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El after de la marcha gay

(Jesús Quintanar)
(Jesús Quintanar)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Irais Morales

Al anochecer en la ciudad hay un ambiente tranquilo, con poca gente en las calles, las vías de tránsito sin mucho tráfico, los vagones del Metro y del Metrobús con disponibilidad media de asientos. Algunos sábados pueden ser más electrizantes que éste en la ciudad, pero no para la comunidad gay que celebró su marcha 37 y que ya se dispersa por los antros, las fiestas privadas y las legendarias reuniones de las que se platicará todo el año hasta la siguiente marcha. Alrededor de las ocho de la noche el ambiente se concentra en la Zona Rosa.


EL CANDY BAR

Franco es cubano y desde hace siete años es guardia del Candy Bar, donde no se paga cover, ubicado en la calle de Amberes. Él asegura que el Candy Bar no sube sus precios por ser el día de la marcha, “manejamos precios normales. La chela está en 30 pesos”. Y agrega “Aunque la gente ya no sepa ni por qué se hace la marcha”. Adentro el olor a sudor es insoportable.


PASA SIN VER

A unos pasos está el BB show bar. Le pregunto al guardia de seguridad si puedo entrar. El hombre bajo, calvo, trajeado y de tez blanca me dice que no, “por respeto a los clientes”. Argumenta que su clientela es muy exclusiva y las políticas del lugar los protegen mucho. Averiguo cuánto cuesta el cover. “Cien pesos, con un shot de tequila”, me dice. Estoy decidida a pagar, pero me interesan otras cosas más que el tequila ¿Puedo tomar fotos a tus clientes, grabarlos, entrevistarlos? Me responde que por seguridad tampoco puedo hacer eso, porque varios de sus clientes aún no salen del clóset.




SIN SELLO PARA SALIR

“Yo no me siento parte de la comunidad gay”, comenta Luis Martínez de 29 años. Luego le da un trago a su michelada. Luis va acompañado de su novio del mismo nombre y de su amiga Nina. Están en el área de fumadores del antro Lollipop, ubicado también sobre Amberes, que cobró 90 pesos la entrada, lleno a las 10 de la noche y todavía con suficiente espacio para platicar… respirar. “Está bien que la comunidad gay se reúna porque el objetivo de estas marchas era hacerse visible, pero ya somos visibles, creo que deben dar un paso más; pero no, todo se queda en mero carnaval y en el mero orgullo gay de celebrarse. Por qué no nos reunimos para celebrar a los indígenas, por ejemplo. Creo que aún sigue habiendo discriminación hacia los homosexuales porque no hay nuevas propuestas. Ya son visibles ¿y ahora?, ¿qué sigue?”. El otro Luis y Nina lo miran, pero su argumento se diluye entre la cerveza, el cigarro y la música. Vamos a movernos, dice Nina, y los tres salen de la terracita del Lollipop. En el lugar ya no se puede caminar.

“Yo fui a la marcha, ellos vienen desde Pachuca y no llegaron. Estuve desde las dos y media en el Ángel de la Independencia. Es un ritual a pesar de que va muchísima gente. Te arreglas para la marcha, o sea la ropa, lentes, gafas, prepararte si vienes disfrazado… si vienes caracterizado…” me cuenta Juan José de 34 años.

“Hace tres años, en una marcha, empezamos tal cual a las 11 de la mañana y acabamos a las seis. Lo más divertido es que hay ocasiones en que coincides con tus amigos en todos lados. Te los encuentras en la marcha y en el antro. Lamentablemente la Ciudad de México tiene una oferta de diversión homosexual muy cerrada o muy poca. Guadalajara y Vallarta tienen una variedad canija: bares, antros, restaurantes. La Ciudad de México, a pesar de que es una ciudad muy grande, todavía tiene pocos lugares de reunión. Entonces es usual que te encuentres a la misma gente. Ahorita se puede ver que los puntos de reunión gay son Paseo de la Reforma y la Zona Rosa. Abrieron la plaza 222, es un punto de referencia. La Roma, Condesa, parte de Coyoacán, San Ángel, el Centro. El Centro es totalmente arrabalero pero aprendes a disfrutarlo.



“En México hay una cuestión muy rara, no es una sociedad tan discriminatoria sino racista. Está muy marcado el hecho de que si eres gay eres menos, y te ven al nivel de una mujer, y el nivel de una mujer sigue siendo de discriminación, siguen discriminando a las mujeres, siguen discriminando a los homosexuales. Desde la familia, la sociedad, el trabajo”.

Yamil es acompañante y ex novio de Juan José, es inevitable mirarlo, se parece a Gerard Butler encarnando a Leónidas en la película 300, sólo le falta estar ataviado de romano, cosa que compensa con una camisa desabotonada a mitad del pecho. Me cuenta que en Pachuca no tiene vida gay, se contradice: “O sea, sí, pero no me interesa, prefiero venir aquí, estoy a una hora”.

No lo entiendo bien y ante mi desconcierto sigo su charla: “En Pachuca hay como tres bares gay o algo así, pero no me llaman la atención. La música es fea, la gente es fea, bailan de todo pero, raro, no sé, quizá discrimino a los de mi pueblo ¿no? Tal vez porque conozco otros lados, porque el DF me queda a una hora, me la paso más padre y pues mejor me vengo en coche, manejo…”.

Me gusta mirarlo porque no es un gay afeminado, tiene una guapura tremenda. Le pregunto si piensa que la gente de aquí es más bonita “Uy, que la de Pachuca sí, ¡carajo! Por ejemplo en Chihuahua, bellísimos los hombres, de verdad. En Pachuca como que no hay una buena combinación de razas, entonces la gente no es tan linda. Aparte, en ciudades pequeñas todo mundo se conoce… chismes, cosas así que de repente agg. Hace muchos años, precisamente con un amigo que va a venir, nos inventaron que nosotros organizamos orgías en mi casa y que cobrábamos 50 pesos la entrada. Pero muchas veces son envidias. Esa vez fue un chavo que quería conmigo, no se dio nada, no me interesó, era muy chismoso y vengativo, e inventó eso. El chisme tendrá 10 años y a la fecha si conozco a alguien me dice ‘Ah, he escuchado que tú organizabas orgías’, pero no me preocupa. Además ya voy a cumplir 40, vas aprendiendo por donde te mueves, sabes por donde no, qué aprovechas, qué no”.




EN LA CALLE

Los dos Luises y Nina ya no bailan, platican, se mueven apretados al ritmo de la música, es hora de salir y Nina me acompaña, también se va. Al salir del bar ya no hay forma de regresar porque el día de la marcha el Lollipop no ofrece sello para reingresar. Esta noche todos los covers suben hasta 50 por ciento, y a los lugares donde pido entrar los guardias de seguridad me dicen que debí hacer cita previa o acreditarme antes con el gerente. Muchos de ellos son groseros, pidiéndome pagar la entrada de hasta 120 pesos. Son alrededor de las 12:10 de la noche y Amberes sigue lleno de vida. Mucha gente bebiendo en la calle, fumando. Observo a tres muchachos para preguntarles sobre la marcha, me dicen que no fueron, que no los grabe y que no piensan responder a mis preguntas; los dejo en paz mirar el aparador que ilumina unos pantalones entallados de colores chillantes, algunas camisas escotadas, gorras y fetiches. Nina me dice: “ser gay es un estilo y aquí te lo venden”.

Sobre Reforma hay taxis en fila y también está Teresa, un drag-queen que camina despacito. Nina y yo le pedimos una foto, accede muy forzada “Estuve en la marcha desde los 11 y no he podido quitarme este disfraz. Ya me voy, de hecho ya me iba, vivo por la Diana, súper cerca”. No quiero dejarla ir porque se ve bonita y le pregunto lo que me sale al calor de la chela: ¿Es muy caro tu traje? “Híjole, sí está carito, la pura peluca está en mil 500, de ahí en fuera pues ya…”. Con tanto maquillaje y tanta peluca imposible adivinar si está cansada o está mintiendo, me la juego y de nuevo la fuerzo a hablar conmigo.

“Soy drag-queen desde hace cinco años, mis amigos me fueron metiendo poco a poco en el medio. La gente solita me fue reconociendo, me fue llamando y pues ya. Empecé trabajando en muchos lugares, es la cuarta vez que trabajo en la marcha, los dueños de los antros ya saben quién es quién y te llaman…o sea, ellos saben quiénes son los que se dedican al show. Antes pedíamos cosas, ahora muchas de las cosas que pedimos ya existen… la marcha es más una fiesta que demandar cosas aunque esta vez sentí la sentí muy pesada, muy lenta, hubo muchos carros,”. Le agradezco y la dejo ir.

Todavía es temprano y el ambiente va subiendo de precio. Es muy difícil entrar a otro lugar, lo intento en el antro Kinky “Tuviste que venir un día antes y arreglar tu entrada con el gerente”, me regaña un muy alzado guardia de seguridad. Cover 120 pesos. No gracias. Nina y yo hacemos la parada a un taxi, hora de irse.


FOTOS/ JESÚS QUINTANAR.

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