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El Vive Latino de ayer

Ilustración Vive Latino
(Waldo Matus)

Cada vez que leo notas o veo tuitazos que hablan del Festival Vive Latino, siento una envidia retrospectiva de esa multitud que asiste a un concierto masivo en la Ciudad de México, de manera ordenada y civilizada, a ver un espectáculo que llega a término, y que no acaba con la policía repartiendo palos, como sucedía hace unos años. Lo que contaré a continuación no tiene que ver con la nostalgia ni con el resentimiento, más bien busca aportar un punto de vista, una mirada que ponga en perspectiva lo que pasa hoy y lo que sucedía hace, digamos, 35 años, a un joven que deseaba asistir a un concierto del género del Vive Latino, que entonces era ir a ver unos cuantos grupos de rock que cantaban, más o menos, en español.

Habrá sido muy al principio de los años ochenta, quizá un poco antes, cuando en el Toreo de Cuatro Caminos, una plaza de usos múltiples donde a veces se toreaba, se anunció un embrión del Vive Latino, estelarizado por Dangerous Rythm, Kenny and the Electrics y, me parece, Sombrero Verde, que era una banda bastante fresca que después se metamorfoseó en Maná.

Para empezar, el muchacho que quería asistir a un concierto de rock, en aquella época en la que el rock en el DF estaba virtualmente prohibido, tenía que ir a comprar las entradas in situ y esto quería decir plantarse a las seis de la mañana en las taquillas del Toreo y hacer una cola que, en aquella ocasión, le daba la vuelta a la plaza, y casi al reloj, porque entre que no llegaban los boletos, y que cada dos por tres alguien se liaba a golpes en la cola, el asunto se prolongó más allá del medio día. La naturaleza de los golpes era, por supuesto, alcohólica, porque para resistir de buen humor las 10 o 12 horas que requería aquella fila que caracoleaba a la vera del Periférico, era necesario llevar una anforita o botella, o incluso hielera los más festivos y tanta festividad en la cola, al rayo del sol, y con la cruda de las cubas que se habían bebido a las siete y media de la mañana, llegaba invariablemente a las manos.

Como las entradas las conseguía uno sobre las cinco de la tarde, y el concierto empezaba a las siete, no quedaba más remedio que esperar ahí, sin más nutrientes que el azúcar de la Coca-Cola y del ron Potosí, a que abrieran las puertas para disfrutar de nuestro Vive Latino. Las entradas se vendían el mismo día por temor, muy bien fundado, a las falsificaciones: no había Ticketmaster ni venta telefónica ni dios que se apiadara del roquero desgraciado de principios de los ochenta. Ya se imaginarán ustedes en qué condiciones llegaba uno a ocupar su localidad, hecho polvo pero tremendamente ilusionado, o quizá ya presa del delirio, de ver a esas bandas que eran lo único que había entonces.

A ese mismo Toreo había ido una vez el famoso Joe Cocker, y había salido tan borracho y tan drogota que fue incapaz ya no digamos de articular una sílaba, sino de mantenerse en pie; todo lo que hizo fue comparecer, con una mueca ambigua entre la  sonrisa y el eructo, y luego, como producto de un desequilibrante traspié, romperse un diente contra el duro metal del micrófono. Pero volvamos a nuestro Vive Latino de entonces, que en esa ocasión estaba animado y conducido por un locutor de radio, de cierta celebridad, que publicitaba las virtudes de un novedoso escenario giratorio que nos permitiría a los asistentes una visibilidad dinámica y periférica del concierto. Con dos horas de retraso comenzó el espectáculo, me parece que con la actuación de Sombrero Verde que empezó a tocar y simultáneamente a girar sobre el novedoso escenario cuando súbitamente, en el momento en que cruzaban el Ecuador de la primera canción, un gran tronido, que al principio se confundió con un colapso eléctrico del bajo, anunció que el escenario había encallado y provocó que toda la gente que ocupaba el graderío, se apiñara en la zona donde el escenario había quedado de cara. Así, con el escenario giratorio sin girar, llegó el número de Kenny & The Electrics (que años después, cuando cantar o llamarse en español dejó de considerarse una nacada, pasaron a llamarse Kenny y Los Eléctricos), un número de alto voltaje erótico pues Kenny era una isla de progesterona en aquel inmenso mar de testosterona ebria, insolada y desbocada; cada palabra que pronunciaba la cantante era un latigazo de lujuria que se disparaba en todas direcciones y ella, sabedora de su inmenso poder venéreo, se puso a ejecutar un solo de armónica sumamente contoneante que terminó con el gesto de lanzar su instrumento al graderío, su armónica que llevaba sus huellas, su calor corporal, su perfume y su saliva, un objeto cuya posesión era casi casi como poseer a la cantante o, cuando menos, esa lectura se le dio a la armónica que, al caer entre dos butacas, desencadenó una gresca general, una batalla a muerte por aquel objeto altamente erotizado que despertó a las fuerzas del orden, que dormitaban en el lado ciego de la plaza y que se pusieron a dispersar la bronca, y el concierto en general, a mamporros y macanazos.

Jordi Soler


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