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El alma de la fiesta

calavera
(Karina Vargas)

“CAPTURAN A TRES SUJETOS QUE PASEABAN A SU AMIGO MUERTO EN CHIHUAHUA.
Los detenidos trataron de sobornar a los agentes para que los dejara ir, pues dijeron que llevaban varios días de parranda, pero al revisar el vehículo vieron que había una persona muerta.”
MILENIO Diario. Juan José García Amaro.
05/03/2014. 10:13 PM

Cuando el licor comenzaba a mermar, Ramón siempre sacaba su cartera y mandaba a comprar otra botella. Sus amigos lo apreciaban por ello, hasta que su ánimo festivo comenzaba a volverse inoportuno: discutía tonterías como si fueran asuntos de gran relevancia, eructaba ruidosamente, se bebía las copas ajenas, insultaba a gritos, le agarraba las nalgas a las damas, lanzaba golpes a diestra y siniestra (y a menudo solo atinaba a darle a muebles o paredes), trataba de bailar cayéndose sobre los demás y finalmente se quedaba dormido en cualquier rincón, sobre sus propios vómitos y orines.

Regularmente olvidaba lo que lo hacía, lo recordaba de otra manera, o sencillamente se justificaba diciendo que “todos andaban igual”.

Como sobrio era una finísima persona, leal con sus amigos y derrochaba un gran sentido del humor, después de dos o tres reuniones en la cantina o fiestas particulares, prescindiendo de su compañía, se le volvía a invitar y volvía a hacer lo mismo.

Una vez se orinó dentro de un refrigerador, arrojó una maceta desde el balcón, le prendió fuego a un cuadro que le disgustaba y tuvieron que amarrarlo, hasta que, arrepentido, prometió comportarse decentemente; después de un par de horas, lo desamarraron por lástima, pero al sentir el latigazo del tequila en su cerebro, agarró un enorme cuchillo cebollero y se enfrentó a quienes tuvieron la osadía de contenerlo; no fue difícil desarmarlo y volverlo a amarrar. Ramón parecía la niña de El Exorcista: se puso verde de coraje, los ojos parecía salirse de sus órbitas, espumarajos salieron de su boca y chilló cosas en un idioma inteligible, hasta que se desvaneció.

Sus amigos siguieron bebiendo, charlando y disfrutando un disco con Lo mejor del rock de los sesenta; cuando se terminó la botella, como Ramón estaba inconsciente, le sacaron la cartera y sustrajeron un billete para comprar otra (total, si hubiera estado despierto, él mismo lo hubiera ofrecido). La madrugada sorprendió al alegre grupo, que decidió desamarrar al buen Ramón, quien permaneció callado y con un semblante angelical y risueño, al grado que lo encontraron increíblemente encantador.

Alguien sugirió seguir la parranda en un bar after hour y todos estuvieron de acuerdo (incluyendo a Ramón, cuyo silencio se tomó como asentimiento tácito). Lo cargaron, subieron a un coche y, cantando “Come on baby light my fire”, continuaron su algarabía en un antro. Al amanecer, uno de ellos se percató que Ramón estaba muerto. Transcurrió más de un minuto de silencio hasta que, el más sentimental exclamó: “Es la primera vez que disfruto una noche en compañía de Ramón”, con lo cual todos coincidieron.

Pensando que sería una lástima deshacerse tan pronto de un viejo amigo, justo cuando la Parca lo había hecho madurar y portarse a la altura, jalaron con él a curársela con un menudo y unas cervezas frías (al cabo, el generoso finado aún poseía varios billetes para invitar a aquellos amigos, a los cuáles había hecho padecer en vida con sus imprudencias).

En la fonda se toparon con más conocidos que también tuvieron fiesta y unieron las mesas. Entre risas y anécdotas, una chica notó el cambió positivo en Ramón, a quien le informaron que estaba muerto. Ella lo miró embobada y confesó que siempre le había gustado, pero que “le chocaba su grosera personalidad”; un sujeto, ya a medios chiles, tuvo la ocurrencia de sugerirle que lo besara “antes de que se termine de enfriar”; como una botella de tequila (cortesía de la cartera de Ramón) achispó el ambiente del crecido grupo, los alegres parroquianos la animaron a coro y ésta no tuvo pudor para robarle un beso a sus inertes labios.

Por juego o por morbo, otras mujeres hicieron lo mismo y, como era sábado, una mujer propuso su departamento para hacerle una fiesta de despedida al nuevo Ramón, antes de mandarlo al Camposanto.

Al llegar al depa, los convocados sacaron sus celulares y llamaron a más amistades, contando que Ramón, mágicamente, se había vuelto agradable al fallecer. El lugar estaba a reventar y hasta los vecinos que subieron a callarlos, hallaron tan buen ambiente que se autoincluyeron, llevando discos, bebidas y más amigos. Alguien le abrió a Ramón una cuenta en Twitter y escribió ingeniosas ocurrencias “desde el más allá”; los selfies con el difunto rompieron record de retweets y sus seguidores se multiplicaron por segundo. La fiesta fue un éxito y el cadáver de Ramón se hizo tan popular que las personas desmadrosas de todo el país quisieron tenerlo de invitado.

De pronto, empezó a desprender un tufillo insoportable. Un ranchero muy rico (y presumiblemente ligado con el narco), se lo llevó y lo devolvió totalmente descarnado, hecho un límpido esqueleto, sin aromas molestos. Esa nueva apariencia le extrajo una hermosa sonrisa, que acrecentó su carisma.

Circuló de fiesta en fiesta. La fama de Ramón traspasó fronteras y el mismísimo presidente de los Estados Unidos quiso que Ramón estuviera presente en la Casablanca, durante la festividad de Acción de Gracias. Los invitados estuvieron tan satisfechos con su compañía, que posteriormente Ramón estuvo de cuerpo presente en los Grammys, los Emmy, los Oscar y luego viajó al Festival de Cannes, las Olimpiadas, Miss Universo y engalanó todo tipo de celebraciones en Rusia, Japón, Alemania, Canadá, Turquía, Brasil, China, Argentina, Reino Unido, etcétera, y hasta nuestro mandatario, a través de su cuenta de Twitter, felicitó a Ramón por “hermanar a los países con su alegre presencia”.

Su calaca estuvo en las portadas más importantes del mundo y cientos de celebridades narraban cómo Ramón hacía más deliciosas sus veladas, hasta que, un impredecible día, murió su fama: un difunto de la  República de Nauru resultó ser más simpático que Ramón.

El esqueleto, actualmente, disfrazado de pirata, junto a un cofre pintado de cobre, adorna el fondo de un club de buceo en Cancún, Quintana Roo.

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ACLARACIÓN: Esta sección se llama Mundos Para-Lelos. El título que antes tenía: El Punto Je, es propiedad del colega, escritor y periodista, Eduardo Camacho Suárez, registrado con la publicación de tres libros: El Punto JE. Irreverencias del legua-je, El Hijo del Punto Je y El Nieto del Punto JE. Leer para creer, publicados por el Conaculta en 1996, por Lectorum en 1999 y en edición particular en 2005.

 

Rafael Tonatiuh

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