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Zermeño

Payaso
(Eduardo Salgado)

EN EL TONO DE TONA
Rafael Tonatiuh


“El arte no conoce la falsedad”:
Raúl Zermeño

Egresé del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos en 1990 debiendo solo una materia: dirección de actores. Y no solo yo, sino casi toda mi generación (salvo Noé Santos), por la misma razón: no presentamos el trabajo final, que consistía en montar una puesta en escena. Nadie lo hizo porque estábamos ocupados en nuestras respectivas filmaciones y, al salir de la escuela, cada uno por su lado nos dedicamos a buscar la manera de vincularnos al mercado de trabajo. Solo hasta que se abrió el programa de apoyo a óperas primas nos pusimos las pilas y nos lanzamos en bola a presentar el examen extraordinario, pues era requisito el papel para participar (en el año 2000 logré estar en una ópera prima, como coguionista de Un Mundo Raro, dirigida por Armando Casas).

Cuando le mostré mi ejercicio al maestro Raúl Zermeño, su veredicto fue contundente: “Todo está de la chingada”, pero aún así me aprobó con diez y obtuve mi constancia de estudios, la cual, si tuviera voluntad, podría convertir en licenciatura, revalidando las materias de la actual facultad de cinematografía de la UNAM.

Raúl Zermeño falleció el 3 del octubre de 2014. Su trayectoria en el teatro mexicano es ampliamente conocida; apenas el año pasado obtuvo la Medalla Xavier Villaurrutia en mi natal Xalapa Veracruz, donde fundó la Facultad de Teatro de la Universidad Veracruzana y su Compañía Universitaria de Teatro, además dar cátedras en la UNAM y el INBA, entre otras instituciones.

Hombre huraño, mal hablado, severo y exigente, dotado de una especie de pesimismo edificante y un demoledor sentido del humor. El mejor sketch que le recuerdo, fue casi de un clown siniestro: cuando se estrenó la película El Otro Crimen (dirigida por Carlos González Morantes en 1988) en la Sala Julio Bracho de la UNAM, a todos nos pareció malísima; algunas personas la criticaban con lengua viperina, otros (los involucrados) se notaban defraudados, únicamente Raúl Zermeño estaba junto a la mesa de canapés, sosteniendo una copa de vino blanco y, sin decir palabra, a quien pasaba le guiñaba el ojo con una sonrisa pícara.

Fue un profesor socrático, que te confrontaba y obligaba a reflexionar; gran parte de su curso consistía en la discusión sobre “¿qué es la autenticidad?”.

El cortometraje que realizó en Polonia, a principios de los años setenta, es fascinante, sobre un francotirador apostado en una azotea que muestra su violencia interior (o al menos eso entendí, pues estaba en polaco).

Ser culto, que no te bajaba de “pinche naco” cuando mostrabas tu ignorancia, se hizo popular entre la tropa por su famosa expresión: “Cabroncito”, al grado de que una taquería cercana al CUEC, llamada “Los Carboncitos”, le apodamos “Los Cabroncitos”, en honor al maestro.

También hablaba de “mi comadre” (para referirse a Marilyn Monroe) y del “camote” (cuando alguien confundía lo poético con lo fálico), por ello, Armando Casas (quien después fuera director del CUEC) y un servidor, realizamos unas historietas anónimas, en fotocopias, y las pegamos en pasillos y salones de clases, con “Las aventuras de Raúl Zermeño”, en las que salía a la calle y se asustaba porque todo tenía cara de camote (en un cuadro, Marilyn Monroe también se había transfigurado, y al verla, Zermeño exclamaba: “¡No puede ser! ¡Hasta mi comadre tiene cara de camote!”). Al preguntarle qué le parecían esas historietas, dijo muy serio: “Equivocadas. Yo me identifico más con La Pequeña Lulú”.

En 1989 juntamos nuestro material fílmico, Fernando Flores (sonidista), Juan Santiago Huerta y un servidor (coguionistas y codirectores), para filmar Amanecer en Disneylandia, película que estuvo nominada al Ariel para mejor cortometraje de ficción. La historia trata sobre un individuo que sale de un hospital psiquiátrico (que yo protagonizo), y su enloquecedora familia le hace una fiesta de bienvenida. Allí, Raúl Zermeño actúa de mi papá, un payaso alcohólico, bucólico y onírico. Una de las mejores escenas es cuando el payaso irrumpe en el baño, justo cuando mi personaje está cagando, me dice: “Aquí, estás, cabroncito”, y me muestra su nuevo truco de magia, apareciendo un huevo duro, que luego compartimos. Cuando le pregunté a Raúl su opinión sobre la escena, contestó: “Está padre el arte del baño, muy Fovissste”.

En 1992, Juan Santiago Huerta y un servidor realizamos en video Carmina y Quetzalcóatl, una historia yuppie (que ganó el premio a mejor guión en la categoría Quinto Centenario, de la Segunda Bienal de Video), falso documental sobre un supuesto regreso de Quetzacóatl (protagonizado por Armando Casas), quien se convirtiera en fugaz cantante de rap y despareciera nuevamente, tras violar a la antropóloga que lo contactó (Carmina Narro), prometiendo regresar, después de purificarse. Allí, Raúl Zermeño salió de él mismo, como director del Centro Universitario de Teatro de la UNAM (que realmente dirigía), quien dentro de su despacho nos hablaba de su amistad con Quetzalcóatl y la importancia de transmitir su mensaje a través del rap. Se grabó una magnifica improvisación de Raúl, quien, al saber de la violación y fuga del antihéroe, decía afligido: “Me duele muchísimo, porque era un amigo personal muy enriquecedor”.

Como Quetzalcótal, estoy seguro que Raúl Zermeño regresará, en las puestas en escena de tanta gente que formó, y cuando yo vuelva a dirigir una película, sencillamente diré: “Aquí estás, cabroncito”.

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