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Talento de televisión

El perfomance de House Sinatra.
El perfomance de House Sinatra. (Especial)

10 de junio, 20:30 horas. Bajo la lluvia llegan camiones con personas provenientes de la primera sección del Bosque de Chapultepec, en cuyo estacionamiento habían dejado sus coches; otros salen del Metro o cruzan corriendo Paseo de la Reforma para atestiguar la actuación de un artista cuyos boletos habían salido en preventa con tres meses de anticipación. ¿Un ex Beatle? No precisamente, más bien un popular personaje de la televisión, adorado por múltiples fans. Señoras y señores, con ustedes… ¡El Dr. House! (aunque en realidad no es el Dr. House, para efectos perfomanceros sí lo es).

La Wikipedia describe así al perfomance: “Muestra escénica, muchas veces con un importante factor de improvisación, en la que la provocación o el asombro, así como el sentido de la estética, juegan el papel principal”.

En México el perfomance brota en todas partes de manera natural, desde los concheros del Zócalo, pasando por los Doctor Simi bailadores, hasta las funciones de nuestra singular lucha libre. No en balde nuestra patria es una tradicional utopía de creadores surrealistas de todo el mundo.

No dudo que algunos conocedores de jazz hubieran adquirido sus entradas (se les reconocía porque expresaban sonidos de aprobación al escuchar nombres como Bessie Smith), y quizá uno que otro seguidor de la carrera histriónica de Hugh Laurie, pero los más (y su energía se sentía) eran auténticos fanáticos del neurótico, humorístico y sagaz Dr. House. ¿Qué haría con un piano y una banda de jazz? ¿Cómo se desarrollaría la comunicación entre un artista británico y el respetable público mexicano? Misterio, sin embargo, lo que ocurriera esa noche prometía ser un perfomance cómico-mágico-musical.

Se apagan las luces. Una voz advierte que los músicos que veremos “se transforman por las noches en vengadores”. Se escuchan las notas de un conocido sydeco (música tradicional cajún de Luisiana, emparentada con el blues): “Iko Iko”, de The Dixie Cupé. Son siete los integrantes de The Copper Bottom Band; tres mujeres: dos cantantes (Jean McClain, vestida de pantalón negro y blusa roja, y Gaby Moreno, revelación del Latin Grammy, ataviada como en los años veinte, tocando su ukelele) y Elizabeth Lea (trombón); el resto son caballeros de traje, corbata y sombrero: Vincent Henry (saxofón/clarinete), David Piltch (contrabajo), Herman Matthew (batería) y Mark Goldemberg (guitarra/banjo). Hay cortinas y lámparas de pantalla vintage y ambiente como de casa de abuelita. El octavo integrante hace su aparición caminando desde el fondo del escenario, vestido con un conjunto color vino y camisa verde limón, portando un vasito tequilero. El público aúlla. Hugh Laurie toca un gong y ocupa su piano, cubierto con un tapete y adornado con banderitas de varios países. Como mis lentes de contacto son una graduación más baja (pues así aproveché una oferta) no lo distingo bien, ni siquiera por las pantallas gigantes, y por momentos se me figura una mezcla de Ben Stiller, Miguel Ángel Mancera y Lou Reed, diciendo algunas palabras en español; a partir de ese momento el público no deja de gritarle cosas (principalmente mujeres, quienes convierten el concierto en chipandale). Los músicos son excelentes, destacando los sonidos del clarinete y el trombón, que le dan el buqué de añejamiento que requiere el espectáculo. Es increíble un número de doo wop que Laurie canta con sus músicos varones, tocando una guitarra.

Resultan interesantes los guiños a la música mexicana, como aquel solo de contrabajo jugando con “La  Bamba”, y la juguetona versión de “Cielito Lindo” en swing.

Pedro Infante no ha muerto, lo revivió el Dr House en terapia intensiva con injertos de Bing Crosby, Frank Sinatra, Tony Bennett y todos esos crooners que arrancaban gritos y desmayos, quien canta, toca, baila tango y rocanrol. El performance adquiere toques gloriosos: alguien deposita sobre el escenario una playera ñerísima con la leyenda I Love MX, que desconcierta al artista; Laurie reparte vasitos (de whisky) en una charola a sus músicos; Doctor soul se pone la verde y asegura que “México puede ser un gran rival para Inglaterra en el Mundial”; en el segundo reprise, deja de tocar el piano porque el público le está cantando Las mañanitas (dentro de unas horas será su cumpleaños) y no falta un grupo que corea: ¡oé oé oé oé!, sin que venga al caso.

El show de dos horas y pico culmina con un buen sabor de boca, y aunque la gente quiere más, se encienden las luces y todo vuelve a la normalidad: la gente a su televisor y el Dr House al quirófano.

Último dato surealista: los vendedores de souvenirs a la salida ya te vendían el dvd original del concierto que acababas de ver en el Auditorio.

Rafael Tonatiuh

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