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Veinte años

EZLN
(Jesús Quintanar)

A veinte años, un mes y seis días del alzamiento zapatista, me puse a recoger de mi memoria, como quien sale a la pradera a juntar un ramo de florecillas, episodios que estaban plantados ahí desde entonces. Episodios zapatistas, quiero decir. A dos décadas de distancia, cada quién tendrá su opinión sobre aquel cisma que transformó para siempre nuestra mirada sobre los indígenas, que en el discurso oficial han sido siempre motivo de orgullo, pero que en el día a día sufren un desprecio, y un maltrato, vergonzosos. Algo cambió en 1994 gracias a la profunda introspección colectiva a la que nos obligaron los zapatistas, nos hicieron ver, no solo a nosotros sino al mundo entero, que había ahí una injusticia que era necesario reparar. Lo que se ha logrado en ese territorio a partir de entonces es opinable, y sobre todo sería materia de otro artículo, no de éste en el que he salido a recoger flores, a la pradera de mi memoria, para formar un ramo.

En 1997, como usted bien recordará, casi cuatro años después del alzamiento, mil 111 zapatistas partieron de Chiapas en una caravana rumbo a la Ciudad de México. Hicieron una colecta para pagar los autobuses que iban a llevarlos a su destino, y el hospedaje lo iban resolviendo sobre la marcha, aprovechando la generosidad de toda la gente que apoyaba su causa y que creía en ellos y que era la gran mayoría del país porque era difícil, e incluso siniestro, no sintonizar con las demandas de esa gente maltratada y oprimida, y también era difícil no sentirse un poco responsable de su situación. Por otra parte, casi cuatro años después del levantamiento, quedaba claro que los zapatistas habían conseguido transformar esa mirada de la que he hablado más arriba. Con ese aura llegaron los zapatistas a la Ciudad de México y a mí, porque trabajaba entonces en una estación de radio, que era fundamental para la promoción del evento, me tocó ser parte de la organización de un concierto masivo de rock, que pretendía generar el dinero suficiente para que los zapatistas, que viajaban exclusivamente con lo puesto, pudieran alquilar los autobuses que necesitaban para regresar a Chiapas, una vez terminada su misión en la ciudad, que consistía en una serie de actos más bien modestos, y sobre todo en dejarle ver al gobierno de entonces, su capacidad de movilización y el apoyo multitudinario que los arropaba. Ya un par de años antes, en otro concierto organizado para ayudarlos a recabar alimentos y medicinas, el subcomandante Marcos nos había enviado un caset con una graciosa pista de voz, grabada por él mismo al estilo de los locutores guapachosos, para que montáramos un promocional en el estudio de la estación de radio, con música y efectos especiales. Aquel caset había llegado desde la selva lacandona, en un Volkswagen que echaba humo por todos lados, y me fue entregado por el piloto, en la esquina oscura en la que me había citado dos días antes. Todo había que hacerlo con esa nocturnidad, eran tiempos muy revueltos, había mucha paranoia y aquel concierto era un acto sospechoso para la Secretaría de Gobernación, que encuadraba a los zapatistas como un grupo guerrillero y punto. Todo lo que tuviera que ver con ellos era sospechoso, y desde luego lo era aquel concierto de 1977, tanto que tuvo que celebrarse en uno de los estadios de la UNAM, bajo el amparo de la autonomía universitaria. Todas las ganancias de aquel concierto fueron a parar, íntegras, a dos bolsas de supermercado; nadie, ni músicos ni técnicos ni organizadores, cobró nada; todo el mundo hizo gala de una conmovedora generosidad, quedaba claro que estábamos en un momento crucial, que el país se estaba transformando, que había una nueva conciencia que nos impulsaba a todos a echar la mano y a arrimar el hombro.

Después del concierto, a la mañana siguiente, fui con la cantante Rita Guerrero, que contaba entre sus fans al subcomandante Marcos, a entregar personalmente las dos bolsas de supermercado, que iban dentro de una mochila. Los mil 111 zapatistas se hospedaban, se apiñaban entre los muros de la unidad habitacional Francisco Villa, bajo la celosa protección de los vecinos que controlaban la única puerta de acceso. Adentro el panorama era sobrecogedor, tuvimos que abrirnos paso entre cientos de soldados zapatistas, precariamente uniformados, bajitos y con pasamontañas, todos observándonos en silencio, con una mirada indescifrable donde lo mismo había recelo que agradecimiento. Finalmente llegamos a la tienda del comandante que estaba al mando, Moisés según recuerdo, le entregamos el dinero y él nos dio la mano y nos dijo un gracias neutro y lacónico. Eso fue todo, salimos de ahí nuevamente observados, en un silencio hermético, por los cientos zapatistas que tenían que moverse para que pudiéramos pasar, estábamos ahí, en medio de aquel mar de pasamontañas oscuros, encarnando esa relación tirante, crucial, que prevalece hasta hoy y define, no siempre para bien, ese país rico y complejo que somos: la convivencia entre el mundo indígena y el mundo, digamos, occidental.

Jordi Soler
@Jsolerescritor

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