QrR

Vacacionar en bicicleta 

Pasear en bicicleta
(Especial)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
El tal Borgues

En vacaciones baja la cantidad de esas armas mortales que son las mujeres en camioneta y los locos oficinistas, ambos con la misión de dejar a sus hijos en la escuela, no importa que se estacionen en tercera fila, se pasen los altos, cierren el paso a quienes pretenden salir de sus propias casas, echen reversazos, atropellen perros o mienten madres a granel para quien ose interponérseles en su ruta. Pase lo que pase, ambas tribus urbanas cumplirán dejando al chamaco a tiempo.

   También en vacaciones bajan las marchas y plantones: ¿de qué sirve cerrar las calles si nadie se molesta? Entonces, la ciudad se vuelve un opinable paraíso para los ciclistas no dominicales: aquellos que solemos cruzar la ciudad o entrar a las vías rápidas pegaditos a la derecha para ir rezando mientras nos lamentamos por no haber calculado bien la laaarga y peraltada subida y sentimos la onda de aire aventada por los camiones cuyos choferes nunca se fijan si hay o no vida humana en ese breve espacio. 

   Tomar las principales avenidas, donde no hay un carril exclusivo para ciclistas, sirve para retomar las misas dominicales o acercarse al rollo new age de su preferencia: obliga a retomar la espiritualidad al comprender la futilidad de la vida y la importancia de los pequeños detalles, como amarrarse el pantalón para no atascarlo con la cadena de la bici a medio eje vial, o ponerse guantes para no resbalar la mano sudada (el miedo, ya se sabe) contra el volante empolvado por las emisiones de esos camiones con motores de carbón y que no entran al nuevo programa “no circula” por razones que ni usted ni yo entenderemos nunca. 

   Usar la ciclopista hace reflexionar sobre la necesidad de difundir el Manual de Carreño o las enseñanzas del Padre Ripalda, pues los peatones invasores llegan a mostrar un hocicobulario que haría palidecer cualquier diálogo de cine de ficheras o la peor borrachera en la pulcata más rascuacha donde, incluso, legisladores y políticos se limitan a mirar con asombro el flujo pelandrujil. Y para quienes miran con respeto a los motociclistas que zigzaguean entre vehículos a alta velocidad, también habría que ver cómo tratan al ciclista medio, pues invaden el carril “exclusivo para ciclistas”, embisten, insultan y hasta empujan al estilo Mad Max con tal de pasar primero: sería menos riesgoso escupirles a los guaruras sindicales que tratar de ganarles el paso a estos hijos del averno. De los automovilistas ni hablamos: deben pensar estar frente a un holograma o un fantasma salido de “Cañitas” pues regularmente pretenden circular A TRAVÉS del ciclista, ciertos de que están ante un producto de su propia imaginación.

   Cuando estacionan los automóviles no son mejores: incluso en las Colonias  con personas “educadas” suelen subir las naves a la banqueta en ángulo tal que ni permiten circular por la calle ni permiten subirse a la acera; y cuidadito con decirles algo a los “educados” ciudadanos porque contestarán con variantes del citado hocicobulario que se han prohibido ya en zonas arrabaleras por el hecho comprobado de que, como ahí nadie tolera dos insultos de esos, invariablemente desencadenan una pelea a machetazos estilo película del Indio Fernández. Pero en las zonas de los bonitos cultos clase medieros altos, ni la Corcholata se atrevería a retarlos a una guerra verbal. El ciclista encontrará cómo eludir los coches de esas bestias que se visten con ropa de marca, pero el usuario de la silla de ruedas tendrá que aprender maniobras circenses para librarla. Y ni se le ocurra recurrir a los agentes de tránsito, pues el circular en bicicleta permite ver de cerca cómo incumplen con TODAS las normas del Reglamento de Tránsito, sobre todo una que dice “tratar con amabilidad y la boca enjuagada de boñiga de perro” a los ciclistas que piden ayuda.


   De las aceras y carriles de circulación hay poco que decir: son trampas hechas con dolo para que incluso el ciclista que sobrevivió al biatlón Tepiteño (los ratas te corretean: tú en la bicla y, luego, a pie) caiga en ellas, sobre todo cuando se encharca la ciudad y no hay modo de ver esos agujeros infernales; algunos tienen palos levantados para empalar gente y trampas para osos, dispuestas a mutilar a los caídos. Ni se le ocurra demandar al gobierno local, verlos reírsele en la cara no ayudará a curar las heridas ni a arreglar la bicicleta dañada. 

   Empero, tiene sus beneficios. Además de limpiarte de pulmones (se vacía el tórax: los escupes como negras flema-piedras con sabor a mofle: si fumas te sabrán un poco mejor) y bajar de peso (los sustos y la pedaleada que agita los intestinos te obligan a ser obrador compulsivo, más si estás en la dieta de la luna o con inyecciones de alcachofa), tendrás la suerte de dar una vista a los peatones maravillosos de este viaje cómico-mágico-musical. Al ritmo de los peseros y taxistas que todavía gustan de usar las bocinas para denotar su presencia a rateros, verás a las mamás que jalonean a los niñitos: los hacen volar sin soltarlos: puede ser malacatonche con rotura de brazo o franco sustituto del castigo que quisieran darle al cónyuge ausente, o que les jalan las patillas hasta levantarlos, mientras les dicen “y me vale que vayas a Derechos Humanos, la que sigue va a estar buena”. Pero lo mejor es ver la moda en esta vacación con rayo de sol. Mirar por todos los ángulos esos groseros cuerpos anillados con declives que harían palidecer a los diseñadores de Jabba el Hutt de StarWars, es un prodigio; sobre todo porque, ante el derecho humano a mostrarse sin pudor, lo mismo da a las féminas liberadas enseñar esas panzas colgantes de chelera crónica con estrías, que bajarse el pantalón o la falda para mostrar la mini tanga con colores sospechosamente afines a la rajita de canela.

   El paseo ciclista también pasa por la industria alimentaria. Los oficinistas salen a la puerta de la empresa y compran las bolsas rojas que SIEMPRE vende la misma familia; ahí viene la sopita, el arroz y el guisado del día. También están las señoras que venden tacos en plena avenida, no importa si al lado hay una construcción de la que salen nubes de concreto o cemento cada que los albañiles sueltan el material en el último piso. Luego por qué se tapan las tuberías del baño comunitario. 

   Nada como la bicicleta en la ciudad.


< Anterior | Siguiente >