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Un actor no es más que un provocador

Édgar Vivar, el señor Barriga.
(Especial)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Óscar Jiménez Manríquez


Una circunstancia afortunada, así la llama él, lo llevó a interpretar por más de 20 años un personaje que no ha dejado de acompañarle todos los días. Incluso, en la actualidad, si lo descubren caminando por la calle, de inmediato, la gente suele acercarse emocionada para solicitarle un autógrafo.

Édgar Vivar lleva un filtro en la vena cava interior, porta cinco stent en el corazón, y sabe lo que es pasar cuatro veces por terapia intensiva, por lo que cada día que transcurre es un regalo. Es domingo y lleva un rato intentando entrar al ascensor del Museo del Estanquillo; no contaba con el número de personas deseosas de posar junto a él para una fotografía.

En la cantidad de gente que está ansiosa de saludarlo se aprecia la trascendencia de un personaje que él interpretó a lo largo de un cuarto de siglo  y que logró instalarse en el inconsciente colectivo.

Con el tiempo, gracias a la actuación, dejó de ser un estudiante más bien tímido, que de niño era gordito y sufrió bullying, y comenzó a sentir la emoción de poder vivir otras vidas. “¡Fue mágico…! El teatro me ayudó a sobreponerme a esa timidez”, recuerda minutos antes de participar en una lectura dramatizada.

El teatro le permitió superar el miedo de enfrentar a grandes auditorios. Luego un cazador de talentos lo invitó a hacer un comercial por televisión. Él la hacía de un esquimal que confundía un refrigerador como su casa. El esquimal abría la puerta y decía: “Across, orgulloso hogar”. Entonces un locutor lo corregía: “¡No! El lema es: “Across, el orgullo del hogar”.

Luego de dicho comercial le habló Chespirito y lo demás es historia conocida de millones de mexicanos. Una historia que nunca se imaginó Édgar Vivar, el mayor de cuatro hermanos, un niño retraído y solitario que creció en la colonia Morelos y que encontró en los libros de Julio Verne y Salgari su mejor compañía.

“Tenía un abuelo muy culto. Había sido alumno de Salvador Díaz Mirón en Veracruz. Tenía una impresionante colección de relojes y de libros. Con él conocí todas las cantinas del Centro (del DF)”, confiesa, tras haber alcanzado, al fin, la terraza del Museo de Estanquillo.

Recuerda que de niño siempre le asombró un relato que su abuela le contaba. Ella había crecido en una población oaxaqueña muy lejana de la principal capital. De chamaca, la mayor ilusión de su abuela era tener una muñeca. Nunca pudo jugar con una de plástico o de trapo, pero se consolaba agarrando un gis y dibujando sus muñecas en la pared.

“Todos los niños hacemos nuestro propio mundo, y esa es justamente la maravilla de ser niños”, afirma Édgar Vivar, quien nunca pensó dedicarse al teatro y mucho menos vivir de la actuación. Su intención era ser médico. “Nunca se me va a olvidar el olor a madera recién pulida, la emoción de la primera obra. Cómo corrimos aquellos estudiantes de la preparatoria 7 a jugar con un telón que apenas estaban terminando de poner. Jugábamos a cerrarlo y abrirlo, porque era manual”.

Era un teatro al que le estaban poniendo sus primeras butacas, colgando las diablas, colocando el telón. El escenario poco a poco se iba poniendo guapo y él empezaba a sentir el gusanito de interpretar la vida de diversos personajes.

Un buen día lo obligaron a subir al escenario. Y pese a esa timidez que lo lleva a estar jugueteando constantemente con los dedos, pudo en el escenario echar a volar la imaginación. No dejó aquella compañía estudiantil de teatro, ni siquiera cuando ingresó a la Facultad de Medicina.

Después pasó 25 años interpretando en la televisión al personaje que lo hizo famoso, El señor Barriga, pero se trata de un actor muy dúctil que puede desenvolverse con soltura en cualquier género.

“En la actualidad me encantaría hacer El tío Vania, de Moliére, y creo que estoy en edad para hacerlo. También me gusta el personaje de Próspero, en La  Tempestad, de Shakespeare. Hace muchos años me tocó interpretar El burgués gentil hombre. Me considero un actor surgido del teatro universitario. Eso me dio un abanico de posibilidades muy grande. Poder interpretar principalmente a los clásicos y hacer un tipo de teatro alternativo”.

Dice que le gusta que le llamen Édgar Vivar, y que un actor al final de cuentas es un provocador y un comunicador de emociones. Lo afirma él, un hombre que nunca sospechó el éxito y los alcances de una serie televisiva como El Chavo del ocho, pero que al paso del tiempo logró trascender al personaje que lo hizo famoso en México y numerosos países de Sudamérica.


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