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Tyson, el Kraken del cuadrilátero

MIke Tyson
(Apache Pirata)

Spike Lee y Mike Tyson se conocieron cual piedras que rodando se encuentran. El cineasta ya era una leyenda que no solo había explorado y expurgado a la negritud más allá de la victimización autoparódica y exculpatoria políticamente correcta, sino desde la recreación de la jodidez y los tremendismos y la marginación autoinflingida: Haz lo correcto, “Mo´Better Blues”, Clockers son un catálogo de pruebas para explicar que los negros yanquis no pueden seguir echándole la culpa a Kunta Kinte de sus desgracias. A Tyson lo precedían fenómenos naturales con los que arrasaba de manera autoritaria y voraz con el apetito que tienen los desposeídos al triunfar. Spike era el afroamericano intelectual, pero barriobajero que podía desmenuzar con las herramientas de la cinematografía y la música aquella cultura menospreciada, esperpéntica y temida. Mike era el negro pesadillesco como cuervo no de Poe, sino de Robert Crumb, que gracias a sus portentos hercúleos y mañas densas había escapado a la miseria y el olvido.

Ellos fueron reunidos por HBO para producir una de las piezas más conmovedoras posibles, emanadas de un biografía tan atroz como la de un campeón de box que, al igual que Atila, por donde pasaba no crecía la hierba: Mike Tyson, Undisputed Truth si bien es el encueramiento lúdico-cómico-musical del púgil, esto a su vez es un resumen de la obra del director de cine, polémico, provocador y provisto de un encanto superior. 

En el cuadrilátero era parco, sucinto, diríase que prácticamente su estilo estaba al borde del minimalismo del box: unos calzoncillos de un negro azabache desprovistos de los churriguerescos anuncios que hoy dominan, unos botines igualmente oscuros sin las clásicas calcetas blancas que solían llegar hasta las rodillas de los pugilistas, una mirada torva de esas que anuncian “te voy a romper tu madre” y unos guantes categóricos que resguardaban el acero inoxidable del que estaban templados los puños bravos de un ser que sabía lo que eran los rudos procesos de la intimidación.  Eran tales las dimensiones musculosas de su salvaje corporeidad que Mike Tyson solo requería de tres o cuatro chingadazos bien puestos sobre lo desprotegido y frágil de sus oponentes para que éstos se precipitaran sobre la lona con la contundencia de un rascacielos abatido por una furia kamikaze. Y si los contrincantes no tenían tiempo ni oportunidad de defenderse de aquellos empellones terribles, menos los amables aficionados que, cuando apenas reparaban, el espectáculo había terminado sin que el héroe maldito, esa bestia extraída de las cloacas de Brooklyn, se hubiera despeinado.

Una fuerza despiadada de la naturaleza que solo demostraba algún tipo de emoción mientras con saña hacía picadillo a sus rivales, no sin antes someterlos a un eficaz y doloroso proceso de cosificación. Mike no ganaba una pelea, la hacía suya de manera compulsiva como un intempestivo, drástico, desmesurado y lacerante golpe de Estado. No había ni discursos ni alardes; nada de filosofía barata ni poesía púgil, solo un espectáculo de la deconstrucción expedita y a domicilio de un ser humano que pasaba después de la terapia a un estado gelatinoso y núbil. Para qué resolver con talk trash lo que se podía resolver a fuerza de ardientes knock outs.

Esto forjó la leyenda de Tyson, que era el Humungus con guantes, el Kraken de los encordados, el Moby Dick de la esquina menos neutral. Eso y los sórdidos episodios de sus escándalos con las mujeres que lo rodeaban, con los amigotes que lo pervirtieron, con las dolosos estragos de las drogas y el despilfarro, de los severos actos autodestructivos que encabezó y que convirtieron a Mike Tyson en sinónimo de hiperviolencia, excesos y putadas.

Pero lo que se guardaba en el ring lo desató en su retiro. Del introspectivo campeón se manifestó un show man que suponíamos grotesco, grosero, aturdido de sus facultades por las vías de los madrazos recibidos. Lo creíamos infame de tiempo completo, animalesco y bárbaro en sus ratos libres; imágenes que contribuyeron a moldear sus apariciones en la serie de exaltación de la cruda peliculesca ¿Y qué pasó ayer?, no se diga su participación en el roast de Charlie Sheen en Comedy Central, además de su continuo tránsito por antros y cárceles (alguna vez cayó en las garras del mismísimo sheriff Arpaio, aunque fue tratado con más respeto que un migrante mexicano).

Pero después de ver este monólogo bravo y nada morigerado en el que se embarca Tyson con Spike Lee, revaloras al monstruo. A este gran negro que se trepa al escenario como un huracán con traje y sin corbata, que le cuenta al público presente su autobiografía procaz, inicua, inocua, lacerante, mordaz y turbia, y al mismo tiempo sensible, risueña, prosopopéyica y firme.

Él, hecho todo un experimentado maestro de las tablas seguido por las cámaras de Spike y en permanente diálogo con las imágenes de su esforzado y folclórico pasado que se vomitan desde una pantalla a sus espaldas, se convierte en encantador de serpientes. Y la serpiente somos todos los que caemos en el ritmo desquiciante de sus relatos, en sus cánticos y bailes, en la imitación caricaturesca de los personajes que nutrieron su cuerpo de cicatrices. Es un Tyson desconocido, elocuente y modulado, coherente y sabio, pantagruélico y sincero; a diferencia de los gladiadores del box que cuentan su historia a través de la interpretación de los otros, Mike conforma los monólogos de la jombina para relatarnos cosas solo para adultos de amplio criterio, bajo la tutela del gran Spike, su Angelo Dundee, su Cuyo Hernández, su Yoda.

Tyson arma un stand up comedy profundo, que va a la raíz de las infamias, los resquemores, alegrías y portentos que lo marcaron. Y cuando crees que es un show de la autoayuda, Mike se burla de su propia bestialidad, evoca nostálgicamente sus atrocidades orgiásticas, y hasta recuerda cual caníbal la oreja mordida de Evander Holyfield. Se muestra como un dinosaurio que a pesar de sus terapias de choque no ha renunciado a la animalidad que lo compone; por eso sabe que nunca será Muhammad Alias, aunque haya volado como mariposa y haya picado como un panal de abejas africanas. Nunca será reconocido por la ONU ni le rendirán homenajes  por sus sacrificios en nombre de la humanidad. Es un sátiro,quizá el más pecaminoso y atrabiliario del que se tenga memoria, que en vez de exorcizar sus demonios aprendió a convivir con ellos. Por eso puede hablar de su madre sin quebrarse o de su hija muerta sin cursilerías o de cómo fue la mascota de los blancos —con los suyos era rabioso, con sus amos totalmente dócil—, de Robin Givens, su hermosa ex esposa a la que, a pesar de todo, sigue confundiendo con una bruja. Ella lo habrá desvalijado y avergonzado, acusándolo de misógino golpeador de mujeres, orillándolo a toda clase de ignominias públicas, pero a Mike siempre le quedará la dicha inicua de ver que la carrera de la modelo y actriz se fue por un barranco.

Así, recuerda a su manager, que era la viva imagen de Burgess Meredith (en algún tiempo el Pingüino del Batman más pop) en Rocky; piensa en las raterías desquiciantes de Don King; platica las turbulencias familiares con una madre deprimida y un padre ausente; revela los secretos de su éxito basados en su capacidad para los chingadazos (más madrazos da la vida que Buster Douglas, el hombre que lo mandó a la lona), pero también el complejo aparato de traumas, resentimientos y culpas que carga como el ogro nada filantrópico que es.

Si el objetivo de Tyson era demostrar que no es un orco imbécil, condenado al oprobio, la drogadicción y el alcoholismo en Las Vegas, ese Mordor teiboleras, crupieres y Cirque Du Soleil donde reside, lo ha conseguido.

Y por si fuera poco, Tyson rompe el récord de más mother fuckers expresados para un programa de televisión, muy probablemente más que en toda la discografía de Snoop dog y Ice T juntos.

Jairo Calixto Albarrán

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