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'True detective' y la adicción

Emy
(Apache Pirata)

PEPE EL TORO ES INOCENTE
Jairo Calixto Albarrán


Los antihéroes no están fatigados y de ellos es el reino de la tele. Mientras el cine hollywoodense se regodea con personajes que han hecho de la heroicidad un lugar común, en la televisión, contra su propia naturaleza, se construyen seres complejos y bizarros, hijos del tormento y la sordidez, proclives al pecado y las tentaciones, que pueblan historias laberínticas y oscuras de una densidad negra en su humor. Seres desmesurados, pantagruélicos y atroces que describen mejor a la raza humana que las otras criaturas de ficción provistas de fútiles virtudes y espíritu de sacrificio.

Dice Bret Martin en su detallado análisis sobre esta nueva televisión titulado Hombres fuera de serie (un viaje al ojo del huracán de la construcción de programas, estudios y series que componen este momento de gloria, del guionismo a los productores para los adictos a los nuevos géneros que desfallecen frente a sus pantallas devorando y regurgitando capitulo tras capítulo) dice que está nueva fábrica de cuentos “Eran implacables desde el punto de vista narrativo, no tenían clemencia cine los que podrían ser personajes favoritos de la audiencia, y ofrecían pocas catarsis o resoluciones sencillas como las que tradicionalmente había presentado la televisión”. De ahí su encanto, que supera la cruda realidad sin florituras de por medio. Algo que quizá haya comenzado en la setentera Dallas, donde el villano, JR Ewing resultó ser el favorito de las audiencias a pesar de ser el summun de la falta de escrúpulos y la proliferación de la lascivia y la canalla petrolera. Tanto que cuando llegó la hora de su muerte, habida cuenta de los mensajes de la audiencia que exigían que continuara con sus hazañas del terror, los productores lo convirtieron en un objeto de culto.

Claro, los más puristas dirán que el verdadero comienzo fue con dinosaurios como Hill Street Blues, ese exitoso ensayo general para policías y ladrones descompuestos. Que esa fue la génesis de franquicias poderosas del tipo La ley y el orden, Criminal minds o CSI.

Gracias a este meteoro que Brett Martín no quiere llamar Época de oro porque suena cursi y polvoriento pero que al parecer no queda más remedio que acuñar como término descriptivo, la televisión, de la mano de la factoría HBO en calidad de pionera con Los Soprano (El Padrino en versión de Nueva Jersey con matones desquiciados por sus laberintos existenciales), siempre tan menospreciada se transformó en un nuevo templo al que los grandes auditorios acuden en la búsqueda de cada vez más intrincadas, arrebatadoras, y provocadoras historias.

The Killing,  basada en una producción original danesa, es un regocijo de sombría narrativa pasada por incesantes aguaceros, cuyos primeros capítulos fueron dirigidos por la pionera Agnieska Holland (Europa Europa, El jardín secreto); Boardwalk Empire, el inicio de las grandes furtunas mafiosas con el gran contramaestre del cine independiente, Steve Buscemi; House of cards o la vida más allá de El Príncipe de Maquiavelo; Six feet under, el living la vida loca en una funeraria; Juego de tronos, que es la barbarie sesmecatada en un valiente mundo nuevo dominado por el enano Tirion Lannister que sabe más del poder que Tsun tzu; Mad men, versión Vintage del Sex and the city, la Biblia del debe ser en el Nueva York idílico antes de la caída de las Torres gemelas... Una interminable nómina de maravillas que se expande de la televisión abierta, los sistemas de paga y ahora CIA internet con nInter y bravos competidores como Netflix, y cuyo logró más reciente, además de la grandiosa y divertida Orange is the New Black, The Knick (el doctor House decimonónico cuando los médicos se parecían más a lo tablajeros que a otra cosa, bajo el sello del maese del tremendismo, Steven Soderberg), avanza como la división panzer sobre Varsovia.

Y este año, en la entrega de los Emmys se confirmó el fenómeno: triunfo de Breaking Bad en una suerte de retorno después de la muerte, en el homenaje al hombre ordinario que frente a circunstancias extraordinarias tiene que reinventarse como un nuevo prometeo del tráfico de drogas.

 Pero también se reconoció un par de producciones de HBO que no se pueden soslayar: Veep, con Julia Louise Dreyffus, inolvidable en Seinfeld, reconocida como Mejor actriz de Comedia, quien en tonos desenfadados que le deben generar envidia a la mejor Tina Fey de 30 Rock y Saturday Night Live, encarna a una vicepresidenta llena de vicios y fornicios, malhablada, ambiciosa y superficial, una Elaine empoderada como Carrie Urderwood pero en plan faux-pas. Delirante torneo de gags y sketches punzó cortantes que explican por qué la Dreyffus  le ganó en la categoría a esa perra del mal, Sarah Silverman que es un portento de lo políticamente incorrecto. Por algo llegó a la ceremonia con su mariguana para escandalizar.

Pero el gran hallazgo fue True detective, espectáculo de la profunda oscuridad dirigido por el dios de las pequeñas cosas, Cary Fukunaga quien con toda justicia profética ganara premio a la mejor dirección. Una fábula estremecedora que lleva a dos detectives que no pueden ser más ajenos el uno del otro (el ying y el yang en metanfetaminas), a investigar un caso desmesurado, exuberante y perturbador, en un territorio de por sí exótico como es Lousiana, que en su consistencia narrativa y escenográfica  parece un homenaje a Mickey Rourke dirigido por Alan Parker en Angel Heart.

True detective tiene dos extraños compañeros de viaje: Woody Harrelson que ha sido de todo y sin medida (asesino serial, blanco que no sabe saltar, abogangster perro, mata zombies y Larry Flint, que no es poca cosa) y Matthew McConaughey quien pasara de actor de carácter a padrotillo de playa y regresar de las comedias románticas con ímpetus a ganar un Oscar por la brillante Dallas Buyers Club. El primero es el sureño padre de familia, hedonista y vale madre, el segundo es un hombre corrompido por sus tragedias que se refugia en el escepticismo y la lectura nivel gurú.

 El cuento es alucinante (crímenes sin castigo entre el vudú, políticos poderosos, la gringolandia profunda y los rituales de la muerte, el erotismo barriobajero), pero la narrativa es mejor. Contada a través de interrogatorios a los protagonistas  (cada uno por su lado narra los procesos del viejo caso que sacudió a la sociedad y que aparentemente ha vuelto a revivir) es en sí un acto malabar, un derroche de imaginación y de riegos de temporalidad. La delgada línea roja que separa el presente del pasado, afortunadamente, nunca se pierde en medio de tanta sordidez. Y cuando esto sucede es para dar paso a un asombroso hallazgo metafórico.

True detective es la exacerbación de tragedia, de los intríngulis de la perversión y de los arrebatos porque ahí no hay lugar para las escalas técnicas. Pero también de show de la palabra, de la lengua, de la oralidad encuerada. No sólo se recuperan modos, jerga, acentos y tonos, sino también las estructuras culturales. Las palabras, diría Carlos Fuentes, son tratadas como putas, sí, pero con derecho a decidir y a discernir.

True detective es el limbo para control freaks. Por eso, cuando ambos ex compañeros superan todos sus rencores (infidelidad involuntaria, cacicazgo de la sin razón apasionada, obsesiones y compulsiones) más allá de la terapia para resolver los acertijos y zambullirse en la pileta turbia de la verdad, lo que prepondera es algo que parece ya muy demodé que es la sed de justicia. Y el humor, que no lo cura todo pero que es un bálsamo, es el último asidero frente a los restos del naufragio.  


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