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Cuentacuentos

(Eduardo Salgado Nader)
(Eduardo Salgado Nader)

En el Tono de Tona


Rafael Tonatiuh


Desde el primer sábado de julio me inscribí a un taller de Contadores de Historias que imparte mi amiga, la Cuentacuentos de la Tabacalera, Gloria Ávila Dorador, en el Centro Cultural La Musa y el Garabato.

Me inscribí por tres razones: 1. Quiero prepararme para hacer comedia unipersonal frente a un público (no le llamo standup porque como soy medio huevón lo haría sentado). 2. Me interesa conocer cualquier técnica para ejercitar la imaginación, pues como soy medio huevón, me resulta más fácil vivir de la imaginación que trabajar mediante esfuerzos físicos. 3. Siento que la existencia es narrativa, ya que nuestra mente se explica a sí misma su realidad en términos de progresión dramática (desde la memoria de sucesos cotidianos, hasta abstracciones como las operaciones matemáticas), y por lo tanto, contar cuentos me parece una divertida mezcla de yoga, meditación y filosofía en acción.

La vida es como Las Mil y una noches, pues una historia te lleva a otra, igual que un link de internet te lleva a otro link que te lleva a otro link y así de link en link haces un interminable recorrido por el cyberspacio.

Podría decirles que había una vez una cantina en la calle de Motolinía 21, entre 5 de Mayo y Madero, Centro Histórico de la Ciudad de México, pero no se los digo porque todavía la hay, con un excelente servicio, ambiente bohemio y una tarima para los artistas que toquen instrumentos, costumbre más romántica que el karaoke; es más, acabo de estar allí el jueves 17 de julio del 2014, donde por la noche presencié el espectáculo: Historias del Amor y otras mentiras (sesión de cuento erótico), de la Cuentacuentos de la Tabacalera y Luis Leduc.

Llegué acompañado de mi ahijada, la sensacional actriz tabasqueña Maya Mazariegos; bebidas refrescantes de por medio, nos introdujimos en la historia de la dama inglesa que le anunció a su marido que lo iba a asesinar, de la chica perseguida por un probable escritor en una librería, del hombre que mató a su amante con un cigarrillo, del Casanova italiano que se ligó a una desconcertante alemana en un crucero y muchas otras aventuras que pasan, como en las películas francesas, gracias a la magia de los chamanes poseídos por los espíritus del cuento.

Al terminar la función, conversamos con Gloria, quien me contó que durante mucho tiempo vivió y trabajó en la colonia Tabacalera, cerca del Monumento a la Revolución Mexicana, donde en sus inicios estuvo la redacción de Milenio Diario.

Me contó que vivió en un edificio que era de oficinas, pero el administrador, que era su amigo, le permitió hospedarse. Era la única habitante de un inmueble que por las noches se quedaba solitario. Una noche vio por la ventana pasar las siluetas de dos hombres y se asustó. Se deslizó silenciosamente hacia las escaleras, para huir de aquellas figuras amenazantes, pero la descubrieron y le preguntaron: “¿Qué hace usted aquí?”, a lo que ella respondió secamente: “No, ¿qué hacen ustedes aquí? Yo rento un departamento”. Entonces se arrepintió de haberles contestado de forma tan agresiva, al notar su corte de cabello tipo militar. Uno de ellos sonrió irónicamente y dijo: “Venimos a vigilar el edificio. El Príncipe de Holanda está de visita en el Museo de San Carlos” (no puede evitar pensar en un francotirador escabuyéndose por la salida de emergencia, pensando que el edificio estaba lleno de espías y agentes secretos).

Luis Leduc, cuentacuentos y marido de Gloria, es ingeniero agrónomo, como lo fue en vida mi papá, de modo que les pregunté si lo conocieron. Pues sí, fueron amigos del Pocho, y conocieron a sus amigos: Raúl Pichardo (padre putativo de Gloria), Ezequiel Domínguez, el Cuaco Ramos, Teófilo Águilar, el Flaco Escobar, el Pingüino, etc. Recordamos anécdotas de aquella pandilla agropecuaria, como las historias del Bronco, quien una vez se hiciera pasar por Teófilo Águilar para hospedarse en un lujoso hotel y le cargaran la cuenta, odiado por los maridos a cuyas esposas les tiraba el can impunemente (a Gloria le llegó a decir que le presentara “amigas jaladoras”) y a quien una vez encontré tomando clases de yoga en un centro espiritual de Sahaya Michán (el Cuaco Ramos decía que “ya levita y traspasa las paredes”).

Recordé que el Flaco Escobar ya me había hablado de Gloria, y me había dicho que la buscara, para que hiciéramos alguna cosa artística; por su parte, Gloria me recordaba de cuando trabajó en la cafetería Ana Maris, cerca de Milenio, en la Tabacalera, que alguna vez me había servido cafés y que sabía que yo escribía En el Tono de El Tona, pero que nunca se le ocurrió proponerme que trabajáramos juntos en algún proyecto. Ahora es mi instructora de narrativa oral.

Hicieron su aparición el Payaso Pellizquito y Simón, su muñeco de ventrílocuo, a quienes no teníamos el gusto de conocer, pero quienes compartieron nuestra mesa, pues a Mayita y Gloria les causó gracia la pícara manera que tenía Simón de alzar las cejas. Pellizquito nos confió que lo habían contratado para un show en una cantina de la que le habían dado mal el nombre, y buscando la dichosa fiesta se perdió y vino a dar entre nosotros.

Nos despedimos, pues ya iban a cerrar la cantina. Cuando Mayita y yo estábamos a punto de abandonar la Buenos Aires, nos hablaron los dos últimos parroquianos que quedaban, entre las sillas puestas boca abajo, quienes se presentaron como Jesús Escamilla (líder del Movimiento Mexicano de Solidaridad con Cuba) y Laura Cortés (asambleísta).

Jesús se confesó como lector mío, y al ver a Mayita exclamó:”¡Tú debes ser Mayita, la sensacional actriz tabasqueña!”, pues estaba al tanto de mis andanzas, de cuando publicaba el Tono de El Tona en el MILENIO Diario impreso.

Me dijo que le gustaba más El Tono de El Tona que Mundos Para-Lelos, pues la seguía cual miniserie de televisión y recordaba las veces que había perdido mis tarjetas, las presentaciones de mi banda de rock La Capa de Batman y las aventura etílicas con entrañables amigos en común: Carlos Martínez Rentería, Elí Evangelista y Federico Campbell Peña. Le prometí que si encontraba más personas que prefirieran la antigua columna, haría lo posible por resucitarla.

Salimos a las húmedas calles iluminadas por la luna, bifurcándonos en infinitas probables direcciones, como los senderos de Las Mil y dos noches (y hasta tres).

Me despido invitándolos a la siguiente presentación de la Cuentacuentos de la Tabacalera, Gloria Ávila Dorador, narrando cuentos eróticos en el Centro Cultural La Musa y El Garabato, calle Sor Juana Inés de la Cruz 116, entre Sabino y Fresno, atrás del metro San Cosme, colonia Santa María La Ribera, en la hermosa Casa del Agrarista. Cooperación 80 pesos, café incluido.


(Maya Mazariegos)


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