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Wendy y los ‘gormandizers’

El CBGB, como ustedes bien saben, era un antro neoyorquino en el que, durante 33 años (la edad de Cristo), tocaron un montón de bandas de rock, siempre interesantes, que después se hacían muy famosas.
El CBGB, como ustedes bien saben, era un antro neoyorquino en el que, durante 33 años (la edad de Cristo), tocaron un montón de bandas de rock, siempre interesantes, que después se hacían muy famosas. (Especial)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR

EL PEZ SOLUBLE

Jordi Soler


El CBGB, como ustedes bien saben, era un antro neoyorquino en el que, durante 33 años (la edad de Cristo), tocaron un montón de bandas de rock, siempre interesantes, que después se hacían muy famosas. El ojo clínico del dueño, Hilly Crystal, era legendario; iba ojeando músicos por los bajos fondos y, de pronto, subía a su escenario a un joven modernito, de traje y bien peinado, con una banda de raros que usaban un nombre absurdo, los Talking Heads, o aquel otro de greñudos que se llamaban Los Ramones. Pero para nombres absurdos hay que poner en primer lugar el de su legendario antro: CBGB, que eran las iniciales de Country, Bluegrass and Blues, con las que el dueño establecía sus preferencias, aunque luego le añadió otras iniciales que, es verdad, ampliaban el espectro musical del bar: OMFUG, las iniciales de Other Music For Uplifting Gormandizers, que quiere decir, más o menos, otra música para gormandizers exaltados. ¿Qué es un gormandizer? Es un individuo que come alimentos con voracidad, un practicante perpetuo de la gula, y el significado se extiende hacia el individuo que consume música con gran voracidad. No está de más aclarar que esta extensión del campo semántico de la palabra gormandizer fue promovida por el mismo Hilly Crystal.

El CBGB OMFUG cerró sus puertas en 2006, con su dueño, que murió al año siguiente, asfixiado por las deudas, y con un concierto en el que tocaron Blondie y Patty Smith. Como si la tragedia del CBGB no fuera suficiente, por esa misma época, hace casi una década, el mitológico Hotel Chelsea, que era como el complemento espiritual del bar, empezó a reconvertirse en un hotel boutique, que ya no recibe a esos escritores y rockeros perdidos, que a veces no tenían ni para pagar la habitación, porque ahora se dedica al turismo pedorro de zapato Mefisto y maletas Louis Vuitton.

El CBGB, aquel antro oscuro y sagrado de la calle Bowery, donde hicieron sus pininos un montón de bandas importantes, era una verdadera bendición; siempre había alguien, o algo, tocando en el escenario, y en su barra larga reinaba un ambiente denso, siempre al borde de la bravata y de la balacera. Yo invariablemente recalaba en esa barra cuando pasaba por Nueva York, por motivos en los que ahora no viene al caso hurgar. La barra estaba situada cerca de la entrada y al fondo se levantaba, es un decir porque era bajo y chato, el escenario, de reducidas dimensiones y un aspecto que lo emparentaba con los hoyos funky del DF. Yo siempre había llamado a nuestra ciudad la Ciudad de México, pero desde que el alcalde nos obliga a llamarla así he decidido que voy a referirme a ella, hablando y por escrito, como el DF. No me gusta que me digan como tengo que llamar a mi ciudad. Pero estaba en que el escenario parecía el de un hoyo funky e iba a añadir que, para ir al baño, había que pasar al lado, a unos centímetros del baterista que aporreaba los tambores y del bajista que a veces con sus contoneos interrumpía el flujo de los que querían ir a aliviarse. El baño del CBGB era un nicho largo de azulejos blancos en el que gravitaba un microcosmos policromo, de mujeres y hombres que se turnaban los espejos y el retrete, o el suelo y las paredes cuando el espacio estaba muy congestionado.

En la barra yo invariablemente pedía Jack Daniel’s & Seven-Up, una bebida majadera, de viaje vigoroso y resaca inolvidable, que me recomendó la bartender, aunque debo reconocer que la bebida me situaba en un estado entre lo filosofal y lo angélico. Wendy, la hermosa bartender que me recomendó esa peligrosa combinación, debe haberme servido, a lo largo de los años, varios litros de Jack Daniel’s & Seven-Up, mientras yo tamborileaba sobre la barra, digamos, “Psycho Killer”, de los Talking Heads. Tantos tragos me sirvió la hermosa Wendy que me fui aficionando al perfume que usaba; nunca tuvimos contacto físico pero, si sumamos la cantidad de veces que estuvimos muy juntos en esa barra, cuando se acercaba a rellenarme el vaso, la cosa daría para contabilizar un noviazgo breve y casto. Una noche en la que tamborileaba sobre aquella barra mitológica, un poco asqueado de la horrible banda, The Funicular Pumpkin Special, le pregunté a Wendy por su perfume y ella muy risueña me dijo la marca y después añadió: “Eres un cerdo”, ese cliché con el que suelen acabar los noviazgos breves que desde el principio estaban condenados a la castidad.

Al día siguiente, arrastrando por las calles de Manhattan una resaca que tenía el peso y las dimensiones de un piano, me interné en los almacenes Macy’s y compré un frasco del perfume que usaba Wendy.

Regresé al DF dispuesto a trasplantar mi ardiente recuerdo de Wendy en el cuerpo, también ardiente, de la novia que tenía entonces. Le obsequié el frasco de perfume y ella, muy agradecida, se untó un poco en las muñecas y una gota detrás de cada oreja. ¿Quieres beber algo?, me preguntó. Jack Daniel’s & Seven-Up dije, mientras buscaba desesperado en su estantería un disco de los Talking Heads.

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