QrR

El amor, el deseo, tres mujeres

En tan solo dos días y medio leí Espejo de tres cuerpos, la primera novela de la poeta cubana Odette Alonso, publicada por Quimera Ediciones en 2009. En otros tiempos, cuando estaba menos ocupada, no dudo que me la hubiera echado en 24 horas. Lo digo no porque les quiera presumir que tomé un curso de “lectura rápida”, sino debido a que no quieres ni puedes dejar de devorar sus páginas: la historia te va atrapando suavemente pero con la intensidad de un trueno, inesperado y directo.

Supe de la autora gracias a Sergio Téllez-Pon, director y fundador del sello independiente Quimera Ediciones (autodenominado como “la primera editorial queer en México”), a quien entrevisté en agosto del año pasado. Me regaló el libro, asegurándome que es la única novela sobre lesbianas que, por el momento, tiene en su catálogo.

Comencé a leerla en un vagón del Metro, sin haber investigado sobre ella ni visto reseñas que me dijeran al menos de qué trataba. Las primeras páginas pasaron rápido frente a mis ojos. No obstante, en ese momento me pregunté qué me importaba a mí lo que le sucediera a una profesora universitaria que se enamoraba de una colega más joven, bajo la mirada de asombro de otros y otras docentes. El hecho de que las protagonistas en conflicto fueran dos mujeres no me parecía suficiente; no creo que “novela gay” o “novela lésbica” sean géneros, sino características, y las historias o son buenas o son malas, sin importar la orientación sexual que tengan los personajes.   

Esperando que el asunto no se pusiera telenovelero, la seguí leyendo en la comodidad de mi casita, acostada y bajo el amparo de una lámpara de noche. Entonces pasó ese milagro esplendoroso de la literatura: no podía dejar de leer, de reflexionar a la par, de sentir esa necesidad de saber qué iba a pasar (aunque no sea una novela que se caracterice por su “ritmo trepidante”). Las manecillas del reloj avanzaban; Odette no me soltaba. Es curioso: a pesar de ser poeta, y de las buenas, su estilo en Espejo de tres cuerpos es muy sencillo. Su estructura está basada, casi por completo, en los diálogos (los detalles no abundan, pero se agradecen en las descripciones de los encuentros eróticos). A pesar de ser caribeña, la autora ha vivido en México desde 1992, así que en el DF es donde la anécdota se desarrolla y se habla en “mexicano”.

La historia tiene esas pinceladas de drama clásico que nunca pierden vigencia: Ángeles, una profesora madura, se enamora de Berenice, más joven y quien, tras corresponderle, termina una relación de años con su primer amor, Nidia, quien sufre su abandono mientras que la nueva novia se quema por los celos que esto le provoca. Deciden vivir juntas, en la casa donde también habita Raquel, la hija adolescente de la mujer de mayor edad, y enfrentar los prejuicios sociales de familiares, amigos, colegas, quienes ven su relación como algo prohibido, pecaminoso, sucio (más aún tratándose de alguien que había vivido, hasta ese momento, un erotismo heterosexual).

En esa primera parte, Alonso, sin juicios, chillidos ni recriminaciones, muestra la doble moral de una sociedad que se da golpes de pecho por lo que hace el de al lado pero pocas veces se mira en ese espejo. Muestra las estrategias para eliminar “la semilla del mal” (es decir, a la lesbiana) en esos centros de trabajo en donde las apariencias importan; nos hace reconocer que toda familia cuenta con sus propios demonios; sin escribirlo, nos pone a pensar sobre la bisexualidad (o sobre lo que yo llamaría “orientación diversa”, que no tiene preferencias por el sexo o la fecha en el calendario, sino por lo que cada ser humano en particular puede provocar en uno).

No tiene que criticar la discriminación que abunda ni gritar por la poca comprensión que existe hacia las orientaciones eróticas e identidades de género para que el lector, mediante conversaciones de los personajes, lo entienda y se avergüence al menos un poquito del mundo en el que vive.

En la segunda parte —la separación la hago yo, pues la novela se desarrolla en 20 capítulos continuos—, la tuerca gira de una manera contundente: diez años después, Raquel, la hija de Ángeles, se enamora de su “madrastra” Berenice, quien no puede evitar dejarse seducir por la contundencia de su cuerpo de 22 años a pesar de amar profundamente a su pareja. Ésta, segura de la relación, enfrascada en su desarrollo profesional, instalada en la comodidad de la vida rutinaria o, quizá, viviendo su propia historia de dobleteo erótico (casi al final, una pregunta sugiere que quizá también pudo haber andado entretenida con leña de otro hogar), se olvida del ímpetu que la hizo defender con uñas y dientes su relación de mujer contra mujer. Pasa muy poco tiempo en casa, no le gusta modificar sus hábitos y le exige a su novia que atienda a su hija.

Odette logra, de una manera interesante, hacer que el/la lector/a de mente abierta se dé cuenta que Ángeles no puso a su primogénita “en charola de plata” para Berenice ni Raquel se enamoró de ella “por el ejemplo que tuvo en casa”. Hay razones más fuertes e independientes al sexo de nacimiento —las que deberían imperar cuando uno/a se enamora— que hacen que te sientas atraído por otra persona: entendimiento, gustos, aficiones, necesidades afectivas, belleza. Eso se percibe en esta historia con tintes shakesperianos. Y hay otra vuelta de tuerca que me perturbó aún más que el trío amante-madre-hija: el vínculo materno no siempre es abnegado, devoto, amoroso.

Gracias a un par de diálogos fulminantes conocemos los malos tratos que siempre sufrió la más pequeña por parte de su progenitora, quien confiesa, en el abismo de su desesperación y quitándose el antifaz de madre preocupada que tuvo durante la primera mitad de la novela, que su hija siempre ha sido un lastre, un impedimento para ser feliz, un ser al que nunca ha comprendido. Eso pasa también en la sociedad con más frecuencia de la que nos gustaría, y Odette Alonso nos lo estampa en los ojos, en la mente, sin buscar una moraleja, de nuevo sin señalar o juzgar. Así es la vida, así de cruel, de dura, además de emocionante. La de verdad. No la que acontece en La rosa de Guadalupe. Y su novela es un espejo donde podemos vernos todos: mujeres pero también hombres.

 Berenice, por su parte, es un ángel con cuernos demoniacos, un espíritu libre que siempre ha tratado de experimentar su ser tal cual es. Llena de contrastes, bondadosa en su manera de generarles gozo a sus compañeras de cama, se le podría catalogar como la mala de la historia, la seductora, la que abandona, la que huye. Pero no estoy segura de que así sea. Y aquí, de nuevo como en la vida misma, hay cuando menos dos interpretaciones de una misma historia, las cuales no necesariamente coinciden.  

Las escenas lúbricas no tienen desperdicio. A pesar de todo el drama, hay en las páginas un erotismo encantador, casi inocente; una provocación a imaginar y/o recordar esa sensación de los primeros encuentros sensuales con quien nos excita sobremanera. 

“No te avergüences del placer”, le dice a Berenice su amiga Daniela y esa frase da muchas vueltas en mi mente. Le escribo a través de Twitter a Sergio Téllez-Pon para comentarle que hablaré sobre la novela en este espacio. Me comenta, con ese sentido del humor que lo caracteriza: “Ahora el lencherío está muy in”. Me dan ganas de abrazarlo muy fuerte y decirle que, independientemente de lo que pase bajo la ropa de sus autor@s, de sus lector@s, siga publicando novelas de Odette Alonso.

Verónica Maza Bustamante

Facebook: La Doctora Verótika

elsexodromo@hotmail.com

@draverotika  

< Anterior | Siguiente >