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Sueña Alan, Sueña

Alan Vega
(Blumpi)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Wenceslao Bruclaga

Fue Henry Rollins quien dio la noticia desde su página web: a sus 78 años, Alan Vega, la otra mitad de Suicide, falleció, mientras dormía. Emulando quizás uno de sus tracks más conocidos: “Dream Baby Dream”.

La Gran Manzana estuvo podrida, y fue genial

Si, todos nos remojamos los labios con Girl in a band, la biografía de Kim Gordon, bajista de Sonic Youth y probablemente la princesa mejor vestida del rock alternativo, donde recuerda los años más percudidos de Nueva York que al mismo tiempo fue la era dorada para la expresión contracultural cuya influencia sigue bufando hasta nuestros días. Pero mucho antes, otra biografía ya hablaba de un Nueva York alejado de las atracciones turísticas, contando historias de creación y experimentación musical en medio de rascacielos yuppies, coladeras humeantes y orines y ratas: Dream Baby Dream. Suicide: a New York Story la biografía escrita por Kris Needs.

Hubo un tiempo que Nueva York no era bastión de edificios rescatados por emprendedores jóvenes y mercachifles capaces de embaucar a cualquier millennial con chocolates orgánicos de a 15 dólares la tablita haciéndoles creer a las guías de la ciudad que su negocio es justo, donde conviven santos en bicicletas  indigentes con laptops Mac y fashionistas cuyo olfato para la moda se basa en copiar los modelitos de Gossip Girl a precio de H&M y Uniqlo que luego presumen en cualquier en videoblog de haul.

En 1977 Nueva York fue el infierno con más montañas de basura en las esquinas que muros intervenidos por artistas, atestado de asaltantes y putas y pandillas de negros y latinos que reclamaban barrios como suyos y lo defendían a madrazos, asesinos seriales de homosexuales y homosexuales que tenían sexo en parques con una lujuria desquiciada porque ni sus luces del sida. A la vuelta de las deslumbrantes marquesinas de Broadway apestaba a decadencia e inconformidad. Y uno de los soundtracks que mejor capturaron el tufo de esos contrastes fue el dúo Suicide de Alan Vega, con su voz débil a los sonsonetes del rockabilly (en la discografía de Suicide abundan las baladas cursis) que parecían evocar los años de consumismo dorado del sueño americano, pero que al yuxtaponerse sobre los teclados de Martin Rev, minimalistas, bailables, oscuros, tétricos, siempre en tensión como un asesino persiguiendo a su víctima a punto de rajarle la garganta con una navaja, parecían enfrentar las dos caras de la Gran Manzana en piezas musicales que podían durar dos o hasta quince minutos.

Un teclado bastará para violentarme

Rev y Vega dejaron claro una cosa: no se necesitaban de instrumentos para crear caos con música desafiante. Los conciertos de Suicide eran un auténtico suicidio sonoro y a veces la gente no lo entendía y por eso sus conciertos solían terminar en un muégano de violencia. Un microcosmos de frustración callejera de lo que era Nueva York en el 77.

En su libro, Needs cuenta que las presentaciones de Suicide eran desmadres revoltosos, incendiados por la actitud sobreactuada hasta lo camp de Vega, un pinche amarranavajas del discurso escénico que confrontaba al público de un modo tan violento, que sentó las bases de lo que debía ser un toquín de punk vandálico

Suicide fue una de las bandas más provocadoras de ese movimiento conocido como la No Wave neoyorquina (cuyo nombre era una evidente burla hecha ruido al movimiento new wave que ya hacía de las suyas), al que pertenecieron Television, Richard Hell con sus Voidoids, Patti Smith, Lydia Lunch con sus Teenage Jesus and the Jerks y unos primeros y anarquistas y dañados Sonic Youth; encabezados todos por el visionario del sonido atonal, gurú de la No Wave, Glenn Branca, líder de Theoretical Girls. El sonido, a diferencia de sus disparejos contemporáneos, no tenía empacho en coquetear con algunas secuencias aparentemente accesibles, como las secuencias bailables o estribillos románticos. Aunque el talento de Vega radicaba en envolver esos lapsos de pop en un ambiente como de hipnótica pesadilla.

Empezaron como cualquier banda con guitarra, bajo y batería. Pero no todos entendieron la inquietud artística de Vega, propenso a la esquizofrenia gutural que era una de las cosas que ponía al público con los nervios hasta el último piso de cualquier rascacielos. Como la mayoría de los integrantes de la No Wave, se veía más como creador y no tanto buscaba encarnar al rockstar. En los testimonios del libro de Kris Needs, Vega hace un recurrente hincapié a dejar claro que era escultor. Y músico. Los integrantes no comprendieron la inquietud y terminaron dejando a Vega y Rev solos. Pero bastó un órgano Farfisa para que Suicide (nombre que Vega toma de la novela gráfica Satan Suicide de la que era fan) tomara forma la que Vega ansiaba. Dejando claro que un sintetizador era suficiente para revolcar el paradigma del rock. Las composiciones de Suicide no solo fueron pioneras en los terrenos del punk, el uso del drum machine a ritmos bailables los convirtió también prototipos de lo que sería la electrónica bailable, sobre todo en lo que luego se convertiría en industrial dance.

Con el tiempo Suicide dosificó la tensión de música, pero nunca renunció al minimalismo caótico. La violencia dinámica de su legado ha sido una influencia determinante en decenas y decenas de músicos, sin Suicide no puede entenderse una buena rebanada del rock alternativo con todas sus variantes: punk, hardcore, post punk, industrial, shoegaze, big beat, synth pop, gótico y un largo etcétera. El mismo Rollins reconoce que su ideología propensa a llevar la contraria está influencia por la actitud de Suicide y Alan Vega que ya ha emprendido el sueño.

Después de todo, los genios trastornados son humanos y una inevitable cita con la muerte esperándolos en cualquier vuelta de esquina. Pero la secuencia de muertes de este 2016 parece una coincidencia inhumana. A la parca le dio por armarse un pinche brunch no solo con grandes del rock, también se llevó a músicos que estallaron los acordes básicos del rock and roll para mutarlos en otros géneros derivados que fueron seminales para que hoy, el rock sea una música prácticamente sin reglas, a las que se les puede hacer cuanta cirugía sea necesaria según el atrevimiento creativo.

2016: el año del lúgubre corte de caja en la historia del rock. Y apenas vamos a la mitad. Bowie, Prince. Ahora Alan Vega.

Twitter @wencesbay


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