hacíamos aquella estación de radio. La primera medida que tomamos fue encerrarnos en el estudio a oír el disco, y yo quedé encantado con el chorro de espesa psicodelia que salía por los bafles. De esto hace 23 años y en todo el tiempo que ha transcurrido hasta hoy U2 y su cantante se han convertido en otra cosa o, más bien, son lo que eran pero 23 años más viejos.

Diez años después de aquel chorro de espesa psicodelia que oí en el estudio de la estación de radio, me tocó la encomienda diplomática de llevarle a Bono, a su casa de Dublín, dos grandes bolsas de cartas que le enviaban sus fans mexicanos, para que olvidara aquel famoso, e infame, incidente con el hijo del presidente Zedillo, e incluyera a México en su siguiente gira mundial. Yo era entonces agregado cultural de la embajada de México en Irlanda y me quedaba claro que esas cartas, puntuales y desesperadas, debían llegar a su destinatario, así que las metí en dos bolsas y se las llevé al cantante para que reconsiderara su decisión e incluyera a México en su gira pues sus fans, argumenté, no tenían la culpa de lo que había hecho el hijo del presidente, en uno de sus conciertos en 1997. El éxito de aquella misión fue relativo, pero siempre he tenido la impresión de que algo conmovieron al cantante aquellas dos bolsas repletas de cartas de sus admiradores de ultramar.

Pero la historia que quería contar sucedió años antes, en 1992, cuando U2 llegó por primera vez a México, en la gira de aquel álbum del que salían chorros de espesa psicodelia, y así como una década más tarde llegarían a mi oficina en Dublín, decenas de cartas de admiradores de la banda, entonces llegaban a mi oficina en la estación de radio, decenas de objetos, discos, camisetas, guitarras, un bombo de batería y un enorme etcétera objetual que, idealmente, sería firmado por los músicos de U2. A los dueños de estos objetos, entre los que estaba el gerente de una famosa franquicia de bares rockeros, les parecía que los que trabajábamos en la estación, al estar cerca del grupo, estábamos en posición de conseguir que aquellos objetos fueran firmados; pero la realidad es que tampoco teníamos tanta cercanía ni la suficiente desfachatez, como para pedirles que se sentaran un par de horas a firmar los objetos de sus admiradores. El caso es que, mientras esta realidad se hacía evidente, los objetos no paraban de llegar y a la altura del primer concierto ya ocupaban la tercera parte de la oficina. Así que, en un momento que osciló entre la desesperación y la lucidez, mientras quitaba de mi silla unos bongós que debía firmar Larry Mullen Junior, plantee el siguiente problema moral: “Siendo honestos, tendríamos que regresar los objetos, sin firmar, y explicar la situación a los propietarios, lo cuál va a generar una profunda decepción, en cambio, si firmamos nosotros —como si fuéramos ellos—, seríamos deshonestos pero haríamos felices a los propietarios, así que, compañeros, tenemos que elegir entre la honestidad y la felicidad”. Ganó, desde luego, la felicidad, apuntalada por frases de pirotecnia filosófica, que buscaban tranquilizar nuestra conciencia: “Si tienes el Unforgettable Fire firmado por Bono, y crees herméticamente que fue Bono el que puso ahí su firma, ¿importa que no lo haya firmado Bono?”. Basados en un concienzudo estudio caligráfico que hicimos de unas firmas auténticas (yo vi cuando las hacían) que los cuatro habían puesto en un ejemplar de Achtung Baby que regalaron a la estación, nos pusimos a firmar, con gran acierto, los cientos de objetos que poblaban la oficina, y durante los siguientes días los felices propietarios fueron pasando a recogerlos. Entre todos esos objetos había guitarras y bajos eléctricos, micrófonos, platillos de batería que, en más de una ocasión me he encontrado, expuestos con gran lujo, en algún bar en el DF, en Mazatlán o Acapulco y he pensado, y siempre me lo he callado, “esa guitarra la firmé yo”.

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