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Vivió para contarla

Gabriel García Márquez
(Guadalupe Rosas)

Aunque sea casi políticamente incorrecto confesar que de la obra de Gabriel García Márquez uno prefiere cualquier otra novela por encima de Cien años de soledad, asumiré el riesgo y declararé que las 106 páginas de Crónica de una muerte anunciada me gustan mucho más que las 432 de la centena emblemática del realismo mágico, porque en aquella brevedad que rezuma el talento de una prosa exacta y una maestría envidiable para mantener al lector en vilo, descubrí las señas de identidad de lo que es (o debe ser) el genio literario.

Santiago Nasar, Bayardo San Román, los hermanos Vicario (Pedro, Pablo y Ángela, esa villana del acto gratuito) o Margot me entusiasmaron, creo, mucho más que el coronel Aureliano Buendía, José Arcadio, Melquíades, Pilar Ternera, Úrsula o Amaranta, sería por el desenlace umbrío, desesperado, o tal vez por la ironía que hace del lector un cómplice más de ese complot que todos conocen menos la víctima fatal, donde hasta la madre de Santiago, Plácida Linero, coopera para que los carniceros agujeren a su hijo como un cerdo, pobre e ingenua mujer que al atrancar la puerta de la casa, piensa que le cierra el paso a los asesinos porque Santiago ya está ahí, a salvo en la vivienda como en el vientre de ella pero no, el hijo guapo y mejor vestido de Manaure, ese pueblecillo donde las cuestiones del honor (razón que suscita el crimen) suenan a lujo innecesario, queda acorralado entre el portón y los filos de los gemelos sanguinarios.

La prodigiosa exactitud del tiempo narrativo, el olfato para recrear el coro de lamentos en el infiernillo de la Guajira colombiana y la radiografía de la agónica ansiedad de Santiago Nasar en el último instante de su corta vida, quizá provino de la mismísima experiencia de García Márquez, se me ocurre, porque en Vivir para contarla hay una anécdota algo parecida al hecho verdadero de 1951 que reconstruyó en Crónica de una muerte anunciada, Gabriel trasmutado en Santiago, García Márquez con la garganta hecha nudo igual que Nasar: ella se llamaba Nigromanta. Iba a cumplir veinte años. Tenía perfil abisinio y piel de cacao. “Era de cama alegre y orgasmos pedregosos y atribulados, y un instinto para el amor que no parecía de ser humano sino de río revuelto”.

García Márquez estaba en el liceo, Nigromanta era esposa de un ex oficial del orden público con cuerpo de gigante, voz de niño y la fama de matar liberales solo para no perder la puntería pero, no obstante, aquel joven que no era escritor aún, solía pasar las madrugadas en brazos de Amaranta, retozando hasta la locura, y algunas veces se quedó dormido, adolescente irresponsable porque el marido podía llegar de un momento a otro y sí, efectivamente, una noche salió de la recámara minutos antes que el antiguo policía irrumpiera en el licencioso domicilio.

Se encontró con el cornudo en el segundo puente del caño. Éste lo saludó cordialmente y le pidió fuego. Luego de encender su cigarrillo, el gigante dijo: “Llevas un olor a puta que no puedes con él”.

Los asuntos del amor no tienen límites, se rigen bajo sus propias reglas, quizá es por eso que García Márquez se burló de su buena suerte y al siguiente miércoles volvió a quedarse dormido, y el gigante empistolado lo pilló en su deshonrada cama.

Con el cañón del revólver en las narices, García Márquez no solo sudó frío, tal vez percibió con claridad la áspera caricia de una mano huesuda en salva sea la parte. Amaranta trató de interponerse entre el marido y el amante, éste la hizo a un lado con el arma y espetó: “Tú no te metas. Las vainas de cama se arreglan con plomo”. Luego puso la pistola en la mesa, destapó una botella de ron y cornudo y cornamentador se pusieron a beber sin decir una palabra. Afuera, una lluvia torrencial comenzó a despedazar la noche.

Terminaron la botella, destaparon la segunda, y el gigante empuñó el revólver, se lo puso en la sien y jaló el gatillo. Martilló en seco. Entonces se lo dio al adolescente, pronunciando un casi inaudible “Te toca a ti”.

Temblando, sin aliento, García Márquez no se atrevió a activar el arma. La devolvió al temible propietario que, con amarga satisfacción, exclamó: “Qué, ¿te cagaste? Podías haberlo pensado antes de venir”, y para más humillación, sacó la única cápsula que había en el revólver, un cartucho vacío de plomo.

“¿Sabes por qué te vas tan vivo?... Porque tu papá fue el único que pudo curarme una gonorrea de perro viejo con la que nadie había podido en tres años”. Le dio una palmada de hombre en la espalda y lo echó a la calle reblandecida por el aguacero.

La crónica de esa muerte anunciada de Santiago García Márquez o Gabriel Nasar vino después. Todo el pueblo se enteró del penoso affaire; su madre, como una Plácida Linero, llevó a cabo una campaña intensa para alejarlo de Nigromanta: lo sustrajo de la calle, buscaba huellas de haberse quitado la ropa fuera de la casa, olisqueaba sus rincones corporales más inciertos en búsqueda de la fragancia de cacao. Sí. Gabriel García Márquez vivió para contarla y para contar, también, por él mismo o a través de intermediarios, los incidentes cotidianos que se hacen historia en la vida de los grandes, como el puñetazo que le propinó Mario Vargas Llosa en una exhibición de cine privada, porque el peruano se sintió ofendido por ciertas intrigas fraternas que también tuvieron a la vida conyugal como telón de fondo, o quizás aquella tarde en que junto con Carlos Fuentes y el entonces aún amigo Vargas Llosa, estuvieron a punto de sucumbir al hielo en Checoslovaquia cuando fueron a conocer a Milan Kundera (hielo como el que evoca el coronel Buendía frente al pelotón de fusilamiento), y para contar y contar otras historias, siempre poéticas, deliberadamente provocadoras, como el homenaje a Yasunari Kawabata en Memoria de mis putas tristes (homenaje, sí, no plagio de La casa de las bellas dormidas, como alegaron unos, igual que como pasó con Cien años de soledad cuando Miguel Ángel Asturias dijo que García Márquez saqueó a Balzac). Sobre Memoria de mis putas tristes, que no se nos olvide la infamante acusación que le  hicieron en 2004, cuando un puñado de mojigatos que no leyeron una ficción sino que desentrañaron los “mensajes tenebrosos”, la “malévola lujuria” y la “cínica indecencia” del Nobel colombiano, organizaron una cruzada para prohibir la circulación de lo que a sus ojos, solo a los de ellos, era una impúdica invitación a ejercer la pederastia. Por aquellos tiempos, esos melindrosos, cobijados por membretes, amenazaron con demandar penalmente al maestro García Márquez y al gobierno de Puebla, en caso de echar a andar el rodaje de la película basada en la novela, a cargo del director danés Henning Carlsen (Springet, 2005; Oviri, 1986), bajo un guión de Jean‒Claude Carrière (Ulzhan, 2007; Los fantasmas de Goya, 2006).

Aduciendo los mandatos del artículo 8 del Código Penal Federal, que habla de la prevaricación contra la moral pública y las buenas costumbres, esos paladines de la salud mental calificaron como un crimen a la creación literaria, por la presunción de que el relato de García Márquez “provocaba un delito y hacía apología de un vicio”, nada más estúpido, grotesco y cavernario en pleno siglo XXI, este mismo siglo en que ya no pudo vivir para contarla. O quién sabe, porque es un hecho que García Márquez no murió. Simplemente se fue a Macondo.

Iván Ríos Gascón

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