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Una chela con Nacho Vegas

Nacho tocó “El hombre que casi conoció a Michi Panero”. Una canción que ya no interpreta en vivo.
Nacho tocó “El hombre que casi conoció a Michi Panero”. Una canción que ya no interpreta en vivo. (Especial)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR

Carlos Velázquez


Después de perder un vuelo y que el siguiente se retrasara cuatro horas por fin aterricé en Monterrey. Había extraviado mi maleta y vestía la misma ropa desde hacía tres días. Apestaba a cruda, a sudor, a mal sexo. Tengo problemas con mi manera de beber. Tras blackoutear en el Vive Latino me había prometido tomarme un break con el alcohol. Pero antes de largarme a casa cumpliría mi última asignación: entrevistar a Nacho Vegas.

Arribé temprano al backstage del Escena. Un regimiento de tellas de tinto, cerveza y whisky me hacían guiños. Reconsideraba seriamente mi relación con el trago, así que me amarré un güevo y bocadillo en mano aguardé a que apareciera Nacho. No demoró ni diez minutos. A diferencia de mí, que traía todo el look de poeta maldito, su apariencia era impecable. Ya no era el Nacho que lucía hinchado. Era evidente que se estaba tomando unas vacaciones de la heroína.

Antes de sentarnos me ofreció una cerveza. Enseguida se encendieron los focos rojos y la sirena de alarma comenzó a sonar. El asunto no era una cerveza. El pedo era que en cuanto me diera un primer trago no podría detenerme. Pero cómo decirle que no a Nacho Vegas. Que importa que hubiera blackaouteado. Que hubiera perdido un vuelo por quedarme ahogado. Que tuviera el hígado hinchado. Que otra mujer me hubiera abandonado. Que a esa primera chela le seguirían veinte más. No se departe una cerveza con Nacho Vegas todos los días. Me destapé una birra y nos deseamos salud.

Aquella noche Nacho decidió no conceder entrevistas. Qué lo motivo a recibir a un güey desastrado y chamagoso, es incomprensible. La única conclusión posible es que Nacho, además de ser un poeta maldito, un cantautor superdotado y un yonqui (o ex yonqui), es un tipo generoso. No suelo pedir autógrafos. No casa con la imagen de chico duro. Pero Nacho me inspiró una confianza inusual. Me firmó un disco para la madre de mi hija, que es su fan. Alejado de la pose del rockstar, debajo de su lucidez, ocultas por la caricia de su camisa de vestir, podía adivinar sus venas perforadas. Nunca se ha visto a Nacho en camiseta.

No acudí como un grupi, pero fui sincero cuando le confesé a Nacho que jamás esperé que un disco de él (Resituación) lo conectara más con el público que El manifiesto desastre. Menos con un álbum con cierto contenido de denuncia.

La banda se disponía a salir al escenario. Nacho me obsequió un apretón de manos. Y me invitó a quedarme tras el cortinaje del Escena. Pero siempre he preferido medirle la temperatura a las presentaciones desde el público. Ya valió madre, me dije. No es día para regenerarme. Fui a comprarme una chela con la conciencia de que no sería la única. Armado con un litro me interné entre la raza. A los dos minutos se detuvo junto a mí Andrés Vela (esta será una noche larga, calculé, pero no sabía qué tanto). Había asistido solo. Con un boleto que le había regalado su ex novia. Quien también estaba en el recinto.

Puedo presumir que fue una noche especial. Nacho tocó “El hombre que casi conoció a Michi Panero”. Una canción que ya no interpreta en vivo. Fue desgarradoramente emotivo. El concierto terminó y aunque estuve tentado a volver al backstage, acepté la invitación de Andrés al Beto’s Bar, uno de los lugares más cutres e insalubres del centro de Monterrey. Como me gustan, pues. Chaka pero rocker. Entramos y ahí estaba la ex de Andrés. No nos quedó más opción que unirnos a la mesa. Y durante 45 minutos, mientras todos se deshacían en elogios acerca del concer de Nacho, se respiraba una atmósfera de tensión sexual combinada con encono y resentimiento.

De repente Andrés y su ex estaban besándose. Ah, otro final feliz, aventuré con ingenuidad. Pero a las tres de la mañana los muchachos no pudieron más con la calentura. Era ofensivo que tomara un taxi. Me darían un raite y luego se marcharían a coger. Idiota, ignorando las palabras de Nacho que dicen: “En la práctica las cosas nunca salen como uno querría”, acepté. Me incrusté en el asiento trasero del auto de la ex con una chela en la mano. Había blackaouteado, perdido un vuelo y dormido mal. Pero en unos minutos estaría acostado en una cama. La promesa de reposo me adormiló.

Me despertó un sacudidón del carro. Andrés estaba aferrado al volante y, aunque modorro, supe que no lo soltaría. Se gritaban no sé qué mierda. El pie de la ex se hundía más y más en el acelerador. Nos volamos un rojo. Entonces el peso del brazo de Andrés hizo que el coche girara y entramos por una calle en sentido contrario. Las luces de los coches me hicieron pensar en que no había pagado el internet. Un nuevo giro nos sacó hacia un bulevar. Subimos el paso a desnivel y pensé que volaríamos como en una escena de película de acción. Pinche Nacho Vegas, maldije. Yo ni siquiera iba a tomar. Por fortuna no caímos, pero invadíamos carril tras carril hasta que casi chocamos con un tráiler. Entonces la divina providencia dejó de friendzonearme. No sé que ocurrió, pero el carro se mató. Aproveché para abrir la puerta y bajarme. Me alejé hacia la banqueta mientras oía que alguien estaba tratando de arrancarlo.

No reconocía el rumbo. Me parecía que estaba cerca del aeropuerto. ¿Nos alejamos tanto? No circulaba ni un puto taxi. Resignado comencé a caminar. Dos horas después me topé con el periférico. Y continué mi andanza. Llegué a casa de Óscar David López (donde dormía) cuando estaba amaneciendo. Casi moría por culpa de Nacho Vegas. Me desmayé sobre la cama y dormí 24 horas. No recuero qué soñé, pero sí que amanecí miado.  

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