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¡'Spoiler alert'!

Angel exterminador
(Mored)

PEPE EL TORO ES INOCENTE
Jairo Calixto Albarrán

En esta columna se van a revelar detalles de series televisivas que le pueden generar problemas cardiacos al lector desprevenido; sobre advertencia no hay engaño. Quien decida leer, deje aquí toda esperanza.


Con su aplomo de MILF empoderada de verdad, Claire Underwood mira con el desafiante desdén de quien se sabe intelectual, emocional y moralmente superior a su esposo, el presidente de Estados Unidos, quien le apresuraba de mala gana para acudir a un mitin de su campaña. Luego de escanearlo con no poco asco y sin misericordia con lo azul, azul, de su  gélida mirada, aquella mujer cuajada de rencores y decepciones (“Nunca pensé que un día nos pasaría esto —le comentó al que por muchos años había sido, más que su compañero, su cómplice—, que nos volveríamos tan comunes”) le espeta con palabras que hacen crujir las estructuras de la Sala Oval, un “No voy a ir contigo, te dejo”. Y mientras se alejaba taconeando a paso voraz pero insinuante sobre el árido mármol de la Casa Blanca, los adictos a House of Cards sabíamos que la espera para la continuación de la saga sería larga pero pesadillesca.

¿Francis se levantaría cual Leviatán autoritario y machista para poner en orden a su esposa? ¿Ella encontraría otro camino para sus nada ingenuas ni humildes aspiraciones políticas? ¿Es tabú el sexo?

Ahí sí, las únicas que pueden competir con la señora Underwood que interpreta Robin Right, que no quiere ser la señora Robinson en este mercado televisivo de mujeres bravas es, sin duda, Gillian Anderson, la inolvidable agente Scully, en una serie delirante de factura inglesa: The Fall. Ella es una especialista en asesinos seriales que se enfrenta a un matón muy hipsterioso encarnado por Jamie Dorman (todo indica que cuando lo eligieron para ser el rey del bondage en Las 50 sombras de Gray, no fue tanto porque fuera galán ,sino porque en su rol de criminal ya había demostrado que sabía hacer nudos, atados y actos muy fetichistas y que no requería de adiestramiento en la materia del sadomasoquismo), sexy como una de esas castigadoras rubias de la Gestapo. Dura, flamígera, estentórea, una femme fatale enfundada en traje sastre, atraída como Clarice por la naturaleza apocalíptica de su Hannibal Lecter.

En los viejos tiempos el consumidor televisivo no tenía estas preocupaciones porque las transmisiones de las series en México eran tan erráticas y caóticas, desmadejadas y sin cepillar, que muchos nos quedamos sin conocer, por ejemplo, el destino incierto de Misión Imposible, Falcon Crest o Ultraman, no se diga La Señorita Cometa y centenas de programas que morían en los delirios burocráticos de quienes se encargaban de administrarlos como si fueran caporales en una tienda de raya.

Afortunadamente, como miembro de esta raza sin memoria ni corrector de estilo he podido adaptarme a la sobredosis incluso de manera retroactiva: Atestigüé el nacimiento del doctor Frasier Crane en Cheers y luego pude presenciar cómo en su propia serie, Frasier, pasaba de ser un simple spin-off a convertirse en un clásico de la comedia más inteligente y fina; he terminado por entender que en The Walking Dead los verdaderos villanos no son los zombies, sino los humanos que son la quintaesencia de la maldad y la ojetez;  supe que en Downton Abby se nos diera una cierta nostalgia por un pasado casposo y victoriano, aunque hayamos vivido en quinto patio; y que en Mad men se nos reconstruye sin remordimientos ni complejos aquella época idílica en la que no reinaba el pensamiento políticamente correcto ni esa cursilería pusmoderna del elogio enfermizo de la salud, donde los fumadores no eran vistos como bestias putrefactas y el sexo era descaradamente real y no virtual.

Hoy, con el advenimiento de un momento dorado de las series de televisión que supera cualquier alucine de McLuhan, Fukuyama y Cioran,  experimentamos otros excesos: la proliferación de un fantástico menú televisivo que se reparte en un universo insospechado de medios y plataformas, capaces de proveerte cualquier material en la hora precisa, en el momento necesario, al instante de las urgencias: vivir a través de los personajes la exploración de los infiernos white trash de Thrue detective; perpetuar tus antojos disléxicos de la juventud eterna a lo Daria en Girls; shockearte con los paralelepípedos banquetes adictivos de cirugía y drogas con Clive Owens en The Knick. Bonito cómo al bien doctor lo liberan de la cocaína con opio, en ese valiente mundo nuevo del Nueva York de principios del siglo XX.

Bueno, hasta cierto punto, porque en la lógica estructural de las temporadas por más que el consumidor esté dispuesto a caer hasta en las garras de la piratería con tal de seguir las historias de sus personajes a los que, en ciertos niveles, ya casi forman parte no solo de tu educación sentimental, sino parte de la familia, siempre quedarán espacios de espera entre una temporada y otra en la que hay que experimentar el nada tierno repertorio sintomatológico del síndrome de abstinencia.

O el síndrome de hartazgo ante aquellas producciones que de tanto embeberme en ellas, terminas por repudiarlas. Me pasó con Breaking bad, Los Soprano y Los Simpson, que nada más de oír hablar de ellas o toparme con una repetición, me dan náuseas.

Por eso uno, cual enano bajo la montaña, tiende a administrar sus series favoritas con la avaricia de un especulador de Wall Street. Lamentablemente es muy difícil resistir las tentaciones cuando tienes en Netflix todos los capítulos de Orange is the new black y estás obligados a echártelos de un solo trago con la avidez de un náufrago con una hielera de Chaparritas el naranjo. Has acompañado a las protagonistas en sus honduras más peliaguadas, sensibles y salvajes que te sientes condenado a estar con ellas hasta el momento en que aquella cárcel termina por convertirse en una sucursal de antro teibolero.

Y lo peor, que dadas las circunstancias cuesta trabajo compartir esas profundidades (el retorno sin gloria de Piper y Val luego de traiciones y pornocultivos, el imperio derrotado de una bestia enchida de rencor) sin revelar secretos que pueden alterarle la existencia a quienes por razones ajenas a su voluntad no han podido abismarse del todo en esas epopeyas.

Y hasta te quieren linchar si se te escapa algún spoiler sin previo aviso en el Twitter. Me pasó con la grandiosa por absurda muerte de los dos reyes en Game of Thrones, ambos crímenes relacionados con el tremendo chaparrito hiper rencoroso de Tyrone Lanister. Tristemente era difícil no contar de esos asesinatos, uno por envenenamiento y el otro con ballesta, que resolvían encrucijadas monstruosas en aquellos reinos que se parecen tanto al PRI que no pueden engañarnos. Y por supuesto fui linchado por ello, pero valió la pena.

Como quisieron linchar a Stephen King cuando anunció que iba a escribir la nueva temporada de Walking Dead donde morirían algunos personajes principales. La conmoción duró hasta que el autor de El resplandor reveló que se trataba de una broma del April’s fool day.

Demasiado que ver y tan poco tiempo. Es como es Gar en The Black list.  

 

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