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El Tona que compró su Ferrari

En el tono de tona
(Karina Vargas)

EL TONO DE TONA
Rafael Tonatiuh


¿Se acuerdan que el 23 de junio publiqué "Duro de robar", narrando cómo enfrenté a un ladrón que trató de robarme en plena calle mi primer smartphone, comprado apenas en enero? Bueno, pues lo perdí; o me lo robaron; yo qué sé.

Tras pendejearme, surge la inevitable pregunta: "¿Y dónde lo perdiste?". Miren, si yo supiera dónde lo perdí, les juro por la Virgencita que voy por él hasta donde lo perdí y les llamo para decirles dónde lo perdí (y cuánto los amo). Entiendo que esa pregunta en realidad quiere decir: "¿Dónde fue la última vez que lo viste?", para rastrear mentalmente, detectivescamente, su posible paradero.

El 17 de julio fui hacia Milenio en radiotaxi. Ese martes publiqué en El Tono de Tona "Pupilentes", mi hazaña de haber usado unos lentes de contacto desechables sin quitármelos por mes y medio, terminando mi performance ese mismo martes, volviendo a usar mis lentes de armazón (ahorita estoy en otro performance, del que ya les platicaré, por ahora solo puedo decirles que fue un trayecto muy lindo, una tarde calurosa, y que los amo).

Como cierran Bucareli por el eterno plantón (difícil de amar), Enrico Martínez la hacen de doble sentido, así que me bajé dos cuadras antes de mi destino, en Emilio Dondé, ¿dondé? Donde bailan danzón, en la plaza frente al mercado de artesanías.

Las parejas bailaban lentamente, con elegancia, las notas del Nereidas; un pachuco setentón, que bailaba con una señora, me sonrió diabólicamente. Tuve un mal presentimiento, revisé por última vez el asiento del taxi, no había dejado nada. El taxi partió. Pesimista-paranoico como soy, puse mi portafolio sobre una jardinera y revisé su contenido. No hallé mi teléfono.

Caminé velozmente una cuadra para llegar a Ayuntamiento, cortar por la parte de atrás, subir por elevador y llamarme del teléfono de la redacción a mi propio celular. Lo habían apagado, era imposible, acababa de hablar con Jairo, mientras abría la puerta de mi edificio para abordar el taxi, asegurándole que ya estaba a tres cuadras de Milenio (Jairo estaba comprensiblemente encabronado porque era tardísimo y apenas estaba saliendo), tenía el teléfono a la mano al salir de casa. Solo pude haberlo dejado en el taxi. (¿O dónde? En Dondé, donde vi a ese pachuco grand-guiñolesco, quizás con el poder de desmaterializar objetos con su mefistofélica sonrisa).

Desde la redacción, llamé al Sitio para preguntar si no lo había dejado en el taxi, una amable operadora me hizo esperar, mientras sonaba una adorable versión latina de "Riders On The Storm". Después de un rato una amable operadora (que la amo) me informó que el taxista dijo que ya había revisado hasta debajo de los tapetes y que no había dejado nada. Colgué. Hice memoria. Pensé. Volví a llamar al Sitio para preguntar si el taxista no había subido otro pasajero después de mí; la amable empleada (que la amo) me informó que no, que desde mi servicio el taxista regresó directamente a la base.

Primero me preocupé de que quien hallase mi teléfono le diera mal uso, husmeando en mi directorio, para pedir rescate por mí a mis contactos, parientes, amigos, o a los bomberos (cuyo número ya venía incluido en mi directorio, sin que yo lo solicitara), pero luego me acordé que le había puesto una clave secreta y mi preocupación se desplazó hacia el dinero para comprarme otro teléfono. Ya no podía regresar al año pasado, a los tiempos del Nokia de 300 pesos. Traer un teléfono-computadora-procesador de palabras, con internet y WathsApp, me había facilitado la vida. Tardarían cinco días para que cayera dinero. Cinco días, que coincidieron con mis cinco últimas pastillas de Prozac, realizando el actual performance: narrarles los efectos del antidepresivo para sobrellevar el síndrome de abstinencia del teléfono celular.

El celular es una extensión de mi ser, una prótesis inteligente, un compendio de vicios, en mi caso tres: el Facebook, el YouTube, el WathsApp (quizás cuatro, con las páginas de mujeres en lencería, o con sandalias, o con anteojos, para un reportaje que me pidieron del New York Times). Por eso tomé Prozac, si me quitaban todos mis vicios juntos y de golpe, sencillamente descuartizaría a la primera cosa que me dijera: "Buenos días". A esos que les gusta el futbol imagínense cinco días sin futbol. Ah verdad.

Los primeros efectos del Prozac me pusieron tranquis y meditativo. Repasé con ecuanimidad los hechos y llegué a tres posibles conclusiones: 1. El pachuco desmaterializó el teléfono con su sonrisa sobrenatural. 2. El ladrón que no pudo robarme el 23 de junio me leyó, se encabronó, me estudió y planeó su golpe con la sagacidad del Chapo, robándomelo sin que me diera cuenta ésta vez. 3. Me lo robó el taxista.

Yo creo más en esto último; algunos protestarán: "Pinche clasista, el hecho de que lo hayas olvidado no te da derecho a acusar a un trabajador de ratero, incluso si lo dejaste y el taxista lo tomó, fue porque eres un pendejo, no porque el taxista sea un ladrón". Miren, de verdad he repasado y meditado los hechos: Al cruzar la Doctores, el taxi pasó junto a un mujerón en shorts, tops y tacones altos, contoneándose como los barcos en alta mar, volteé a verla y me giré todo el cuerpo sin dejar de contemplarla. Nos tocó un alto y no le quité la vista mientras cruzó la calle y volvió a pasar junto al taxi, por la otra banqueta. Estaba muy grandota, probablemente era travesti. Todavía le comenté al taxista: "Esa sí te pone tus buenos guamazos". Bueno, pues ahí hubo un punto ciego y, sin ánimo de acusar a nadie por falta de una cámara que aportara pruebas, ahí me lo pudo robar. Hace años yo mismo me robé un disco que pensaba pagar, cuando la cajera se distrajo, volteándose para acomodar una bocina y me seguí derecho a la salida, silbando. No es por maldad, sino por ignorancia; con la experiencia uno aprende a hacer lo correcto. No digo que el taxista se dedique a robar pasajeros, pero la ocasión hace al ladrón y de cualquier modo no hay pedo, no importa, estamos en Prozac, hermanos; perdono al cabrón (y lo amo).

Mi hermano Toño, experto en esas madres telefónicas, me acompañó a comprar mi nuevo celular. Adquirí una chulada que estaba en promoción, la joya más bella de la telefonía celular: un Motorola Ferrari Edition. No te da derecho a subirte a un Ferrari (ni siquiera sobre el cofre), pero, aunque es económico, su funcionamiento está diseñado por los ingenieros del afamado automóvil de carreras, y te regalan una pluma roja y una libreta roja y un pin todo con la escudería Ferrari (los amo), además te lo entregan en una lujosa cajita blanca con rojo, como de una bellísima botella de coñac. Y como cereza del pastel, al aparato le compré un primoroso estuche con manitas de Mickey Mouse en colores blanco, negro y rojo (¡lo amo!).

¿Acaso Tona perdió su teléfono por pendejo? ¡No! ¡Lo perdió porque el destino le tenía deparado algo mejor! ¡Navegar por el mundo en un Ferrari! ¡Por eso amo la vida, amo el amor y los amo a todos! (menos a ese güey de allá).

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