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Sonría, usted está en la Bahía

Pablo Pérez-Cano / Salvador de Bahía, Brasil

La temporada alta por el mundial de futbol empezó oficialmente: Pelourinho amaneció con millares de banderitas decorando sus calles y la señora Denisse me confesó que tiene planes de subir el hospedaje de 25 a cien reales diarios.

Lorena quedó de pasar a las cinco para ir a la samba, pero está anocheciendo y no llega, así que salgo a buscarla a las calles que están llenas. Oleadas de turistas de piel lechosa se abalanzan sobre el casco antiguo, sus bares, cantinas y restaurantes. Algunos beben cerveza, con la mirada torva, observan a las mujeres desde las mesas que los locatarios acomodan sobre las calles empedradas y en terrazas de casonas coloniales.

Una verbena de parranderos internacionales viene subiendo una ladera con un grupo de percusión en una euforia agónica. El furor mundialista potencializa el rigor festivo de una ciudad que siempre ha sido famosa por sus carnavales.

Me detengo para comprar en la calle frente a una hielera repleta Skol y me encuentro con un grupo de franceses amigos míos que estudian en la Universidad Federal. Un carterista se acerca a Matthieu y lo abraza como si lo conociera. El ladrón no consigue nada y se va con la cabeza gacha, tristón. Matthieu es el tipo de turista que a base de perder el celular más de una vez en un abrir y cerrar de ojos en el barrio, aprendió que las cosas de valor se quedan en casa.

 “Tú ya fuiste robado en la calle?”, me pregunta y digo que no con orgullo de que mis pertenencias hayan sobrevivido a estas calles.

 Hasta la década de los ochenta, el Pelourinho era una de las favelas más peligrosas de Brasil. El gobierno expropió las casonas, vestigios del esplendor de la colonia portuguesa que en el pasado fueron habitadas por los esclavos que una vez libertados, expulsaron a sus antiguos captores. La UNESCO, revitalizó los predios y el barrio es ahora un shopping a cielo abierto con curiosidades turísticas y shows acústicos en las noches, también es sede del grupo de percusión más famosa del mundo, Olodum.

 La esencia de los antiguos moradores se manifiesta en las escuelas de capoeira, danza y talleres de artesanales. La marginalidad está en sus calles. Ladrones, prostitutas y adictos al crack coexisten con turistas que se sorprenden de lo barato que es todo cuando se tiene euros.

El número alucinado de extranjeros tiene que ver con lo que dicen las guías para viajeros que senhalan esta ciudad, Salvador de Bahía, como la “joya afrobrasileira” del mundo e insisten en que uno no debe perderse las puestas de sol en Porto da Barra ni la arquitectura del siglo XVI y XVII y las iglesias repletas de oro del centro.

Yo llegué aquí desde hace ocho meses y la amistad que me dieron brasileiros como Denisse y Lorena hizo que me quedara para ser un morador más del barrio.

“Gringo”, me llaman cuando voy a la panadería Pão de queijo. Les explico que a los mexicanos no nos gusta que nos llamen así porque es la palabra que inventamos para joder a nuestros vecinos del norte. Siempre me contestan con una sonrisa que aquí, gringo, sólo es sinónimo de extranjero, pero la verdad es que ellos llaman así hasta a la gente de São Paulo que está de paso por aquí.

Pienso que las personas de Salvador se reconocen entre ellos como sobrevivientes de un pasado común atroz y los hace un poco reacios a incluir a fuerenhos que sólo vienen hasta aquí persiguiendo la leyenda de la fiesta del país tropical.  

“Desde 1550 hasta 1850 al menos 3.6 millones de esclavos arribaron desde África” dice la guía LonelyPlanet para viajeros. La ciudad de Salvador se formó con los sobrevivientes del mayor éxodo esclavo de la historia.

No encuentro a Lorena por ninguna parte pero me quedo en la calle hasta de madrugada.

Por la mañana salgo a buscar un agua de coco helado para la resaca. En la entrada del barrio están colocando un banner que dice “Sorria você está na bahía”, el slogan de la ciudad.

En la plaza principal, un guía de la agencia de viajes Só Alegria explica a una veintena de turistas con la piel irritada por el sol y los mosquitos, que la palabra pelourinho era el nombre que se le daba a un poste colocado en este lugar donde eran atados los esclavos para ser azotados públicamente. Los gringos toman una foto.  

twitter.com/perezpablo212

 

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