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"Vestida"

Como algunos saben, En el tono del Tona desaparecerá, e inauguraré El Punto Je. Básicamente, dejaré de narrar aventuras autobiográficas y contaré historias humorísticas desde un punto de vista distinto al autor, quien desaparecerá del relato.

Dentro del acostumbrado Tono del Tona, aún persisten historias, legado y tradiciones que me gustaría compartir con ustedes.

Una noche me travestí y escribí una crónica que debió salir en el suplemento Traspatio, que editábamos Verónica Maza Bustamante y un servidor en 2004. La crónica no se publicó, pero hoy, festiva fecha, es propicia para recordar la experiencia.

El lugar se anunciaba por internet: En un departamento de la Zona Rosa podías rentar ropa de mujer, zapatos, pelucas y accesorios, además de contratar un maquillista y tomarte fotos y unos tragos.

Toqué el timbre y me recibió un hombre de traje elegante, ligeramente parecido a Felipe Calderón, quien dijo llamarse Pepe, la pareja sentimental de Yadira (el travesti dueño del lugar). Cruzamos una sala donde alcancé a ver a dos travestis jugando cartas, una güera y una morena (la morena, por cierto, bastante guapa). Sonaba música lounge, estilo electro-samba. Pepe me dijo que a él también le gustaba vestirse de mujer pero que esa noche se le había antojado andar de hombre.

Llegamos a un cuarto de vestuario con bancas, armarios y espejos, y me dijo que tomara lo que quisiera, luego se marchó. Recordé una sensación que a veces me asalta al pasar frente a la vitrina de una boutique femenina, y al mirar una elegante maniquí; me digo: “Esto sí me lo pondría”.

Como en una venta de saldos, comencé a buscar ropa de mi gusto, cuando irrumpió un hombre de aspecto cómico, boca grande y narizón, tipo Roberto Benigni, totalmente borracho, fumando un puro. Era un espécimen estridente y contradictorio: se había maquillado excesivamente pero no guardaba ninguna compostura femenina: Se tropezaba, se rascaba las axilas y eructaba. Sus pechos eran velludos, pero prefería los vestidos escotados.

Normalmente los travestis susurran y adelgazan la voz, imprimiéndole un timbre y ritmo femeninos. Este tenía una voz aguardentosa. Parecía un actor estrangulando a su personaje.

Dijo llamarse Violeta y que quería probarse unos sombreros; me observó un momento con sus ojos vidriosos y me preguntó si ya había elegido mi outfit; le mostré algo de lo que había juntado.

Violeta resultó ser fashionista y me dio buenos consejos para elegir un vestido negro con zapatos bajos negros y algunos accesorios. Lo único que no hallé fue una peluca de mi agrado. Violeta me dijo que Yadira vendía pelucas y otras chunches fuera del vestuario colectivo, le aclaré que yo no traía mucho dinero pero Violeta, dando tumbos, salió a buscar a Yadira.

Me quité la ropa masculina, desesperanzado por tener que gastar en algo que no pensaba adquirir; así, comprando cositas, empezaría mi vicio travesti, y se me iría todo mi salario en mi insaciable travestismo pervertido y trasnochado.

Comencé a vestirme con las prendas femeninas y fue surgiendo Olga, piamontesa, partisana, mafiosa, neorralista. Pero la peluca…, Olga no podía estar completa sin su testa altiva.

Llegó Yadira, atractiva y madura travesti, rubia, en negligeé y batita sedosa, tipo vedete argentina de los ochenta. Me invitó una copa y de un armario sacó una colección de pelucas. Una castaña oscura, lacia, de peinado redondo en la cara, llamó mi atención de inmediato. Pregunté el precio. 150 pesos. La compré. ¿Medias? Ya no tenían, pero dentro del vestuario colectivo podía hallar unas de red, altamente recomendables, pues “disimulan los pelos”. Me quité los aretes anaranjados de broche, diciendo, “Con esta peluca no se me ven”, Yadria volvió a colocarme los pendientes, argumentando: “No son para que se vean, sino para que los sientas”.

Convertida en Olga, ocupé mi asiento en la sala de maquillaje. Al terminar, parecía una filósofa de la UNAM; no era mi idea, porque Olga es seductora, práctica y desalmada, La Princesa de Maquivelo (politólogo renacentista, amigo y defensor de travestis), pero pasaba: una filósofa de la UNAM imparte cátedras, publica libros y no despierta sospechesosismos de maquiavelismos.

Pasé a la sala, todo mundo me chuleó: Pepe, Yadira, la Morena, la Güera y Violeta: “¡Luces más delgada!”, “¡Impones seguridad en la sobriedad de elementos!”, “¡Tienes que ir así una fiesta!”, etc.

Violeta era un torbellino, entraba y salía del vestidor con diversos cambios, luego se desparramaba en un asiento y nos contaba que su vida era rutinaria y aburrida, hasta que descubrió el fetichismo.

Surgió un individuo treintañero, güerito, bajito, gordito, de rasgos finos y pequeños, vestido como Miss Universo, en vestido largo azul de brillitos, con todo y su banda y su corona y hasta un ramo de flores (luego descubriría que todo era suyo, y que sólo usaba el lugar para cambiarse y desenvolverse como personaje femenino).

Le dije con sinceridad: “Luces increíble”. Me barrió con la mirada y remató fríamente: “Gracias”.

No dijo su nombre, pero su rostro me resultaba bastante familiar. Estaba seguro de que bajo aquella imagen de ensueño respiraba alguien que yo trataba cotidianamente: en el trabajo, en el barrio, en la cantina. Quizás algún día, él mismo me lo revelaría (“¿Te acuerdas de Miss Universo? ¡Era yo!”), por lo pronto, esa persona ya sabía algo de mí, y ya me había visto como Olga.

Tocaron el timbre. Un individuo parecido a Pedro Fernández se asomó, echó un vistazo y se marchó, diciendo que quizá volvería más tarde.

Llegó la hora de las fotos. Violeta me dijo que me faltaban bubies y me regaló las suyas. Metiéndose las manos al pecho, extrajo algo que se convirtió en el regalo más sorprendente e inesperado de mi vida: dos pedazos de hule espuma envueltos en medias.

Posé al pie de una escalera, de forma tan ridícula que las vestidas tuvieron que dirigirme: “No levantes las manos, que nadie te está asaltando”, “Sube un pie en un escalón”, “No hagas cara de ardilla”, etc.

Platicamos y bebimos, nadie hablaba de cosas de travestis (ropa, sexo, fiestas), sino cosas normales, era como una reunión de señoras, pero con señores actuando de señoras. La conversación, fuera el tema que fuera, se interrumpía frecuentemente por comentarios tipo: “¿Saben qué? Nuestra amiga morena es la típica belleza mexicana”, y un derrame de elogios a la persona homenajeada.

Regresó Pedro Fernández y se convirtió en Yuri. Cotorreamos algunas horas más y poco a poco se fueron retirando. Me fui a desvestir y desmaquillar con Yuri, quien me confesó que se hacía pasar por travesti para ligar travestis, y que había hecho conexión con la morena.

Al finalizar la velada, Pedro Fernández me dio un aventón a mi casa, llevándose consigo a la morena.

Las fotos estuvieron un buen tiempo en internet, luego despareció el sitio. La peluca la sigo usando en mis shows rocanroleros con La Capa de Batman.

Feliz Navidad, les deseamos Olga y un servidor.

 Rafael Tonatiuh

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