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El acelerado declive de las revistas

Revista
(Especial)

Desconozco hoy cuáles sean los números del mercado editorial de revistas en México, si bien el discurso general es el de que la prensa en papel está en crisis, aquí y en el mundo; escribo ocasionalmente para revistas mexicanas, pero no las compro. A cambio de un reportaje de calidad, un ensayo destacable, una entrevista sagaz de periodistas de primer nivel, siento que me están vendiendo un catálogo de más de 200 páginas de publicidad de marcas y productos en los que no tengo el menor interés; soy escritor y no, al parecer, público objetivo de esas revistas que se han convertido en productos ellas mismas y que, a diferencia del pasado, no se limitan a ser escaparate publicitario de sus anunciantes, sino que han terminado fabricando anuncios ellas mismas, haciendo pasar por periodismo el cajón de sastre donde se encuentra de todo en cualquier magazine, llámense textos sobre perfumes, restaurantes, personas, museos, barcos, películas, bares, bebidas, zapatos, coches, relojes, aviones, teléfonos y un largo etcétera, carentes de imaginación y en los que todo es un halago lleno de adjetivos del tipo “soberbio” para mantener a los lectores, súbditos del consumo, contentos y entretenidos; o viceversa.

Es cierto que el mercado de revistas es variado y amplio, se diría que heterogéneo y hasta ecléctico, pero si uno revisa con atención los quioscos, salvo excepciones en las que la calidad desmerece no por falta de ideas, sino de presupuesto y tiempo, la gran mayoría repite patrones cuestionables y viejos, atrayendo a su público con chicas desnudas —o vestidas—, actores —el manido star system—, políticos a los que se eleva a rango de estrellas, escritores de moda o envueltos en escándalo, deportistas —si son guapos— o hasta jefes de la Iglesia —Gatopardo es la última en perder la brújula: primero dedicó su portada al papa Francisco (¡Dios mío!) y después a Alfredo Bryce Echenique (¡por favor!)—, para que en sus páginas interiores destaque no el pensamiento, sino la promoción de productos, gadgets como se les dice ahora, inundando de superficialidad el papel que imprimen, cediendo la pluma hasta a bartenders —benditos sean los editores— para que nos expliquen con exquisita frivolidad que la piña colada se puede hacer también con whisky; revistas, pues, donde se ha desterrado la crítica, llenas de páginas que hablan de la pura nada convertida en vanguardia, escrita por colaboradores cuya profesión puede ser cualquiera, menos la de escribir.

Se dediquen a la atención del cuerpo o de nuestro vestuario, a la salud o a la economía, al deporte o a los viajes, a la política o a los chismes, al periodismo cool o al cine, las revistas mexicanas —hechas en México, aunque porten nombres de otros lados— parecen estar confeccionadas todas con la misma tijera: mismo diseño, mismas secciones, misma saturación, mismas críticas de los mismos libros y de las mismas películas —revisen si no: si Isabel Allende publica nueva novela, no hay revista que falle para dedicarle tres líneas—, mismas firmas —hay hasta colaboradores que han fundado su propia agencia, a su vez integrada por otros escribanos para dar abasto a la solicitud de textos estúpidos de todo lo nuevo que se reproduce en el mundo, de un número a otro—; se trata de una retahíla de más de lo mismo, fórmulas repetidas una y otra vez con nombre diferente, pero mismo apellido. Para entendernos: las revistas se están muriendo y no las compran ni quienes las hacen.

Yo mismo edité ya hace algunos años, en una de ellas, una sección de cuentos que fue la primera en desaparecer porque la creatividad, la diferencia, en el marco del pensamiento único, es lo más endeble de la pirámide consumista. La homogeneización en el mercado de revistas casi se ha vuelto norma para sobrevivir en el feroz sistema de la inmediatez: aquí y ahora.

El papel se ha dejado de utilizar para la reflexión, el debate de ideas, la crítica, el análisis, y ha terminado dando vía libre, como los taxistas que se pasan el alto del semáforo en la Ciudad de México sin que nadie los penalice, a la complacencia, el halago fácil y la redacción obtusa.

Es una pena que editores con mucho oficio y talento hayan quedado atrapados por los caprichos de intereses de grupos editoriales, jefes que en viajes a Estados Unidos traen ideas ancladas en el consumo de masas, en venta y comercio, en vez de propuestas diferentes e inteligentes que potencien el periodismo que hace tanta falta en los tiempos que vivimos, aciagos, penosos, decapitados.

Por la única revista que estoy dispuesto a pagar 15 euros cada cuatro meses, y los pago en modalidad de suscripción, es por la francesa XXI, que, paradojas de la vida, no tiene una sola publicidad en sus páginas —leyeron bien, ni una sola—, es cien por ciento periodística –probablemente una de las mejores que se hace en el mundo—, y a diferencia de la tendencia general del mercado de revistas, vive de sus ventas; se financia sola, privilegia el contenido, los reportajes amplios, documentados y trabajados durante meses, y no semanas o días, los portafolios de fotografía, la delicadeza gráfica. Ojalá en México se copiara lo bueno de lo que viene de fuera, esa palabra que asusta tanto porque apenas se comprende cuando las cosas se hacen tan mal dentro.  

Juan Manuel Villalobos

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