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Vulgarización. Los restos de usted

Boca
(Nostragamus)

Lo cortés, dice la máxima, no quita lo valiente. Cuenta la anécdota que en un acto de campaña, un hombre se le acercó al entonces presidente francés Jacques Chirac, y lo encaró: “Connard!” (“imbécil”); Chirac, un caballero, le tendió la mano y dijo: “Encantado, yo soy Jacques”. El presidente Nicolas Sarkozy, barriobajero como era, gallito de pelea, en un acto en el que un agricultor se negó a darle la mano (“ah, no —le dijo cuando el presidente francés se la tendió—, tú me la ensucias”). Éste, envalentonado y retador, a diferencia de Chirac, sacó el vulgar que llevaba dentro y respondió: “Lárgate, pobre imbécil”.

El México actual se parece mucho más al tipo respondón del estilo Sarkozy que a la elegancia de Chirac porque, desafortunadamente, el nuestro no solo se ha convertido en un país violento, sino en algo peor: en un país vulgar. No es de extrañar que lo primero vaya acompañado de lo segundo, y viceversa, sin que siquiera esa vulgaridad exacerbada que hoy se transpira en muchas esquinas de diferentes maneras, pueda asociarse ya al folclore tan recurrente en nuestra idiosincrasia, como tantas veces se hizo durante décadas pasadas: “Es que México es folclórico”, se decía para justificar nuestro mal gusto o hasta falta de educación.

Uno de los rasgos más notables del proceso de vulgarización del país —y esto no es ninguna novedad—, es el deterioro hasta el tuétano que han sufrido sus medios de comunicación, la estridencia estrafalaria, el puro ruido para decir sandeces en radio, televisión y prensa escrita (Reforma cabeceó su sección Gente el 29 de noviembre con esta perla: “¿Rica? No, riquísima”, mostrando las nalgas de vaya usted a saber quién que calentó a la redacción, a los editores y hasta al dueño del periódico, por no decir que a los lectores encargados de financiar o alimentar las ocurrencias y el empobrecimiento intelectual de los medios) pero, más todavía, lo evidencian las formas en la que los mexicanos hemos degradado el lenguaje, haciendo que el español comience a parecer un idioma de segunda o de tercera categoría, tristemente empobrecido, como si hubiese perdido prestigio y clase, a grados tales que el Premio Cervantes, el más importante del idioma que debería honrarlo en su faceta literaria, no ha hecho sino bajar su propio listón de exigencia este año en una clara muestra de que ya poca gente es la que sabe leer, leer, lo que se dice saber leer, tener oído para el arte de la literatura, aunque ese sea otro tema; o parezca serlo.

Las formas y las maneras son parte de la expresión de una lengua, de una cultura, de lo que distingue a los pueblos, de unos códigos que, vista su involución, nos está llevando muy rápidamente en México a la desaparición de una de las segundas personas del singular, de linaje noble y delicada, que se distingue y se desmarca del inglés, el idioma universal: usted. Usted.

Y usted se habrá dado cuenta, porque, como a mí, le habrá llamado la atención que, metidos en la piel bufonesca de los tiempos que vivimos, campechanos, callejeros, intoxicados por Facebook, redes sociales y orgía tuitera, habrá notado que cada vez preocupa menos el bien hablar —ya no decir, el bien escribir—, y que por lo mismo, en el mundo del clic fácil, del yugo de la inmediatez, en el que no importa el qué, sino el cuánto, ha llegado para quedarse un impostor, algo nuevo en el México de tradición sumisa y cortesana —por extraño y hasta paradójico que parezca—: el tú, como si aquí siempre hubiésemos dicho you; el vil e irrespetuoso tuteo entre desconocidos, que rebaja toda conversación a una simplona arenga de mercado o pleito de cantina entre miembros de una especie que nunca se había visto ni cruzado palabra.

En el México de hoy, desfasado de aquel territorio amable que se ha utilizado como bandera ante propios y extraños, un chiché caducado, nada más entrar a una tienda, restaurante, peluquería, nada más llamar telefónicamente a un servicio al cliente, hacer una cita, ser interpelados por un encuestador, vendedor o policía, de usted no quedan sino los restos; de usted no queda más que la u enrocada con la t, movimiento con el que se consigue hacer del tú, directo y procaz, un jaque mate a la cortesía, al vasto mundo de la elegancia, del respeto, que ha pasado a ser su contrario: basto, torpe, grosero. Vulgar.

Hasta los políticos nos han terminado tuteando en sus spots televisivos y actos proselitistas, en sus discursos —como si fuésemos de la misma familia y tuviéramos las mismas intenciones—, seguramente asesorados por esa nueva plaga, las consultoras, que les habrán dicho a sus jefes, o clientes, como se le llama ahora a todo; decía, que les habrán dicho: “Acércate a tu gente; háblale como si se tratara de tus hijos, háblales de tú, tutéalos, hazlos sentir al tú por tú: aproxímate, métetelos en los bolsillos”; pero no solo los políticos se han subido al tren de alta velocidad de la aniquilación de las formas y, por tanto, a la desvalorización de ellos mismos, sino los publicistas que tapizan las calles y los medios con su mercadotecnia tutera o twittera, que a estas alturas apenas hay diferencia y el desparpajo es lo que reina: tú, amigote, carnal, compadre; tú, cabrón; tú, cliente.

Envalentonado, el mexicano ha decidió sustraer de su vocabulario el “usted”; en el México moderno, el México controlado por el narco, donde se ha perdido la elegancia hasta para matar, al estilo Sarkozy, a nadie escandaliza que se haya perdido, también, para comunicar.

Juan Manuel Villalobos


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