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El asalto más imbécil

Nos llevaron de paseo y nos despojaron de muy poco dinero; aun así nos alcanzó para tomar otro taxi y llegar a casa, a consolarnos bebiendo ron.
Nos llevaron de paseo y nos despojaron de muy poco dinero; aun así nos alcanzó para tomar otro taxi y llegar a casa, a consolarnos bebiendo ron. (Especial)

He sido asaltado por lo menos seis veces, casi siempre en taxis y en compañía de un poeta, por lo que me cuido de no subirme a automóviles de alquiler con quienes hacen versos.

Una noche, al salir de un cabaret de la colonia Obrera, el Poeta 1 y yo íbamos a abordar un taxi cuando fuimos interceptados por tres o cuatro tipos que nos quitaron cuanto llevábamos, que era poco porque acabábamos de pagar una cuenta bastante generosa. Fuimos a mi casa para que mi amigo reportara la pérdida de sus tarjetas de crédito. Lo curioso fue que, varios meses después, un vecino suyo fue a entregarle, en Nezayork, su credencial del IFE; dijo que la había encontrado exhibida en un vidrio de un banco en Insurgentes, y que al reconocer la dirección pidió y consiguió que se la entregaran.

Otra vez volvía a mi casa de Santa María la Ribera luego de presentar un libro; me acompañaba, en el taxi, el Poeta 2. Cuando iba a pagar la dejada, dos hombres se subieron a la unidad y nos encañonaron con una pistola, a mí me dieron un golpe en el hombro izquierdo. Nos llevaron de paseo y nos despojaron de muy poco dinero; aun así nos alcanzó para tomar otro taxi y llegar a casa, a consolarnos bebiendo ron.

Luego, en Álvaro Obregón, en la colonia Roma, el taxi en el que iba con el Poeta 3 fue abordado por dos tipos que nos encañonaron y, de nuevo, nos llevaron a pasear. Tras quitarme mi dinero (no vieron mi Mont Blanc) me dejaron en Baja California y Monterrey, y a mi acompañante lo llevaron hasta Mariano Escobedo. Le quitaron dinero y unos libros suyos que acababa de comprar en Casa Lamm. Cuando volví a verlo le dije: “Ese es tu desquite, tuvieron que leer las mamadas que escribes”.

Tiempo después, fui a una cena al sur, por Avenida Universidad, e iba conmigo el Poeta 2, a quien entonces daba yo asilo poético en mi departamento. Pero en la sobremesa se fue, en taxi, y cuando a mi vez debí irme abordé el mismo que lo había llevado (de los que estaban al servicio del restaurante) y me ofrecí a darle un aventón al Poeta 4. Justo antes de llegar a donde él vivía fuimos detenidos por una patrulla de la policía, nos hicieron bajar del auto y nos sometieron “a una revisión de rutina”. Nos basculearon y nos dejaron ir. Al llegar a Santa María e intentar pagar el servicio me di cuenta de que los polis me habían bajado la lana. Le pedí al chofer que me llevara al Bancomer de San Cosme casi con Insurgentes; me esperó afuera, y antes de que pudiera insertar mi tarjeta en el cajero, desierto a esas horas (dos de la mañana), un par de policías uniformados me la quitaron y alegaron que era falsa. Me llevaron a la patrulla y confié en que en la Delegación podría aclarar la cosa; pero qué va, me pasearon en serio, y en un sitio lejano y desconocido me pidieron la clave para sacar dinero de otro cajero. Se las di, y tras retirar lo que se podía me bajaron de la patrulla y me devolvieron la tarjeta. Caminé horas, y ya clareando llegué a casa. Lo primero que encontré, sobre la mesa de centro, fue dinero. De haber sabido, no hubiese ido al cajero con el taxista.

Otro asalto fue sin poeta, y a plena luz del día. Regresaba de Culiacán y fuera del aeropuerto tomé un taxi de la calle, porque lo que cobraban los de la terminal me parecía un atraco. En Insurgentes, por La Raza, se subieron tres asaltantes. Como a esas alturas del partido ya me sabía el numerito, cerré los ojos y dejé que me registraran. Me quitaron del bolsillo de la camisa como dos mil pesos, y mientras otros hombres que los seguían en un auto iban a retirar dinero, los otros, jóvenes, se pusieron a revisar mi maleta. Uno de ellos dijo que eran centroamericanos y que necesitaban dinero para llegar a Estados Unidos, pero su acento era de gente del Cerro de la Estrella; otro dijo que le gustaba un pantalón y que si se lo regalaba. Volvieron los otros ladrones y me bajaron quién sabe dónde. Al hacer el recuento de los daños vi que no se habían llevado mi petaca de piel ni mi Mont Blanc ni mi chamarra de cuero: “Estos no son centroamericanos, son pendejos”, me dije. Tomé el Metro y volví a casa.

***

Hace días, a las nueve y media de la noche, salí del Metro San Cosme y caminé, como lo hago hace tres lustros, por Naranjo, calle larga y en semipenumbra. Al cruzar Amado Nervo, un hombre joven se me acercó y exigió que le diera cuanto llevaba. Le di cien pesos que saqué del bolsillo de la camisa, pero exigió más, todo. Él estaba muy nervioso, sin duda era principiante, y no vi arma alguna con que me amenazara. En otros tiempos lo hubiera descontado, mas seguí el consejo que doy a otros: “Si te atracan, dales todo; la lana se recupera, la vida no”.

Me arrebató cuanto llevaba en el bolsillo y se puso a revisar, rápido y nervioso; solo vio mis credenciales, y no una tarjeta de débito. Saqué monedas y se las di: parecía que en vez de responder a un asalto estaba dando limosna. Le dije: “No la chingues, soy poeta, ¿y cuándo has sabido que los poetas tengamos dinero? Nos morimos de hambre”. Tiró mis pertenencias al suelo y desapareció, corriendo. No me quitó el reloj ni el teléfono ni nada más, el muy pendejo.

Ignacio Trejo  Fuentes

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