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Surf para principiantes

Surf
(Especial)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Marisol Rueda

Las olas se ven enormes, golpean contra las rocas con tanta fuerza que me resulta difícil creer que estoy a punto de adentrarme en el mar. Sostengo mi tabla y, mientras camino hacia él, siento muchas miradas clavadas en mí. Quienes me acompañan ese día saben bien que nunca he surfeado en mi vida, pero siempre hay una primera vez para todo.


La arena que piso está en El Tunco, El Salvador, una de las zonas turísticas más populares de ese país centroamericano. De acuerdo con varios especialistas, estas playas del Pacífico se encuentran entre las 20 mejores a nivel mundial para practicar surf. Aquí, las olas alcanzan alturas superiores a los cuatro metros, algo bastante emocionante para los conocedores pero seriamente preocupante para una mera principiante, como yo.

En lo que reúno valor para arrastrar mi pesada tabla mar adentro, pasan junto a mí un par de niños y levantan los pulgares para darme ánimo. En cuestión de segundos ya están dentro del mar, remando contra la corriente con sus pequeños pero fuertes brazos. Se deslizan tan fácilmente sobre las olas y sus rostros lucen tan felices que por un instante me digo que todo estará bien, que esto no debe ser tan complicado. Minutos más tarde me doy cuenta de mi ingenuidad.

Mi instructor, apodado Chamba, me dice en un tono severo: "Aquí no venís a jugar sobre una tabla, venís a aprender a usarla, a mover tu cuerpo y a usar la corriente del mar para practicar un deporte".

Llevamos más de media hora de práctica sobre la arena. Ya me explicó cada una de las partes que conforman una tabla y me hizo repetir demasiadas veces la posición que debo tener para subirme a ella, pararme y darle una dirección. Yo, como una total inútil, lo he hecho como me lo ha explicado pero no logro su completa aprobación. "Tenés que hacerlo mejor adentro".

Finalmente, me dice que ya es momento de meterme al agua y más resignado que convencido, se adentra conmigo al mar. Durante los primeros intentos nos quedamos cerca de la orilla. Lo primero que me pide es que me suba a la tabla con el cuerpo boca bajo y que espere su señal para dejarme ir sobre una ola. Aún no es momento de levantarme sobre la tabla, sino de sentir la fuerza de las olas llevándome hacia tierra firme y adquirir la sensación de cómo dirigir correctamente el artefacto con mi cuerpo.

Disfruto mucho del primer intento pero el tercero se complica cuando me doy cuenta de que voy directo a estamparme contra una familia de bañistas. No veo la manera de cómo cambiar la dirección de mi trayectoria o detenerme, así que sopeso la idea de dejarme caer de la tabla pero mi cerebro se arrepiente inmediatamente al percibir que ella sola puede continuar su recorrido y lastimar a alguien. No sé cómo sucede pero en cuestión de segundos, todo lo que momentos antes aprendí sobre la arena logra hacer que mi cuerpo de un ligero giro para cambiar de rumbo. Creo que es entonces cuando me siento lista para lo que sigue.

"Vamos, adelante", me grita Chamba. "Cuando era cipote —la manera de llamar a los niños en El Salvador— no había instructores, todos aprendimos con tablas que dejaban los turistas".

Mientras esperamos la ola ideal, me habla de la federación salvadoreña de surf y de los varios campeones que ostenta El Salvador en las competencias internacionales. Entonces, me pide que me prepare porque esta vez ya tendré que pararme sobre la tabla. Volteo a ver la ola que viene y considero imposible que vaya a funcionar lo que aprendí frente a esa enorme montaña de agua que se dirige hacia mí. No hay cómo reaccionar, Chamba me empuja sin avisarme para que yo tome más velocidad. La ola comienza a llevarme rápidamente hacia la orilla, intento pararme pero no consigo hacerlo a tiempo y termino de rodillas en la arena, toda raspada.

Lo intento un par de veces más pero acabo con el mismo resultado hasta que, contra todo pronóstico mío, consigo pararme sobre la tabla y logro cierto sentido de dirección y equilibrio. ¡Estoy enganchada! Todo parece increíble y la efímera experiencia es tan buena que en ese momento deseo que la ola se prolongue por horas para no bajarme de ella. Cuando me caigo de la tabla sufro con la idea de que hay que hacer tanto trabajo y esfuerzo para disfrutar apenas de unos instantes sobre las olas.

Seguramente nunca podré ser una verdadera surfista pero la impresionante sensación que provoca montarse sobre las olas y seguir su curso, pese al cansancio, me incentivan a intentar la experiencia una y otra vez. El surf se ha vuelto una adicción.

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