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'Vinyl': La industria de la música por dentro

Vinyl
(Especial)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Olmo Robles

Mientras el sector de las series televisivas navega en un obstinado y seguro “más de los mismo”, haciendo que el televidente adicto al cable viva literalmente en el pasado, con propuestas como Game of Thrones o Downton Abbey, o, en el peor de los casos, aterrice con nuestras baratitas series de narcos: La Viuda Negra, la doctora Lecter, o El Señor de los Cielos, llega Vinyl con…

Sexo a mansalva, drogas en cantidades generosas, rocanrol que arranca en los tempranos años 70 y un drama que involucra no solo el nacimiento de la industria de la música, sino el desarrollo turbio del rock y los caminos periféricos que escogen los dueños del negocio —en este caso la naciente American Century Records— para darse la gran vida y controlar un comercio multimillonario mundial que, en su arranque llegó a vender emociones. Eso es Vinyl, no como ahora que el rock y la música grabada en general, se ha vuelto una profesión de contadores y burócratas, muy lejos del calificativo que tenían en ese entonces los audaces: “Disqueros”.

Esta nueva serie que se estrenó el domingo 14 de febrero de este año, es producto de una alianza estratégica demoledora de un cuarteto pocas veces vista en una serie de televisión: Mick Jagger, Martin Scorsese, Rick Cohen y Terence Winter. La cadena que se echó el trompo a la uña es HBO y la empresa productora del asunto es Paramount. Las licencias que se han tomado los productores de la serie en sus diez primeros capítulos que, mientras sale en original, ya circulan en forma pirata bajada directamente de la televisión digital del propio canal de HBO, son varias: El episodio piloto dirigido por Scorsese de casi más de dos horas de duración, puede verse como una película de rock y, en ese sentido, es de lo más esclarecedor en cuanto a los tejes y manejes de lo que era el prototipo de las artimañas de una discográfica de le época que, incluso, por poco llega a ser comprada por PolyGram.

Son los tiempos de presunción y ostentación de poder de Richi Finestra (Bobby Cannavale) quien trata de darle aire a su disquera, American Century, para que no sea devorada por las tran(sa)nacionles del disco (precisamente del vinilio, que muchos dicen que está regresando, cuando lo cierto es que, a pasar de los CD y las descargas digitales de hoy —que para muchos son humo— nunca se ha ido) de toda la vida. El tipo es un empolvado de la coca que le puede gritar “¡Robert!” al cantante de Led Zeppelin, en pleno backstage del Madison Square Garden de Nueva York y luego tratar de engatusar al manager del dirigible para decirle que es inocente de una transa para pagar menos regalías al grupo. El resultado: la pérdida del contrato y el enojo de los alemanes de BMGH.

Aunque también hay menudas sorpresas que nos tiene preparadas Richie, como su encuentro con elRey del rock, Elvis, en plena decadencia, ya insalvable, en Las Vegas. Ese encuentro cercano con su majestad y el poder de convencimiento de Finestra para situar en un lugar privilegiado y de regreso a Elvis, acabará estrellándose en la pared fuera de contexto musical real y de negocios, de un obstinado y cuenta chiles Coronel Parker.

La troupe de ejecutivos de la American Century: Maury Gold (Paul Ben Victor), el dueño de la discográfica en papel, Scott Leavitt (P.J. Byrne), el encargado de los asuntos legales, Julian Silver (Max Casella), responsable del artístico y repertorio del sello, junto con Richi, es quien viaja en jet privado, la que negocia con los jerarcas europeos del disco, la que califica y se burla de los artistas (como Jethro Tull) y la que, a la menor provocación, se atasca de coca y se coge a cualquier cosa que tenga falda en la compañía. Ellos son las verdaderas estrellas del rock.

A su alrededor giran: la esposa de Richie, Devon (Olivia Wilde), que presume alianzas con el mismísimo Andy Warhol, Jamie Vine (Juno Temple) que, de proveedora de drogas y café, pasa a ser asistente de A&R, Zak Yankovich (Ray Romano), asistente y hombre de confianza de Richie, Kip Stevens (James Jagger, –el hijo de Mick que está ahí por los huevos de su padre–), el frontman de la banda Nasty Bits, cuyo exigente manager: Lester Grimes (Ato Essandoh) es un cantante retirado al que le echó a perder su carrera Finestra.

Y en el ajo de la doble e incluso triple vida particular de estos personajes disqueros, entran como bateadores designados de Vinyl: dueños de estaciones radiales, payoleros acreditados, promotores independientes, pandilleros y sicarios de la mafia neoyorkina, choferes confidentes, dealers y, por supuesto, famosos, superestrellas y consagrados del rock –Los NY Dolls, Alice Cooper, Bowie…– en una vorágine de sexo, drogas, rocanrol, chantajes y muertes anunciadas por asesinato, que hacen que la vida de Richi casi valga madres, como su guitarra rectangular de Bo Didley.

Vinyl mete de lleno al espectador al escauteo descarado de mucha de la realeza del rock en los años 70, cuando los ejecutivos del disco se daban su tour de antros para descubrir a las futuras superestrellas, asumiendo las consecuencias (como la caída del vetusto edificio donde tocan Los New York Dolls, o cuando, Richie manda a la lona con certero madrazo a Andy Warhol, cerrándose las puerta a un contrato con los Velvet Underground) Otro mundo, no como ahora, que es un arte que ya se ha perdido.

Con tantos años de mover el abanico en documentales de rock, tributos y reconocimientos, sería injusto pensar que Scorsese no diera muestras de su talento en descubrir certeramente como eran los turbulentos 70’s de un Nueva York del que se extrañan (suponemos que de manera obvia por venir una segunda ya aprobada temporada de Vinyl) lugares emblemáticos como el CBGB, del Bowery, cuna de los Ramones, Blondie, Talking Heads, Television y otros que no aparecen —hasta el momento del episodio diez, que no fueron invitados al pastel del amanecer punk— para darle peso a otros lugares como el Max Kansas City.

Al igual que sucede muchas veces al narrar fabulas de rock, no están varios de los que son parte esencial del soundtrack: Otis Redding, The Edgar Winter Group, Mott The Hoople, Fogath… y sí algunos que, esperemos, cumplan las expectativas musicales de una segunda temporada, como el grupo del hijo de Jagger, The Nasty Bits más otros que, seguramente, se sacarán los guionistas de la manga.

Hablando de éstos, hay que darle el crédito de Vinyl a Terence Winters, creador de series de riguroso culto como Los Sopranos y El Imperio del Contrabando, que ha llevado las historias encadenadas de la primera temporada por la senda del mal en el comportamiento discográfico, dejando un rastro de sangre por aplastamiento de una cabeza que se lo merecía, poniendo en un predicamento al propio Richie Finestra y policías que quieren que dirija otra discográfica, pero desde la cárcel.

No se sabe qué vaya a pasar con la segunda temporada, porque Winters ya no estará escribiendo por diferencias creativas con HBO, en su lugar quedará, con el peso de la historia, Scott Z. Burns, el de El Ultimátum Bourne, junto a Jagger y Scorsese, creadores del proyecto.


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