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"Zig-zag": Prohibido no fumar

"Zig-zag": prohibido no fumar.
"Zig-zag": prohibido no fumar. (Especial)

Voy a comenzar esta reseña de la peor forma posible. Lo haré con la siguiente afirmación: el libro que aquí trataré fue escrito por un amigo mío. Sé muy bien que toda intención crítica parece desvanecerse, aunque pienso que la amistad que llevo con Rogelio no debería afectar la perspectiva que tengo de su segundo libro… o tal vez no, a lo mejor la amistad me traiciona y todo lo que sigue a partir del segundo párrafo es cebollazo fácil. No sabemos.

Generalmente me burlo de las autoediciones. La mayoría son libros complacientes, mal editados, con pésima corrección o de plano nulo cuidado al redactar. Los autores de tales inmundicias se sienten tan importantes que desean entregarle al mundo sus palabras mal elegidas y organizadas. Los más vergonzosos son aquellos autores que se promocionan todos los días e incluso piden a los lectores una pequeña retroalimentación, esperando siempre que la cortesía se apodere de los demás para recibir halagos en lugar de una crítica espesa.

Pero, a pesar de lo anterior, siempre existen autoediciones profesionales, creadas por autores que sí entienden cómo debe ser el proceso de armar un libro, desde la escritura exigente hasta el detalle en apariencia más nimio que en realidad le proporciona al producto la profesionalidad necesaria.

Uno de ellos es Rogelio Garza; lo demostró en su primer libro: Las bicicletas y sus dueños (Rueda Libre 2008), un trabajo que apenas aprecié superficialmente porque el libro no lo tengo, pero que me llamó la atención por su cuidado editorial y la calidad de la impresión.

Ahora tengo en mis manos Zig-Zag (Rueda Libre, 2014), el libro que todos los seguidores de Rogelio estábamos esperando desde hace años.

Y aquí tendré que caer en el lugar común de muchos nacidos en los setentas y que leíamos La Mosca en la pared en su primera época. Una de las pocas secciones que tenía esa revista y que no era de calidad variable como casi el resto de la publicación era la columna de Rogelio, llamada al principio “Las Semillas del Mal” y que pronto mutó su nombre a “Zig-Zag”.

Recuerdo que tenía 15 o 16 años y pensaba que ese Rogelio se la pasaba a toda madre escuchando rock y consumiendo alucinógenos. ¿Cómo sería vivir de esa manera?

Años después, algo así como 12 o 13, conocí a Rogelio y se me olvidó preguntarle lo anterior. Esperaba encontrar a un tipo descompuesto, vestido de negro y plagado de tatuajes y aretes. En su lugar, estuve tomando un par de cervezas con un hombre delgado, correoso, sano y agradable. El asunto es que siempre opiné que sus columnas poseían lo necesario para ser periodismo rockero de calidad: conocimiento y crítica. Pero además, las letras de Rogelio estaban y están vivas. Quiero decir que aquí aparece un periodista que va más allá de los simples halagos o de la investigación, en Zig-Zag podemos leer al amante de la música que llega al éxtasis ante los distintos grupos favoritos o al viajero en bicicleta o al crítico que se decepciona amargamente cuando escucha  el nuevo disco de la vaca sagrada que no pudo superarse a sí mismo.

Zig-Zag son 18 años de trabajo, mucha constancia y una necesidad por decir algo. Rogelio recopiló en este libro las columnas más importantes, las mejores y, quizá, las más representativas de esos 18 años.

El libro, creo, se divide en distintos tipos de columna. La primera y más obvia tiene que ver con la música, sobre todo la que repasa la historia de distintos grupos conforme se van muriendo los integrantes. Los Ramones reciben bastante atención en ese sentido. También se puede encontrar textos sobre los diferentes conciertos a los que el autor asistió y, en una suerte de periodismo gonzo, nos narra la experiencia de manera cercana, sin tacañería, entregándoles a los lectores todas las sensaciones que vivió.

Otro tipo de columna se refiere a su vida como ciclista. Este objeto no es un simple medio de transporte, para Rogelio significa la sangre corriendo, las ideas bullendo, la vida misma en dos ruedas. Es tanta su obsesión y la transmite de tal manera que nos olvidamos de los insufribles hipsters en sus bicicletas mariconas y de las ridículas rodadas de tipos que al final montarán la máquina en la parte trasera de su auto para olvidarse de ella el resto de la semana. Todo esto es lo que logra expresar en las columnas donde las ruedas son los personajes principales.

Una vertiente más tiene que ver con sus viajes por Europa o Estados Unidos y la manera en que descubre la vida ruda, la sobrevivencia muy similar entre el primer y el tercer mundo. Rogelio tiene la habilidad de describir los detalles que hacen más verídico el viaje. Sobre todo hace hincapié en la vida del clasemediero, donde apenas hay espacio para los pequeños lujos a pesar de que viven en ciudades de primer mundo. Como los que vamos a la librería sin un peso para solo husmear por aquí y por allá y salir con las manos vacías.

Después de leer Zig-Zag se antoja vivir la vida de Rogelio, viajar siempre que se pueda, escuchar a Los Ramones, asistir a muchos conciertos de rock, incluso meterse alucinógenos un rato para ver qué pasa. Nomás andar en bicicleta a todos lados no, porque tampoco, no mamen.

Daniel Herrera

 

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