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Una fresa salvaje en el Patrick Miller

Pues bueno, cayó la bomba: “vamos a ir al Patrick Miller”.
Pues bueno, cayó la bomba: “vamos a ir al Patrick Miller”. (Fotoarte: Karina Vargas)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR

Pilar Preza

 

Sacamos a nuestra colaboradora más exquisita de su hábitat natural y la enviamos a uno de los antros más chilangos; esto fue lo que sucedió...

 

Llegó la noche del viernes y las chicas solo quieren divertirse (ok, no proyectemos la edad): las niñas organizaron reunión para sacar el estrés y platicar nuestras cosas. Lo primero que una chica piensa cuando va a salir con sus amigas es ¿qué zapatos y accesorios ponerse? (¡todas!). Podría decirse que hay una prerreunión en donde (ahora vía WhatsApp) organizamos el dress code y algunos otros detalles.

Pues bueno, cayó la bomba: “vamos a ir al Patrick Miller”. ¿Whaaat? La única y última vez que fui a ese antro salí corriendo (además me llevaron con engaños), no había mesa (yo no voy a un antro donde no me pueda sentar desde que el antro es antro, y desde que yo puedo ir al mismo) ¡y no hay aire acondicionado! Está bien que soy de Veracruz pero créanme que ese calor no lo aguantamos ni los de Poza Rica, ¡solo venden cerveza! (chicas en verdad quiero salir pero ¿Patrick Miller? ¡tengo cuarenta!).

Entonces una de ellas dijo la frase mágica: “Habrá especial de ochenta y noventa, y vamos a bailar como locas”. Pues sí, tiene un punto: en muy pocos lugares de la Ciudad de México se puede bailar y algo en mi interior dijo ¿por qué no?

Outfit, ¡olvídate del tacón! Ni siquiera creo que sea buena idea llevar flats. Los tenis son la mejor opción, en serio, no te vas a sentar en al menos cuatro horas. Bolsa pequeña que pueda colgarse a un lado, que no estorbe para bailar, jeans, ¡por favor!, ¡jeans! Y una blusa lo suficientemente fresca y holgada (por aquello del calorcito) y ¡claro! efectivo, porque no aceptan tarjeta, ¿es en serio?

Después de tomarnos unos helados que tenían como nombre “La monja borracha” (seguro los conocen, superhipsters y superbuenos), nos dirigimos al Patrick. Lo abren a las 10, así que íbamos en tiempo y forma ¡Llegamos! El antro en cuestión se encuentra en la calle de Mérida entre Puebla y Chapultepec y, bueno, la fila daba la vuelta hasta esta última. ¡Ni en el República le he aguantado dos minutos al tal Chepe para poder entrar! (y no por muy fresa, es que si el tipo no abre su “poderosa” cadenita, me voy a otro lugar, punto, porque de beso no lo voy a saludar nada más para que me abra) Pues sí, la filita de unos 30 minutos por lo menos. La verdad, mis amigas son unas reinas porque pasaron rápido. Al llegar a la entrada, unas amables oficiales de seguridad privada nos revisaron: “con su permiso, señorita”, pues si, el “con su permiso” incluye manoseada y ¿por qué no? karatazo entre las bubbies. Saque usted sus 30 pesitos del cover (pues con razón está hasta el gorro). La táctica es simple: tienes que comprar tus “boletitos” para que te den la cerveza (el asunto es como tipo kermés, muy bizarro). He de decir que el baño estaba muy bien, porque cuando lo vi descansó mi alma (la cervecita no ayuda). Comenzó la música y apareció “Rambo” un personaje que no sé si podré describirles pero haré mi mejor esfuerzo: alto, moreno, chimuelo (pero eso no impedía que luciera una amplia sonrisa), con una playera tank blanca que marcaba unos cigarros sostenidos en el ¿pectoral? Derecho, unos leggins blancos, muy sucios y que también marcaban muchas cosas más que prefiero no especificar. “Rambo” comenzó a bailar ¿adivinen dónde? Si, enfrente de nosotras, así se empezó a formar un círculo, ¡si! El círculo del Patrick Miller, por si no lo saben, es de campeones. ¡No has vivido si no has bailado en el centro! Pues ahí estábamos nosotras bailando junto a un chico apodado el “Moondancer” que la verdad, no le pide nada a Michael Jackson y con otros adolescentes que hacían gala de sus mejores pasos de baile tipo breakdance y hasta chicas (todos muy organizados, dejando paso para que todos participaran). El ambiente comenzó a gustarme, algo totalmente diferente, y es que haciendo memoria ¿en qué lugar se puede bailar de verdad en la Ciudad de México? O sea, no estar ligando y echando el drink mientras mueves tus pies de un lado a otro, ya sé que de esos hay miles. ¡Bailar bailar! Ir a bailar: si ustedes saben una opción me platican porque yo no recuerdo ni uno. Así terminamos la noche, bailando como locas entre Cindy Lauper y Technotronic. Divertidísimas, sudadísimas (buenísimo para liberar toxinas) y felices de sacudir la polilla y otras cargas que traemos colgando en el cuerpo y que no hay “Pump up the jam” al que se resistan ¡check! No solo estuvimos en el círculo, el círculo se abrió con nosotras. ¡Gracias “Rambo”!

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