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Dos Spider-Man y media docena de Winnie Poohs

Spider-Man y Winnie Pooh
(Guadalupe Rosas)

EL PEZ SOLUBLE
Jordi Soler

En Times Square, esa encrucijada donde confluyen todos los turistas de Manhattan, se expande, desde hace 15 años, una curiosa rama del mercado laboral. Varias decenas de inmigrantes latinos, casi todos mexicanos, se disfrazan de personajes de cómic y deambulan, de sol a sol, en busca de las monedas que les quiera dar algún turista. Este colectivo de personajes, donde hay desde Bob Esponjas hasta Monstruos Comegalletas, empieza a inquietar a la alcaldía de Nueva York, pues hace unas semanas dos turistas, un japonés y un ruso, fueron asaltados por un individuo disfrazado del Hombre Araña. Por otra parte, se han dado cuenta de que ese deambular de los personajes por Times Square deja un dinero que no reporta beneficios a Hacienda y, para completar el panorama, ha habido, en los últimos tiempos, una serie de denuncias que han hecho algunos turistas a los que los gracejos de, por ejemplo, Pluto, no les hicieron ninguna gracia.

Esta historia fue publicada el domingo en la primera página del diario The New York Times con este título irresistible: “Spider-Man unmasked, Elmo and Minnie, too” (“El Hombre Araña desenmascarado, y también Elmo y Mimí”). Que esta historia haya sido publicada en la primera plana del domingo, de este importante diario, habla de lo mucho que empieza a preocupar el quehacer de estos personajes que se ganan la vida al márgen de la ley. Según las declaraciones de algunos de ellos, una jornada de trabajo floja les deja 80 dólares y una buena hasta 200. En esta temporada veraniega en la que los turistas llenan todos los rincones de Times Square, es probable que Woody, el vaquero de Toy Story saque, con un dia de descanso, mil 200 dólares a la semana. Este dinero, según las declaraciones de estos trabajadores callejeros, es más del que ganarían en cualquiera de los trabajos que suelen hacer los inmigrantes latinoamericanos en Nueva York. Gana más un Batman que un ayudante de cocina o que un repartidor de leche. Este negocio lo han acaparado los latinoamericanos porque resulta que los disfraces, cuya hechura es muy sofisticada, se fabrican en Perú y se venden en Estados Unidos a un precio que ronda los mil dólares pero que, por obra de esa conmovedora solidaridad latina, un mexicano puede conseguir por 400. Pero eso es solo el principio pues, una vez que se tiene el disfraz peruano de, digamos, Tribilín, hay que plantarse en Times Square y desempeñar una actuación convincente que motive al turista. ¿Qué puede hacer un Tribilín para resultar convincente? Desde luego no basta el pasearse por ahí ni el extender la mano como un mendigo; es necesario encarnar al personaje de acuerdo con los requerimientos del disfraz.

La media docena de personajes pioneros que trabajaban en Times Square, a principios de este milenio, para estas fechas se han multiplicado de manera exponencial y ya empiezan a estorbarse unos a otros, lo cual genera una suerte de psicosis laboral, de desesperación por sacarle el dinero al turista, que no ayuda a la imagen del colectivo. De las denuncias que últimamente ponen los turistas, la que más abunda es la del que se ha sentido acosado por un Elmo, por un Enrique o un Beto, por una encimosa Rana René que, con tal de ganarse el dinero que un turista iba a darle al Capitán América, se puso a brincar, con el potente resorte de sus ancas, de una mesa a otra.

Dentro de este colectivo casi exclusivamente latinoamericano, hay un Hombre Araña marroquí que responde al nombre, probablemente artístico, de El Houssine y que vive, como todos los integrantes de este colorido colectivo, en New Jersey, en una población de nombre Paissac. Miguel Lezama, un mexicano de 27 años, cuyo disfraz no se revela en el artículo, dice al periodista, señalando una vivienda que está enfrente de la suya: “Ahí viven un Monstruo Comegalletas y una Mimí, y enfrente de ellos un Winnie Pooh, y yo mismo vivo con otro Monstruo Comegalletas”. Pongamos una jornada laboral de Winnie Pooh, que comienza al amanecer, después del primer café de la mañana, cuando el mismo Miguel sale, vestido de civil, cargando su disfraz, hecho de grueso y pesado terciopelo color mostaza, con una cabeza que, aunque es de un osito de cuento, pesa kilo y medio. Miguel camina hasta la parada del autobús y, durante el trayecto, va saludando a Elmo, a Woody, al Hombre Araña que, igual que él, van cargando, rumbo al autobús, su pesado disfraz de terciopelo. El trayecto hasta Manhattan debe ser un espectáculo, hombres y mujeres silenciosos, circunspectos, pensando cada uno en sus cosas, en el performance que, llegando a Manhattan, tendrán que ejecutar. ¿Qué voy a hacer yo, Bob Esponja, para distinguirme de los seis o siete Bob Esponjas que me esperan en Times Square? ¿Por qué van a darme dinero a mí, en lugar de a ellos? Debe haber, incluso, autobuses que salen de Passaic llenos de Elmos o  de conejos Bugs.

Pero volvamos a Miguel, que se baja del autobús en una parada cerca de Times Square y camina hasta su sitio de trabajo cargando el pesado uniforme. Una vez ahí, se disfraza del osito Pooh, en el baño de un McDonald’s o de una farmacia o detrás de los arbustos. Ya que se ha metamorfoseado en su personaje, Miguel comienza su jornada, deambula entre los turistas, les hace ver que tiene ganas de comer miel y, para reforzar la dinámica del famoso osito, amenaza con meterse en un sitio estrecho donde pueda quedarse atrapado con el fin de reproducir la parte álgida del cuento en el hueco de ese árbol que no existe en esa plaza. Todo es metafórico para el osito Pooh, excepto la vida real de Miguel que lo sustenta, porque él está ahí, a 40 grados de temperatura, con un disfraz de grueso terciopelo color mostaza, sudando como un condenado, tratando de distinguirse de la media docena de Winnie Poohs que sudan y batallan y hacen lo mismo que él.

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