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Adicción al “hueso”

Más allá de lo que opinen, el "hueso" no solo me ha ayudado a recuperar mi dañada economía doméstica, sino que también me ha permitido desarrollar habilidades técnicas y de improvisación.
Más allá de lo que opinen, el "hueso" no solo me ha ayudado a recuperar mi dañada economía doméstica, sino que también me ha permitido desarrollar habilidades técnicas y de improvisación. (Ilustración: Viera Khovliáguina)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR

Daniel Herrera

 

Al principio me dio mucha vergüenza. ¿Qué iban a decir mis amigos escritores? ¿Y si alguien me veía haciendo el ridículo al ritmo de alguna mala canción? Después, aunque nunca de forma rápida, comenzó a valerme pito. Digo, ¿por qué debería importarme lo que piensen mis amigos escritores? Ellos se la pasan encerrados frente a una laptop; es una gran manera de pasar el tiempo, pero procuran no enfrentarse demasiado al mundo real.

Ahora, que ya nada me importa, puedo afirmar que hace cuatro años no me sabía ninguna canción de Timbiriche, hoy conozco tantas que hasta me da un poco de pena. Pero no tanta como para dejar de tocarlas. La música de Timbiriche es sencilla y permite ganar dinero de manera rápida.

Los excelsos y puros dirán que me prostituyo. Pues bien, debo decir que no me vendo, solo me rento y todos lo hacemos de alguna u otra manera. La otra opción es viajar a la miseria. Así que prefiero tener comida en la mesa a seguir creyendo que la música es algún tipo de activismo que sólo le importa a unos cuantos.

Gracias a ese pensamiento ya no le hago gestos a tocar canciones de León Larregui. Eso sí, me niego a aprenderme las canciones de Héroes del Silencio o de Maná. Esto no es rockstarismo, sino amor y respeto hacia lo que hago.

Por supuesto que he escuchado a los cristalinos músicos y melómanos: ellos piensan que los grupos locales de fines de semana empuercamos la música. Más allá de lo que opinen, el hueso no solo me ha ayudado a recuperar mi dañada economía doméstica, sino que también me ha permitido desarrollar habilidades técnicas y de improvisación y, además, me ha regalado extraños momentos que provienen de la interacción con todo tipo de personas.

Es sencillo y cómodo mantenerse en una burbuja social. Lo viví por años y la existencia es un remanso de tranquilidad y paz. Entonces, la necesidad me empujó a utilizar esa habilidad cultivada a los 15 años, cuando pasaba horas tensando las cuerdas de mi bajo Washburn. Ese instrumento soportó con estoicismo el primer periodo de aprendizaje que vive cualquier adolescente que ha decidido dedicarse al rock. Lo armé y desarmé varias veces, rompí infinidad de cuerdas hasta que aprendí a dejar de hacerlo, moví el alma de su brazo en un infructuoso intento por ajustar su sonido y recibió múltiples golpes que nunca lo rompieron. Al final lo vendí para comprar el Fender que me acompaña desde hace 20 años.

Creo que hay dos actitudes ante la idea de tocar canciones de otros: la primera es de malestar y sufrimiento. Es la que viven los músicos que se sienten destinados a algo más grande. No tiene nada de malo, pero es común que la depresión los asalte a diario. Si no logran vivir de su propia música es normal que terminen odiando la profesión.

La segunda es divertirse e interpretar con las limitadas habilidades propias. La canción original ya tiene un lugar en la mente del escucha, la idea es ampliar ese recuerdo. Entregarle al escucha una versión que pueda identificar pero que no suena necesariamente a la original.

Pienso que lo peor que podemos hacer es tocar la pieza exactamente igual a como suena en el disco. En ese sentido, ¿qué caso tiene escuchar un grupo? Mejor le picas al play y ya está.

Sonará lo anterior para justificar malas interpretaciones, pero todos podemos identificar a un grupo que sabe tocar covers. Además, no nos hagamos tontos, la gran mayoría no puede, por múltiples razones, ver a sus grupos favoritos cualquier noche de la semana. Para eso estamos nosotros, los músicos locales, tus héroes menores que tienen un éxito moderado, discreto.

Esto me ha permitido convertir a la música en una forma de vida y, además, guardar anécdotas que convierten a esta profesión en la mejor del mundo.

Por ejemplo, es extraño, pero a veces me reconocen en la calle. No sé por qué lo hacen, al final soy parte de un grupo de covers, no me comporto como rockstar y todas las mañanas llevo a mis hijos a la escuela.

Otro gran momento son los borrachos que han decidido que también pueden cantar. Incluso me han pedido el bajo para demostrar sus habilidades. Yo nunca me niego. Me parece que todo mundo tiene derecho a pasarla bien. Uno de los mejores borrachos que he soportado estuvo toda la noche pidiendo canciones de Joan Sebastian. Para él todas y cada una de las composiciones del cantante era grandes obras maestras. Intentaba, con voz pastosa y entrecortada, explicarme cuáles eran las cualidades extraordinarias de “Tatuajes”, “Lobo domesticado” y “Rumores”. Al final sólo atinaba a decirme: “No mames, pinche rolón”.

También me caen bien los que deciden que la fiesta les pertenece, el alcohol les pertenece, el ambiente les pertenece y hasta nosotros le pertenecemos, aunque no hayan puesto ni un solo peso para pagarnos.

He tocado toda la noche, desde las diez hasta las cinco de la mañana porque siempre los otros pueden festejar mejor que uno. Eso sí, a partir de la sexta hora toco sentado.

He visto a hombre y mujeres bordeando la vejez que han recuperado las ganas de vivir y bailan como cuando tenían 27. Sus hijos ya no viven con ellos y el dinero alcanza ahora para emborracharse como antes. La pasan tan bien y son tan felices que no puedo evitar sentirme bien por ser parte de ese momento de alegría.

Y la música que ha pasado por estos dedos y garganta. Desde el éxtasis hasta el asco. Desde Black Sabbath o Led Zeppelin o los Stones o Miles Davis o John Coltrane o The Cars o Roy Orbison o Elvis o Frank Sinatra o Tom Petty o Stone Temple Pilots o RHCP o Bruce Springsteen hasta Maluma o Pitbull o Maná o Daddy Yankee o Romeo Santos o Luis Fonsi o Enrique Iglesias. Puedo hacerlo porque es parte de lo que me convierte en músico, aunque sea menor. La habilidad para tocar cualquier estilo musical popular. Y, a pesar de que muchas veces tengo que tocar canciones que desprecio, siempre, sin ninguna duda, es mejor pasar tres minutos aburridos que 30 años encerrado en una oficina, bajo esa horrible luz blanca, engordando los muslos en distintas sillas y esperando una jubilación que no garantiza nada. Por eso el hueso es como la heroína: una vez que lo pruebas, no hay manera de escapar.

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