QrR

Temporada de ratas

Temporada de ratas
Temporada de ratas (Fotoarte: Tacho)

¿Y los gatos? Ni sus luces: supuse que estaban tan aterrorizados como yo, y que calculaban que podían ser ellos los devorados.


Ahora que me estoy mudando, vienen a mi mente algunos sucesos que viví en mis departamentos del viejo edificio de la colonia Santa María (de) la Ribera y de los cuales conté en estas páginas que Jairo atinadamente dirige. Recuerdo los triángulos sexuales que hice con mujeres; las farras interminables; la historia de amor que vivieron en mi hábitat la señora de 64 años y el bolero del barrio, de 70: hacían el amor en mis camas y se bebían mis refrescos y cervezas y se comían mi comida; la inundación que provocó que debiera sacar el agua a cubetadas durante todo el día, y que hizo al plomero clausurar un tubo, lo que provocó que el desastre recayera en el departamento de arriba, habitado por un hombre que usaba muletas: esa noche lo oí sacar agua en una cubeta, pero no me atreví a ayudarlo porque estaba cansadísimo y, de hacerlo, delataría mi culpa.

Pienso también en la temporada en que di asilo poético a Salvador Camelo, alias El Ciudadano: casi todas las noches llegaba borracho y feliz, y me contaba sus aventuras del día; y en que una vez, para quedar bien conmigo, se comidió a pagar mi recibo telefónico y se equivocó: pagó el de un vecino. Debí despedirlo cuando regañó a mi novia de fea manera.

Pero sin duda el hecho más perturbador ocurrió con la invasión de ratas. La primera vez que tuve noticia de ellas fue una tarde en que me visitaban mis amigas para darme ánimos por mi lamentable estado de salud: usaba yo muletas a consecuencia de una operación del fémur derecho. Se alarmaron cuando vieron correr una enorme rata negra de la puerta de entrada a la cocina; debí instalar una protección en la parte inferior de la entrada. Con los días los bichos que parecían conejos se multiplicaron, y muy quitadas de la pena se apoderaron de mi estudio. Por las noches, aun con las luces encendidas se paseaban por la sala, y eran no menos de ocho. Me hice de una jaula-trampa y atrapé una tríada, y las ahogué. Mas aprendieron la lección y jamás volvieron a tratar de hacerse del cebo.

Mi inquietud fue in crescendo en las noches, cuando me disponía a dormir escuchaba un auténtico aquelarre: chillidos de alto decibelaje, pleitos feroces entre ellas. Y lo peor, incluso durante el día salían de debajo de los sillones, como si yo no existiera. Antes de que me hicieran la operación de la pierna, tenía a la mitad de la parte superior una protuberancia sanguinolenta y repugnante, y la sangre manchaba mis pantalones. Recuerdo un par de ellos, de pana, que había comprado en Italia: las partes ensangrentadas fueron devoradas por los animalejos, y pedí ayuda a mi amigo Israel, el magnífico cuentista. Cuando llegó me pareció ver al Exorcista; le hablé de mi sospecha de que en una de las cajas del estudio anidaba una rata. Con una sangre fría de escándalo empezó a remover la ropa ahí acumulada, y en efecto una que parecía preñada, enorme y dorada, estaba ahí: cubrimos la caja con una cobija y la arrastramos hasta la calle, pretendimos dejarla libre junto a una alcantarilla, pero el bicho corrió hacia el restaurante de enfrente y se refugió debajo del refrigerador: los comensales salieron disparados, y el numerito hizo que las dueñas me odiaran para siempre. (Siempre respetaron mi cuarto de dormir, no se metían ahí, como si respetaran un acuerdo firmado entre ellas y yo.)

Otra vez, estuve a punto de llamarle la atención a la señora enamorada que hacía el aseo porque se había comido el racimo de uvas que había dejado en la mesa del comedor; me contuve porque caí en cuenta que ella no había ido el día anterior, y de las uvas sólo quedaron las semillas. “Pinches ratas de mierda”, me dije, y pensé en acudir a expertos en plagas (mi casera había sugerido que me hiciera de un gato). Olvidé mi propósito y cierto día vi a una, monstruosa, meterse a la cocina; clausuré la puerta con jergas y acudí con el tortero vecino y le expuse la situación. “Vamos”, dijo, “yo no les tengo miedo a esas chingaderas y hasta las agarro con las manos”. En la cocina removió anaqueles y trastos, y se convenció que el animal no estaba ahí: descubrió que uno de los vidrios de la ventana estaba roto, y dijo: “Por ahí entran y salen”. En la recámara infestada sucedía lo mismo: cristales perforados. El tortero explicó que las ratas son capaces de trepar por los muros (mi hermana Carmen me había dicho algo al respecto: las había visto trepar), y se encargó de llamar a un vidriero para reparar los vidrios rotos. Santo remedio: los monstruos se fueron de mi vida pero me volvieron miedoso: aunque ya no podían entrar a mi departamento creía verlas por todos lados.

Y soñaba a los bichos, los veía furiosos, con los ojos inyectados de sangre y en posición de ataque. Despertaba nervioso y pálido, con la garganta seca y no precisamente por la cruda. Con el paso del tiempo me fui olvidando de las ratas, aunque las veía haciendo fiestas en las banquetas. ¿Y los gatos? Ni sus luces: supuse que estaban tan aterrorizados como yo, y que calculaban que podían ser ellos los devorados.

Un par de semanas antes de la fecha planeada para mi nueva mudanza (viví en dos departamentos por más de 15 años), el ayudante de la casera bajó del cuarto de azotea varias cajas llenas de revistas y periódicos que había yo acumulado absurdamente, y en alguna transportó a un ratón, pequeñito, negro, como de chocolate, pero auténticamente un ratón. No le di importancia, a sabiendas que estaba por largarme de ahí antes de que apareciera una legión. Lo veía correr de debajo de un sillón al de enfrente, cada noche, a las 10. Y hasta le hablaba. Me mudé y por fortuna mi nuevo departamento es cómodo y bien iluminado, no como los anteriores, sombríos y casi tétricos. Cuando terminé, con la nada pequeña ayuda de mis amigos y alumnos José Carlos y Adán de colocar los miles de libros en los estantes, respiré aliviado, al comprobar que el ratón que parecía de chocolate pero era auténticamente un ratón, determinó permanecer en la Santa María.

El edificio donde sucedieron tantas cosas está casi en la esquina que forman las calles Sor Juana Inés de la Cruz y Jaime Torres Bodet; antes viví en Sabino, entre Sor Juana y López Velarde (un par de veces le sugería al regente que se parecía al Piporroque hiciera gestiones para que le cambiaran el nombre a Sabino por el de Sabines, así se formaría la tripleta de poetas: se rió, pero no hizo nada). Muchos años antes habité, en Culhuacán, un edificio situado en la esquina de Laura Méndez de Cuenca (cuentista del siglo XIX) y Rosario Castellanos. Me pregunté si los vecinos sabrían quienes habían sido. Para cerrar, diré que ahora vivo en el oriente, en la esquina  -créanme-  de José Revueltas y Luis Barragán. Los escritores me persiguen. ¿O yo a ellos?

De aquella temporada de ratas el mayor prejuicio fue que mis novias se negaron, categóricas y con razón, a volver a mi departamento, y debí iniciar un largo, ilustrativo mester de hotelería.

IGNACIO TREJO FUENTES


< Anterior | Siguiente >