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#YoSoyAbbieHoffman

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#yosoyabbiehoffman (Waldo Matus)

Hay de líderes radicales a líderes radicales. Hoy que resulta tan fácil sentirse revolucionario desde la comodidad de una laptop o de un teléfono inteligente, parece difícil comprender cómo era oponerse al sistema establecido, no desde un Starbucks o un café internet, sino desde la misma calle, en una época en la que la represión iba en serio y era mucho más que una mera proclama política.

Abbie Hoffman era un líder radical. Sus ideas buscaban la raíz de los males que quería combatir y lo hacía con medidas extremas.

Nacido el 30 de noviembre de 1936, en Worcester, Massachusetts, este inquieto militante de origen judío fue una de las cabezas más importantes del Partido Internacional de los Jóvenes (Youth International Party), cuyas siglas en inglés (YIP) dieron origen al movimiento yippie. Al contrario de los hippies, caracterizados por su pacifismo, su flower power y sus consignas de “paz y amor”, “haz el amor y no la guerra”, etcétera, los yippies eran activistas que intentaban golpear en la yugular al Sistema, con acciones que sin llegar al terrorismo o a la violencia abierta, sí alcanzaban a trastornar al Estado norteamericano, al grado de ser considerados como individuos fuera de la ley.

Jerry Rubin y Abbie Hoffman fueron los dos líderes más conspicuos del yippismo. Ambos se dieron a conocer con sus intervenciones en la Convención Demócrata de Chicago de 1968, la cual terminó con una brutal represión policiaca. Junto con otros seis líderes del YIP, fueron arrestados y se les acusó de conspiración, sublevación y amotinamiento. Al poco tiempo quedaron libres, pero Abbie no tardaría en ser encarcelado en múltiples ocasiones (más de 30) por los más diversos motivos: desde haber usado una camisa con los colores de la bandera gringa hasta haber colaborado con el movimiento en pro de los derechos civiles de los negros, pasando por sus participaciones en marchas contra la guerra de Vietnam y su famoso exorcismo al Pentágono, cuando junto a 50 mil jóvenes formó un círculo humano para tratar de hacer levitar el edificio orgullo de la U.S. Army. Otra famosa acción fue aquella en la cual arrojó billetes de un dólar en el interior de la Bolsa de Valores de Nueva York, enloqueciendo a los presentes —desde empleados hasta corredores y agentes— e interrumpiendo con ello las actividades de ese importante centro financiero.

Otra anécdota muy célebre sucedió durante el Festival de Woodstock, en 1969, cuando Hoffman logró subir al estrado y apoderarse del micrófono para lanzar un inflamado discurso en favor de la libertad del militante preso John Sinclair. Como seguía hablando y no había forma de callarlo, Pete Townshend, guitarrista de The Who, tomó su guitarra y propinó a Abbie un sólido golpe en la cabeza que casi lo manda al hospital.

Para 1970, Abbie Hoffman era una leyenda, un verdadero antihéroe. Autor de varios libros en los cuales atacaba abiertamente el sistema capitalista e hípercorporativo de Estados Unidos (Revolution for the Hell of It con su apéndice Fuck the System, Woodstock Nation, Steal this book*), muchos recuerdan a Hoffman por su ocurrencia de lanzar como candidato presidencial por el YIP a un cerdo llamado Pegasus.

Abbie reconocía como sus padres espirituales lo mismo a Antonin Artaud que a Groucho Marx, al Che Guevara que a Lenny Bruce, a Mao Tse Tung que a Robin Hood.

A mitad de la década de los setenta, era un tipo tan perseguido que se vio obligado a huir de su país con un nombre falso. Con el apelativo de Barry Freed, se estableció en Montreal, Canadá, donde se inició en una nueva clase de militancia: la pugna en favor del ambiente.

En 1980, escribió su autobiografía: Soon to Be a Major Motion Picture. Ya sin ser un perseguido político, se convirtió en militante antinuclear. De 1984 a 1986 se dedicó a recorrer, al lado de Jerry Rubin, una cincuentena de universidades norteamericanas. Para ese entonces, Rubin había abjurado del yippismo y era lo que hoy llamamos un yuppie. Lejos del anarquismo que profesara dos décadas atrás, era ahora un defensor a ultranza del sistema capitalista, el consumismo y el american way of life. Asesor de importantes firmas trasnacionales, Rubin daba sus puntos de vista y Hoffman los contradecía en largas, apasionadas y fársicas polémicas que llegaron al punto de parecer un circo.

Con todo, la vida amorosa y familiar de Abbie no era buena y sus ingresos económicos lo eran menos. En 1988 sufrió un accidente automovilístico del cual jamás se pudo reponer del todo.

El 12 de abril de 1989, fue hallado muerto en su apartamento, acostado sobre la cama de su habitación. Se había suicidado.

Hoy día, Hoffman permanece prácticamente olvidado. Su legado ideológico es incierto y confuso. Quedan sus libros como un testimonio de una década en la cual se llegó a creer en las posibilidades del cambio revolucionario y en la transformación de los seres humanos hasta llegar a una utópica sociedad ideal. El sueño había terminado.

*”ROBA ESTE LIBRO” (UN RECUERDO PERSONAL)

A principios de los años setenta, uno de los libros más inconseguibles era Steal This Book (“Roba este libro”), de Abbie Hoffman. Editado por Pirate Editions, un volumen prohibido, condenado por las buenas conciencias de los Estados Unidos de América. Para un joven mexicano de 17 años, hacerse de semejante título —del que tanto había escuchado hablar— era prácticamente un imposible. Por eso, cuando en 1972 mi amiga Rosemarie, una hermosa rubia de 15 años que por aquel entonces me traía rebotando, me dijo que iba a ir de vacaciones a Nueva York y que si no quería encargarle algo, lo primero que se me ocurrió fue pedirle el Steal This Book de Hoffman.

Rosemarie regresó a los dos semanas y cuando nos vimos, lo primero que puso en mis manos fue aquel libro negro, con el título calado en blanco, el nombre del autor en letras rojas y, a un lado de éste, la efigie de un tipo de larga cabellera rizada, nariz ganchuda y ojos de loco: Abbie Hoffman. Cuando le pregunté cómo demonios lo había podido conseguir y traer a México, me contó que había entrado a una librería de Manhattan, lo había pedido al encargado, éste la había mirado sorprendido, se lo había dado y ella lo había pagado. Así de sencillo. Sobra decir que desde entonces guardo el Steal This Book como una de mis más preciadas joyas bibliográficas y aunque jamás pude (vaya, ni siquiera lo intenté) poner en práctica sus literalmente explosivas enseñanzas, lo leí de cabo a rabo en mi por entonces mediano inglés. Porque se trata de un verdadero manual de la subversión, una guía para vivir de a gratis en los países primermundistas (con aplicaciones prácticas para el tercer mundo), un catálogo de sobrevivencia en el interior del Monstruo (John Kay —de Steppenwolf— dixit).

Un libro legendario… y muy actual.

Hugo García Michel

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