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Última carcajada de la Joan Rivers

(Waldo Matus)
(Waldo Matus)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Miguel Cane


Joan Rivers sabía que iba a entregar el equipo en una plancha de quirófano. Es más, no solo lo sabía. Me aventuro a decir que de todas las maneras de morir ésta era la que más le atraía. Y si bien su muerte no fue a consecuencia de una de las múltiples cirugías plásticas a las que se sometió —solía decir muy ufana “Me he hecho tanta cirugía plástica que el día que me muera, en vez de donar mi cuerpo a la ciencia, lo donaré a Tupperware”—, el efecto fue el mismo: la señora se fue de este mundo dando la nota, tal como vivió siempre.

Nacida en la clase media de Brooklyn en las postrimerías de la Gran Depresión, y resistiéndose a ser “una buena chica judía, como quería mi mamá, que era el estereotipo de la buena madre judía” Joan Molinsky nunca tuvo pelos en la lengua y triunfó en un medio muy competitivo (y decididamente machista) precisamente por atreverse a decir lo que otros solo pensaban. A mediados de los 60 impactó con su humor ácido, incisivo, donde las comediantes —como Fannie Flagg, Carol Burnett, Phyllis Diller o Erma Bombeck— principalmente habían logrado un nicho mediante la parodia de la domesticidad, la maternidad y otros temas “más adecuados a las mujeres”. Al incorporar a sus rutinas temas que eran escandalosos para la época, tales como la autoestima, el aborto, la insatisfacción sexual y el post-feminismo, arrancó carcajadas por su agudeza y también por su frescura tan singular. Esto la llevó a ser la primera mujer en ser suplente fija de Johnny Carson en su célebre Tonight Show algo que era insólito, pero Carson siempre tuvo fe en que alguien como ella, que no le hacía ascos a la polémica.

Y tampoco es que haya tenido una vida fácil; era fea, pero temeraria, de ahí que se reinventara como le diera la gana —como una mujer engañosamente frívola, aunque jamás frivoloide, con gran ojo para la moda y el estilo y una lengua viperina que dejaba a la mismísima Pati Chapoy como una novicia sonrojada— ante los embates de la adversidad, como cuando en 1987 su marido Edgar Rosenberg, que fuera además el productor de cabecera de todos sus proyectos hasta entonces —y al que admitió haberle puesto los cuernos varias veces—, se suicidó después de dejarla casi en la vil street. La Rivers también sobrevivió a la adolescencia difícil de su volátil hija Melissa —también todo un personaje, respondona y sarcástica como la madre, aunque ligeramente menos abrasiva—, a una lucha contra la bulimia y otros achaques y problemas emocionales, dando a ojos vistas una imagen de “yo sola puedo”. No obstante, y tal como se aprecia en el documental Joan Rivers: A peine of work, la señora era valiente y deslenguada, sí, pero también tenía una plétora de inseguridades y una morbosa obsesión con ser famosa y mantenerse en el candelero. Y es que sí, ni Carmen Salinas ni Lady Gaga ni la Tigresa Irma Serrano (o la de Oriente, for that matter) le llegan a los talones en esto de la autopromoción sin pudor alguno: de este modo lo mismo salía haciendo visiones con Miss Piggy en una película de los Muppets (1984), que insultando alegremente a los incautos que pasaban por sus fauces en las alfombras rojas de las ceremonias más rumbosas de Hollywood.

Pero hay más sustancia y carnita pegada al hueso de lo aparente, en este caso. La Rivers tenía una desmedida necesidad de llamar la atención, pero también el reconocimiento más anhelado era como actriz, no como comediante. De hecho, la intervención en cine de la que se sentía más orgullosa, era un rol pequeño, aunque muy significativo, en El nadador (1968), en el que comparte una escena con nada menos que Burt Lancaster que la muestra brevemente como  una intérprete capaz de reflejar emociones. No era pues, de extrañar, que en ocasiones dijera que ser Joan Rivers era la actuación más consumada de su existencia: era un personaje que tenía que desarrollar todos los días. Así, las muchas facetas de Joan: actriz, dramaturga, productora, comentarista, comediante, superperra, abuela y madre, sirvieron de un modo u otro, para complementar una personalidad exagerada, mas no por ello sin sustancia: a lo largo de 55 años de carrera y 81 de vida, se las ingenió para volver siempre al reflector y para ir —“como el herpes”, decía ella misma— de boca en boca.

Era tal su temor irracional por pasar desapercibida, que no sería de sorprender que un día trascendiera que hasta el último minuto hubiera planeado ser noticia —las instrucciones que dio para sus pompas fúnebres, que son ahora del dominio público son prueba de ello—; el que Melissa diera la noticia de su muerte el 4 de septiembre justo pasado el mediodía hora de Nueva York, dio tiempo perfecto para que la nota pudiera salir en todos los noticieros internacionales y en las ediciones de periódicos alrededor del mundo, justo a tiempo al día siguiente Y además, va y se muere en el cumpleaños de Beyoncé, para aguarle la fiesta, así como que no quiere la cosa. Si eso no es saber cómo manejar las relaciones públicas y prensa de una hasta el último minuto, yo no sé qué es.  


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