QrR

Si amas un cadáver, déjalo libre

El cadáver
(Fotoarte: Karina Vargas)

MUNDOS PARA-LELOS
Rafael Tonatiuh

Lo reportan muerto, lo tapan con sábana y desaparece.
Un hombre fue reportado como muerto a las 10:30 de la noche; su cuerpo yacía en una calle de la Magdalena Mixhuca; personal del MP llegó al lugar tres horas después pero el cuerpo ya no estaba.”
‘MILENIO Diario’. Alejandro González 21/05/2014. 07:34AM

Cuando las personas fallecen, estorban, huelen mal, se les cae la carne, lucen aterradoras y hasta la fecha no ha existido ningún gobierno del mundo que permita tirar los muertos en la calle, dentro de una higiénica bolsa de plástico (por supuesto, no con el fin de que terminen de descomponerse en la vía pública, sino para que los recojan camiones que los depositen en tiraderos de cadáveres para ser reciclados como manutención de zoológicos e, incluso, como postín para caníbales económicamente débiles, como sugirió Jonathan Swift en Una modesta proposición, y en la película de ciencia ficción Cuando el destino nos alcance).

Dejar un muerto en la calle no es malo, salvo que uno mismo lo haya matado, pero esa ya es harina de otro costal. Es como la televisión, que en sí misma no es mala, pero poner un programa de Laura Bozzo sí es un crimen.

El prejuicio principal para no tirar muertos consiste en creer que tirarlos equivale a faltarles al respeto, aunque tanto sacerdotes de las más variadas religiones como los científicos más objetivos, coinciden en un punto: un cadáver ya no es la persona que animó su cuerpo en vida. Esto me recuerda los melodramáticos y chafísimas spots del Senado sobre donación de órganos: “Con las piernas de fulano gané el maratón”, “Con el corazón de zutano me enamoré”, “Con el hígado de mengano me tomé un Buchanans 18”. Es decir, ¿tuvo que morir una persona valiosa para que me sirviera de prótesis para superarme, o agarré piezas de un inútil que chupó faros para darle grandeza con mis dones? El órgano es de quien lo trabaja.

Dicen que las personas realmente mueren cuando dejamos de pensar en ellas, pero ¿qué tal cuando solo pensamos mal de ellas, o únicamente recordamos lo peor de su existencia? Eso sí es faltarles al respeto (también adueñarse de su herencia con engaños, o desvirtuar su legado).

La naturaleza nos lo puso facilísimo: cuando un ser vivo deja de respirar, sus restos se convierten en nutrientes de animales y plantas, no hay más que tirarlos en un terreno y problema resuelto; pero el humano lo complica todo y quiere gastar en un ataúd, un funeral, una carroza fúnebre y encima comprar un lote para enterrarlo, quejándose de que no tiene dinero para una ceremonia costosa, complicada e imprevista (que además requiere trámites burocráticos). A veces, hasta los dolientes gastan en criptas familiares tipo condominio, con la estúpida idea de que “los muertos vivan juntos” ¿se dan cuenta de lo absurda de ésta aseveración? ¡Los muertos no pueden vivir juntos ni en un cementerio ni como momias en exhibición! ¡Ya no pueden vivir, punto! (salvo en Haití o donde pululen los zombis). Las personas que habitaron esos cuerpos ya cantan en el coro celestial, se trasmutaron en otra forma de energía/materia o están reencarnando como noruegos o mexicanos (depende de cómo se hayan portado en vida).

Ningún investigador de lo paranormal ha documentado el caso de un fantasma que se haya quedado en nuestro plano astral por asuntos relacionados con su cadáver, por ejemplo, haberlo enterrado con una playera del América o haberle serruchado las piernas para que cupiera en la caja; los fantasmas siempre se quedan en el mundo de los vivos por un asunto que no pudieron resolver en vida. Los exorcistas tampoco tratan con los cuerpos, sino con los espíritus que los poseen; saben que por más botox que se pongan, lo diabólico se lleva dentro.

No quiero sonar discriminatorio, pero un cadáver es lo más inútil de mundo, incluso más que un egresado de sociología. Algunos ancianos y discapacitados quieren ser productivos y se dedican a un oficio, empleo u pasatiempo, pero ningún muerto puede llevar las cuentas de un negocio, arreglar una instalación eléctrica ni anotar un gol, en el mejor de los casos podrán ser útiles como objetos decorativos (gracias al arte de la taxidermia), como acarreados de mítines o para llenar lugares en las presentaciones de libros; en estos casos, y siguiendo mi consejo, se podrían solicitar al tiradero de cadáveres del municipio, el cual podría cobrar una cuota para construir obras públicas que sirvan a los ciudadanos vivos.

También se podrían rentar o vender cadáveres a los necrófilos. Los defensores de la sexualidad políticamente correcta protestarán: “¡Pero es que esa no es una relación consensuada!”. Yo les preguntaría, ¿cómo se logra una relación consensuada con un muerto? ¿La ouija tiene credibilidad oficial? Salvo que alguien, antes de fallecer, lo autorizara por escrito, pero nadie lo ha hecho por la misma razón que abundan los juicios de intestados: los vivos están tan ocupados gozando de la vida que a nadie se le ocurre que se pueda morir.

Lo que sí está mal es deshacerse de un cadáver y tratar de recuperarlo después, ya sea para platicar, como maniquí o para cobrar su pensión. Mi filosofía es: “Si amas un cadáver, déjalo libre; si era tuyo, volverá, si no, deja que siga la luz”.



< Anterior | Siguiente >