QrR

Los Tigres del Norte rompen fronteras

Los Tigres del Norte
(Especial)

Hace rato cayó la noche y los estragos de la tercera jornada del Festival Vive Latino se advierten en los rostros y en el lento caminar de algunos asistentes. Hoy el cartel ha sido uno de los más consistentes de toda la edición y predominan los ritmos latinos, al menos en el escenario principal.

El Gran Silencio, con su mezcla de vallenato, cumbia, reggae y raggamufinn, eleva la temperatura, pone todo listo para el arribo de Maldita Vecindad y Los Hijos del Quinto Patio, que celebró 30 años de existencia en medio de problemas y sin su baterista original. Fue uno de los puntos climáticos de la jornada.

Calle 13 siguió después y en un momento de su actuación Visitante hace una larga perorata en la que recuerda que, en su primera visita a esta misma sede, fueron recibidos con abucheos, pero que aguantaron a pie firme “como cabrones” y felicita al público porque ahora son más incluyentes y tolerantes.

Sin embargo, hay una atmósfera diferente. Los corrillos son constantes y las pláticas a vuelo de pájaro mencionan una y otra vez la aparición de Los Tigres del Norte, un suceso que ha levantado voces en contra y a favor. Más allá de la pertinencia de su aparición en el cartel, lo cual no se discute dada la trayectoria de los nativos de Sinaloa, lo que está en el papel es una lucha simbólica de espacios y una idea light de la tolerancia.

Finalmente, cuando el grupo sube al escenario, el comienzo es una declaración de principios. Su primer tema, “Jefe de Jefes”, lo deja claro. Ellos están más allá de cualquier polémica. Han tocado por más de cuarenta años y están acostumbrados a cualquier tipo de público. Además, si hacemos memoria, el área rockera les dedicó un disco tributo y MTV les grabó un unplugged.

Una vez iniciada la música hay una transmutación del lugar. La gente saca su verdadero yo, ese ser que ahora aflora sin contenciones. No ha sido necesario ir al Palenque o a La Feria del Caballo, ha sido el Vive Latino el que ha traído a los norteños al Foro Sol y, por tanto, se puede uno explayar sin cortapisas, rememorar el ambiente cantinero y repegarse al cuerpo de la compañera o de la amiga en turno.

Hay en la presentación un dejo de elegancia. Apoyados en un ensamble de cuerdas y una sección de alientos que las más de las veces no se escuchan, Los Tigres del Norte buscan imprimir otro tono a la noche, pero su propio volumen no les ayuda. Luego, llega en su ayuda Andrés Calamaro, amante de la bohemia, quien sube a cantar un par de temas con ellos mientras el lugar parece caerse a pedazos. Y digo parece porque las gradas muestran enormes huecos y los pasillos se llenan de gente que comienza a abandonar el lugar.

Mientras las canciones se suceden, a mi mente llegan las palabras proferidas por Visitante una hora antes. Su idea de la tolerancia, la idea de ésta ha venido a aniquilar la diferencia, la discrepancia. Prácticamente no ha habido grupo en el escenario principal que en las últimas horas no haya hablado de la necesidad de incluir, de hacernos todos uno. ¿En qué momento la diferencia se convirtió en una manifestación repulsiva?, ¿cuándo se dio el giro de tuerca que eliminó la disensión?

“Contrabando y Traición”, “La Puerta Negra”, “La Manzanita” se suceden y las palabras de Hernán Hernández a MILENIO el sábado pasado alcanzan resonancia: “En el Vive Latino seremos los únicos raros musicalmente hablando…” No hay nada raro, es diferente. Tal vez haya que mirar de otra forma su inclusión en un festival como el que nos ocupa. Tal vez esta música se ha convertido en la verdadera contracultura y los corridos de estos cinco logran lo que las huestes rockeras no han conseguido en los últimos años: retratar la vida, contar historias, denunciar, convertirse en portavoz de la mayoría.

Sí, algo de eso hay, pero también está la idea de uniformar, de restringir la diferencia. La segmentación de los mercados se ha diluido con el paso de los años y hoy somos testigos de ello. Y si el gesto fuera resultado del triunfo de la diversidad y del reconocimiento del otro, habría que abrazarlo con fervor; pero la realidad muestra que no es así, porque cada vez que alguien se toma el tiempo de criticar, quienes claman por la tolerancia se tornan en lo opuesto.

Allá arriba, Los Tigres del Norte persisten en su lucha por establecer una armonía entre el ensamble de cuerdas, los metales y sus propios instrumentos. Efectos de disparos de cuerno de chivo se suceden en cada canción y abajo la gente hace a un lado las sutilezas, se entrega a la fiesta. Visto así, es todo un éxito, el colofón idóneo para cerrar una tercera jornada.

Sin embargo, una vez pasada la cruda, habría que reflexionar en cómo se tiende ese cerco para aniquilar la oposición o para desdibujarla aún más. La culpa no es del rock ni tampoco de Los Tigres del Norte, que ahora avanzan a paso firme al cierre de una presentación histórica y marcada por el morbo, sino de unos intereses que se tejen en esferas superiores y buscan alcanzar un estado ideal donde todos, hermanados, pensemos, hablemos y consumemos lo mismo.

David Cortés

< Anterior | Siguiente >