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Adiós, princesa

Su camino para llegar a ser la princesa Leia Organa de Alderaan fue más bien sinuoso.
Su camino para llegar a ser la princesa Leia Organa de Alderaan fue más bien sinuoso. (Waldo Matus)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR

Miguel Cane

@aliascane


Carrie Frances Fisher era realeza de Hollywood, aun antes de poder tener idea del concepto —mismo que acabaría por resultarle traumático y del que se burlaría alegremente en dos novelas que escribiría más tarde—; nació en octubre de 1956, hija de la sencillamente adorable Debbie Reynolds, reina del musical en Technicolor y de Eddie Fisher, un cantante pop que era el equivalente a alguno de los hermanitos Jonas en los años 50. Las cosas se pusieron bizarras y nunca se recuperaron, cuando Carrie tenía dos años y medio; de la noche a la mañana, Eddie Fisher abandonó a Debbie, para enredarse con Liz Taylor (la diva de los ojos violetas), que era madrina de Carrie, por ser la mejor amiga desde la infancia de Debbie y viuda del productor Mike Todd, que fuera cuate de Eddie. Así las cosas, Carrie buscó refugio de su fea vida familiar —su mamá trabajaba como estrella, su padrastro estaba muy ocupado haciéndole fraudes fiscales y nadie los pelaba a su hermano Todd y a ella— primero en los libros (a los diez años ya había leído todo de las hermanitas Brontë, Jane Austen y Agatha Christie) y posteriormente, en otras cosas (desde el sexo, hasta los estupefacientes, la música disco y los electrochoques) para olvidarse de una depresión persistente salpicada por ataques de euforia que, no fue hasta de adulta, le diagnosticarían como trastorno bipolar.

Carrie fue estudiante de la prepa Beverly Hills (¡como Brenda Walsh!) y aunque nunca se graduó — dejó la escuela en 1972 para acompañar a su madre a Broadway en el musical Irene, y ya no volvió la vista atrás— consiguió hacer sus equivalencias para estudiar en la Central School of Speech and Drama, en Londres y luego en la Universidad Sarah Lawrence, de la que se fue dejando truncos sus estudios, para filmar Star Wars, que no fue específicamente su debut en cine: ya había aparecido en 1975 en la divertidísima Shampoo, con Warren Beatty y Julie Christie, en un papel pequeño como una precoz adolescente que se va a la cama con el amante de su mamá (algo que obviamente, no veríamos hoy en una película de Hollywood, ni de chiste).

Su camino para llegar a ser la princesa Leia Organa de Alderaan fue más bien sinuoso, y el ser hija de una celebridad (Debbie, porque Eddie ya para mediados de los setenta era una vergüenza andando, al punto de que la propia Carrie declararía después “quiero que me fumiguen el ADN”) no le ayudó tanto. Su principal competencia para el personaje eran Jodie Foster (que era muy chica aún) y la angelical Amy Irving. George Lucas estaba prendado de esta última, pero como era novia de su cuate Steven Spielberg tenía sus dudas; en todo caso a Amy le gustaba más el guión de Carrie (la película de Brian DePalma sobre la novela de Stephen King) y se fue con esa —buena elección de todos modos, es un clásico— y Carrie le dijo a Lucas que a ella le parecía un guión brillantísimo, el mejor que había leído en su carrera (de una película); Lucas cedió ante su entusiasmo y su atractivo poco convencional: no era rubia, no era “bonita”, pero tenía mirada inteligente e irradiaba carisma, por lo que en 1976, Miss Fisher se encontró en Londres, con ese ridículo peinado que la hizo famosa (y que detestaba, aunque no tanto como al bikini de metal de El regreso del Jedi), trabajando con Alec Guinness y teniendo un affair secreto los fines de semana con Harrison Ford, que era en ese entonces un hombre ca-sa-do. También fue por esa época que Carrie inició un largo romance con la cocaína (algo que duraría de modo a veces intenso y a veces casual, hasta 2010) y se convirtió en una figura icónica, cosa que le resultó aún más traumático que su crianza.

Más allá de los rodajes de la trilogía original de Star Wars —de los que muchos (entre ellos Carrie herself en su libro The Princess Diarist) han documentado prácticamente todo — Carrie pasó una larga época buscando convencerse de que era actriz seria, y de que ése era su lugar en el mundo. Así pues, hizo algunas películas que eran interesantes, pero no tuvieron éxito, y se embarcó en una tumultuosa relación con Paul Simon — de quien duró más tiempo como novia, que de esposa — y con una cada vez más alarmante cantidad de fármacos. Esto la llevaría en 1986, después de rodar Hannah y sus hermanas, a las órdenes de Woody Allen, a una espectacular crisis nerviosa y escribir su primera novela, que fue un best-seller  y desveló que su verdadero talento (que ya había manifestado “maquillando” sus propios diálogos en las películas de Leia), ser escritora. Postcards from the Edge fue un éxito rotundo. Mike Nichols la hizo película y casteó en los roles de Suzanne Vale (alter ego de Carrie) a Meryl Streep y su madre, la estrella de cine Doris, a Shirley MacLaine y Carrie ayudó con el guión. Pronto, fue una de las mejor pagadas “doctoras” de guiones en Hollywood —y cobraba caro, aún si no le daban crédito.

A principios de los noventa, Carrie creyó encontrar estabilidad gracias a la medicación, y a Bryan Lourd, un agente de Hollywood, de quien se enamoró y con quien tuvo una hija, Billie Catherine (nacida en 1992). Todo parecía ser maravilloso, hasta que en 1994, Lourd le dejó caer una bomba encima. Era gay. Siempre había sido gay y no había manera de que dejara de serlo, aunque lo había intentado con ella, pero no podía seguirle mintiendo, menos aún si se había enamorado de verdad de otro hombre. Dicho este speech, Lourd la dejó tirada como bulto en su casa de Bel Air, con una niña pequeña, un nuevo trauma (que convertiría en otra novela de éxito, aunque le tomó casi diez años hacerlo) y un deseo de ponerse hasta la peineta con estupefacientes, cosa que procedió a hacer sin pudor alguno, hasta que decidió volver a rehabilitación y someterse, de paso, a terapia de electrochoques, cosa que le resultó muy beneficiosa y que defendió por años.

Su relación con Leia Organa siempre fue complicada y a veces, ambivalente: por un lado, le había dado una identidad propia: ya no era la “hija de” —su relación con Debbie permaneció buena, pero excéntrica y con Eddie no quiso volver a tener trato—, pero también le pesaba la imagen que tantos y tantos fanboys imprudentes y necios le echaron encima; su retorno al personaje emblemático se dio cuando Lucas vendió la franquicia a Disney —Carrie lo criticó mordazmente por ello— y se empezó a hablar de una nueva trilogía. J. J. Abrams personalmente buscó a Carrie para ofrecerle volver y juntos planificaron los cambios que fueron evidentes en su regreso: una Leia más madura, no princesa, sino general de la resistencia. Una Leia herida, pero fuerte. Una Leia mucho más parecida a Carrie.

Ahora, después de sufrir un ataque al corazón en un vuelo trasatlántico (acababa de terminar de rodar el mentado Episodio VIII), Carrie Fisher se suma (y ojalá cierre) el impactante listado de figuras que fallecieron este año en la esfera de las artes. Pero deja huella, y más allá del bikini metálico o las trenzas: lo que deja es su voz narradora; una de las más distinguidas de su tiempo.

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